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  • Niños sicarios. Las historias de los adolescentes que asesinaron taxistas y colectiveros para generar caos en Rosario

    » La Nacion

    Fecha: 28/02/2026 01:36

    Por Germán de los Santos 28 de febrero de 2026 Adelanto del libro Niños sicarios, de Germán de los Santos, que publica la editorial Sudamericana De día se comportaban como lo que eran: adolescentes. De noche mataban como si fueran profesionales, aunque estaban lejos de serlo. En las últimas veintiséis horas habían asesinado a dos taxistas, a quienes jamás habían visto antes. Tampoco ni siquiera sospechaban el motivo por el cual tuvieron que apretar el gatillo de una pistola 9 milímetros. Actuaban como máquinas destempladas que ejecutaban órdenes crueles sin pensar. Este era un fenómeno que comenzaba a verse de manera incipiente en la Argentina, sobre todo en Rosario: la utilización de menores no punibles para cometer asesinatos por encargo. En otros países hacía tiempo que se daba esta paradoja de utilizar a niños para llevar adelante hechos despiadados, como ocurrió desde la década de 1990 en Colombia, y que tan bien reflejó el escritor Fernando Vallejo, con la historia de Alexis, en la novela La virgen de los sicarios, luego llevada al cine. El cambio de máscaras, de personalidad y hasta de vida, sorprendía a la mayoría, pero configuraba la perversidad que encarnaba el crimen organizado. Al otro día de ejecutar al segundo taxista, MEC y DMG fueron al shopping con un objetivo: gastar el dinero que habían cobrado por matar a Figueroa y Celentano, cuyos nombres en ese momento desconocían. Había sido fugaz el momento de matar, y sería igual el tiempo que tendrían para derrochar la plata. Por un instante serían fugazmente adolescentes, no iban a preguntar el precio de las cosas que querían, sino comprarlas. Era lo que veían en los otros, como si estuvieran detrás de una vidriera, cuando muy de vez en cuando entraban en el shopping sin que los guardias los miraran mal y hasta empezaran a seguirlos. Estaban todo el tiempo encerrados en una cápsula hedionda, sucia, en el reducto donde vendían droga en el pasillo de Anchorena al 1500. En esta historia encaja el dicho que, según el escritor Arturo Pérez-Reverte, circulaba en Culiacán, México: Prefiero vivir cinco años como un rey a cincuenta como un buey. Esa tarde, después de los dos asesinatos, DMG según confesó luego ante los fiscales decidió ir con un amigo al shopping Alto Rosario a comer una hamburguesa. Caminaron por los amplios corredores de piso brillante, siempre impecables, y deambularon sin rumbo unas horas. Compraron alfajores y el chico de 15 años fue a la peluquería. En ese momento no tenía como objetivo cambiar su aspecto para despistar a quienes podrían estar investigándolos, sino estar como los otros, como los que paseaban también en el shopping, con el pelo corto y prolijo. También compró unas zapatillas. No le alcanzó para mucho más. Por unas horas creyó vivir como un rey. Después volvió a su casa en la Zona Cero, en el noroeste de Rosario, donde unos días más tarde los propios vecinos terminaron por delatarlo. Habían matado como grandes, como verdaderos sicarios desalmados, y después se comportaban como lo que eran: pibes. Apretar el gatillo y volarle la cabeza a una persona no tenía ninguna complejidad técnica. Solo había que tener un temple y una frialdad en los que no hubiera un mínimo rasgo de humanidad. No habíamos visto antes esta planificación tan marcada con menores de edad, admitió el fiscal Adrián Spelta. Rosario hervía, pero ellos no tenían idea. Ni siquiera lo sospechaban. Los gremios de taxistas se habían movilizado durante la mañana en tres puntos de la ciudad, cruzaron los autos en las calles en señal de protesta. