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  • Murió Khamenei: qué viene ahora para Irán, para Medio Oriente y para el mundo

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 01/03/2026 12:48

    El sábado 28 de febrero, mientras la mayoría del mundo dormía, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación militar más ambiciosa en Medio Oriente desde la invasión de Irak en 2003. En pocas horas, el ayatollah Ali Khamenei -el hombre que había gobernado Irán con puño de hierro durante casi cuatro décadas- estaba muerto. Con él cayeron también el ministro de Defensa, el comandante de los Guardianes de la Revolución y el secretario del Consejo de Seguridad del régimen. Donald Trump anunció de madrugada la operación y se dirigió al pueblo iraní: Tomen el control de su gobierno. Será suyo. Probablemente sea su única oportunidad en generaciones. Pocas horas después, Irán respondió con misiles y drones contra Israel y contra bases militares norteamericanas en Bahréin, Kuwait, Jordania, Qatar y los Emiratos árabes Unidos. El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, fue contundente: Esta es una guerra de elección de Estados Unidos, y tendrán que pagar por eso. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué viene ahora? Analistas de política exterior llevan meses estudiando exactamente este escenario. Lo que dicen no es tranquilizador, pero sí esclarecedor. El hombre que era el sistema Para entender por qué la muerte de Khamenei es un evento histórico, hay que entender primero quién era Khamenei. No era simplemente el ocupante de un cargo: era, el sistema mismo. Danny Citrinowicz, ex jefe del Departamento de Irán, inteligencia militar israelí, lo resume así: Khamenei no sólo lideró el sistema: lo definió. Su rigidez ideológica, su paciencia estratégica y su dependencia de la Guardia Revolucionaria (IRGC) dieron forma al Irán que conocemos hoy: confrontacional en el exterior, controlado con mano de hierro en casa, y profundamente involucrado en su eje regional de influencia, afirmó. Gissou Nia, asesora legal en cinco causas judiciales contra el ayatollah, añade otra dimensión: Khamenei estaba en la cima de una estructura de mando responsable de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Irán y en toda la región, pero era un objetivo casi imposible para el derecho internacional porque no había salido de Irán en décadas. Nunca iba a enfrentar un juicio... Para ellos, con Khamenei no desaparece sólo un líder, desaparece la arquitectura de poder que él construyó personalmente durante 37 años. Eso deja un vacío que nadie sabe todavía cómo llenar. Matar al líder no es cambiar el régimen Este es el punto en el que más coinciden los expertos, y también el que más puede incomodar al mundo occidental: eliminar a Khamenei no equivale a haber derrocado a la República Islámica. Linda Robinson, del Council on Foreign Relations, explica que matar Khamenei no es lo mismo que el cambio de régimen. La Guardia Revolucionaria es el régimen, advirtió. La lógica es simple: el IRGC es una organización con decenas de miles de miembros, raíces profundas en la economía iraní, y una generación joven cuya lealtad al sistema fue forjada en campos de batalla reales. Ray Takeyh, uno de los mayores especialistas en Irán de Washington, lo dice sin eufemismos: Bombardear un régimen hasta su extinción raramente es una estrategia efectiva. La República Islámica es un sistema ideológico con una élite de múltiples capas y una base de apoyo. Esa base puede haberse reducido en los últimos años, pero todavía le proporciona al régimen un cuadro preparado para usar la fuerza y mantenerse en el poder. Suzanne Maloney, vicepresidenta de la Institución Brookings y autora del informe más completo sobre la sucesión iraní publicado en las últimas semanas, había anticipado exactamente este escenario. Un régimen dominado por el IRGC, explicaba, formalizaría un desplazamiento de poder que en realidad lleva décadas ocurriendo. Desde el fin de la guerra Irán-Irak, las instituciones e individuos asociados a los servicios de seguridad han dominado sectores importantes de la economía e instituciones de gobierno, señaló. Lo que cambia ahora no es el poder real del IRGC sino la desaparición de la necesidad de mantener la ficción de legitimidad religiosa. Quién manda ahora: los tres hombres que quedan en pie La primera señal concreta del nuevo orden llegó pocas horas después de los ataques: Ali Larijani, el jefe del Consejo de Defensa iraní, anunció la formación de un consejo de liderazgo temporal. No es una improvisación. Maloney había identificado con precisión a los actores que hoy están tomando las riendas. Los describía como un triunvirato de figuras sénior con trayectoria militar previa y los señalaba como actores centrales en el próximo acto de Irán. Los tres: Mohammad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento, quien ya amenazó públicamente a Trump y Netanyahu; Ali Larijani, al frente del Consejo de Defensa; y Ali Shamkhani, que preside la Comisión de Seguridad Nacional. Lo que distingue a estos tres hombres del resto de la cúpula clerical eliminada en los ataques es precisamente lo que ahora se vuelve imprescindible: experiencia real en seguridad nacional. En un régimen que amanece en estado de guerra abierta, esa credencial no es un detalle burocrático; es lo que determina quién manda. La analista también anticipó que ante una transición caótica podría establecerse un consejo de liderazgo colectivo, recordando que esa opción fue seriamente contemplada cuando Khomeini murió en 1989, aunque finalmente rechazada. Hoy, la dinámica es distinta: no hay un sucesor que necesite tiempo para crecer en el rol. Hay un régimen que necesita tiempo para sobrevivir bajo bombardeo. Hay un cuarto nombre que Maloney había señalado como actor de poder, pero cuyo destino hoy es una incógnita: Mojtaba Khamenei, el segundo hijo del ayatollah abatido. A diferencia de los candidatos clericales, Mojtaba no opera en la superficie: ejerce influencia desde las sombras, a través de vínculos profundos con el IRGC y una formación ideológica bajo el clérigo ultraderechista ayatollah Taqi Mesbah Yazdi. Maloney advertía que los ataques de junio de 2025 y la creciente presencia militar estadounidense en la región habían, según reportes, fortalecido su posición. Si sobrevivió a los bombardeos del 28 de febrero, podría ser el comodín de una transición militarizada. Si no, es una pieza más del vacío de poder. Por ahora, nadie lo sabe. La escalada iraní: calculada, no emocional Cuando Irán lanzó sus misiles contra 27 bases estadounidenses y contra Israel, la primera reacción en Occidente fue hablar de una represalia furiosa y descontrolada. Los analistas piden calma ante esa lectura. Alex Plitsas, ex funcionario antiterrorista del Pentágono, observó que los contraataques iraníes han reflejado una toma de decisiones racional, con un esfuerzo por calibrar las respuestas de manera proporcional en lugar de encender una guerra regional más amplia. Esto importa: significa que alguien en Teherán, incluso en medio del caos de las primeras horas, está tomando decisiones con cabeza fría. Un misil iraní impactó contra el Crowne Plaza Manama, un hotel de cinco estrellas en Baréin Citrinowicz suma una perspectiva clave sobre los grupos aliados de Irán: sus proxies regionales, en particular Hezbollah. Enfrentarán presión para responder en nombre de la disuasión y la venganza. Sin embargo, la escalada no es automática. La cultura estratégica de Irán ha favorecido históricamente la represalia calculada sobre la reacción emocional, explicó. Aquí entra un dato geopolítico relevante: Hezbollah, el aliado más poderoso que tuvo Irán durante décadas, está hoy debilitado al punto de no poder actuar como lo hubiera hecho antes. Los ataques israelíes diezmaron su liderazgo y degradaron sus armas más avanzadas, detalla Elisa Ewers, investigadora sénior para estudios de Medio Oriente del Council on Foreign Relations. El gobierno libanés, además, aprovechó el cambio de contexto para reclamar soberanía sobre todo su territorio. Por ahora, Hezbollah condenó los ataques en un comunicado pero se quedó corto de anunciar que tomará parte en la represalia de Irán, señaló Ewers. Es una señal importante: el gran multiplicador de fuerza iraní en la región está, por primera vez en décadas, fuera de la ecuación inmediata. Maloney había anticipado esta dinámica de escalada estructural. Cuando un régimen pierde a su líder máximo, explicaba, necesita demostrar que sigue siendo capaz de actuar. En cualquier escenario que siga a la muerte de Khamenei, el régimen probablemente se volverá aún más peligroso, buscando flexionar sus músculos, advirtió. No es irracionalidad: es supervivencia. Plitsas cierra con la duda que nadie puede responder todavía: Los próximos días revelarán si la decapitación conduce a la escalada, la fragmentación, o un equilibrio recalibrado de la disuasión. El riesgo real: que esto se convierta en otra guerra sin salida Max Boot, uno de los analistas del Council on Foreign Relations más respetados en materia de seguridad internacional, resume la paradoja central de lo que está ocurriendo con una frase que sintetiza décadas de historia norteamericana: Es fácil empezar una guerra. Es muy difícil terminarla con éxito, escribió, evocando los fantasmas de Irak, Afganistán, Vietnam. Sus objetivos de guerra planteados por Trump -destruir los misiles iraníes, la armada, el programa nuclear y además cambiar el régimen- son, en su evaluación, muy ambiciosos, y la mayoría de ellos no pueden lograrse sólo con poder aéreo. Robinson va más lejos y plantea el escenario que nadie en Washington quiere mencionar en voz alta: Los riesgos se incrementan exponencialmente si, en un esfuerzo por lograr ese objetivo, se despliegan fuerzas terrestres en Irán. Es un escenario que el liderazgo militar uniformado ha reportado que implicaría bajas muy altas y probablemente arriesgaría el fracaso, advirtió. Su mejor escenario posible es que Trump elija mitigar el riesgo declarando victoria con la muerte de Khamenei y volviendo a enfocarse en un acuerdo de reducción de la amenaza nuclear. Pero para eso tendría que dar marcha atrás en su objetivo declarado de cambio de régimen. Pero si no era ahora, ¿cuándo? En medio del coro de advertencias, hay voces igualmente respetadas que defienden la lógica de lo que hizo Trump. Elliott Abrams, quien negoció con Irán en el primer mandato de Trump y conoce el caso desde adentro, señala que esta operación es cualitativamente diferente a todo lo anterior. Por primera vez en la historia, Estados Unidos e Israel tienen un objetivo declarado y conjunto: el fin del régimen. Para Israel, explicó, Irán es la mayor amenaza de seguridad, por lo que este cambio en los objetivos declarados será bienvenido con entusiasmo. Y subrayó algo que los críticos tienden a minimizar: la excepcional coordinación militar entre ambos países, que alcanzó un nivel sin precedentes, es en sí misma un activo estratégico de largo plazo. Joe Costa, Director del programa Forward Defense del Scowcroft Center for Strategy and Security, afirmó que nadie debería lamentar la caída de un régimen que asesinó a sus ciudadanos, instrumentalizó identidades sectarias y religiosas, financió proxies terroristas, armó la guerra de Rusia en Ucrania y mató estadounidenses. Agregó que la evidencia de mala fe iraní en las negociaciones era sólida: El régimen continuó negociando sin ceder en su programa nuclear, sus misiles balísticos ni su apoyo al terrorismo. El argumento técnico más sólido en favor de actuar proviene del CSIS (Center for Strategic and International Studies), que documentó que Irán mantenía al momento de los ataques 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60% a un paso técnico del temido grado weapons-grade, el mayor arsenal de misiles balísticos de todo Oriente Medio, y que estaba reconstituyendo activamente las capacidades destruidas en junio de 2025. La pregunta que los defensores de la operación plantean es directa: si no era ahora, ¿cuándo? El régimen estaba en su punto de mayor debilidad desde 1979, golpeado por protestas masivas, con sus proxies regionales diezmados y su economía en colapso. A eso se suma un dato geopolítico que los defensores de la operación consideran decisivo: por primera vez en décadas, Irán está verdaderamente solo. China y Rusia condenaron la operación con dureza en el plano diplomático Putin llamó al asesinato de Khamenei un asesinato cínico y Moscú lo calificó de acto de agresión armada premeditado e injustificado; Beijing lo tachó de inaceptable y exigió el cese inmediato pero ninguno tomó ni anunció ninguna acción concreta en respaldo de Teherán. Son palabras, no misiles ni tropas. Y ese matiz importa enormemente: Irán tiene aliados que hablan, no aliados que actúan. El aislamiento va más allá de Moscú y Beijing. Los propios países del Golfo que recibieron misiles iraníes Bahréin, Kuwait, Qatar, los Emiratos condenaron a Irán. Zelensky, cuya país fue bombardeado miles de veces con drones Shahed fabricados por Teherán, respaldó explícitamente la operación. La República Islámica, que durante décadas supo construir alianzas de conveniencia con actores muy distintos, enfrenta hoy su momento de mayor aislamiento real desde su fundación en 1979. Los vecinos de Irán: entre el alivio y el miedo Steven Cook, también del CFR, explica que al liderazgo saudí y emiratí les preocupa que el caos potencial en Irán afecte las apuestas multimillonarias que están haciendo en sus transformaciones domésticas. Son inversiones descomunales en turismo, tecnología y diversificación económica que requieren estabilidad regional. Sin embargo, cuando Irán atacó sus territorios, los Emiratos interceptaron misiles balísticos y se reservaron el derecho a responder. Nadie en ninguna posición de liderazgo en Abu Dabi o Riad lamentará la desaparición del régimen iraní si la República Islámica cae, afirmó Cook. Qatar es un caso aparte: tiene mejores relaciones con Irán que sus vecinos, comparte con Teherán el yacimiento de gas más grande del mundo y debe mantener la relación bilateral. Aun así, condenó los ataques iraníes a su territorio. La paradoja de fondo la señala Maloney: estos países preferirían que Irán desaparezca como amenaza, pero temen la inestabilidad de un Irán en colapso más de lo que temen a un Irán hostil. La perspectiva de una turbulencia sostenida en Irán evocaría ansiedad sobre otro estado fallido en su periferia, escribió la analista. Lo que nadie puede garantizar: que haya un después ordenado El escenario más oscuro no es la escalada inmediata. Es el vacío. ¿qué pasa si el régimen iraní no colapsa de golpe, pero tampoco logra reconstituirse? ¿Qué ocurre en el espacio entre un sistema que se desintegra y otro que todavía no existe? Maloney lo había advertido con el único precedente disponible: En 1979, el naciente estado revolucionario luchó por imponer su autoridad en medio de la desintegración del orden existente, lo que precipitó una creciente ola de violencia interna -revueltas tribales, levantamientos de minorías étnicas, competencia por el poder entre grupos paramilitares- que persistió por varios años. Ese interregno duró años y dejó cicatrices profundas. Hoy, ese vacío podría activar aspiraciones de autonomía entre kurdos, baluchis y otras minorías iraníes con efectos desestabilizadores sobre Turquía, Irak y Pakistán. Y el colapso de un productor de petróleo de la magnitud de Irán, en un Medio Oriente ya en llamas, tendría consecuencias económicas globales. Maloney había concluido que este era el escenario más desafiante para Estados Unidos y sus socios regionales de manejar eficazmente, y probablemente el más complejo de prevenir o mitigar. Lo escribió semanas antes de que comenzara. En su primera declaración pública, Trump dijo que el bombardeo continuará masivamente y sin interrupción durante una semana, o el tiempo que sea necesario para lograr la paz en el Medio Oriente. Es una promesa enorme. Lo que los expertos enseñan, con décadas de análisis detrás, es que las guerras pocas veces terminan como se planean. Khamenei está muerto. El sistema que construyó, por ahora, no.

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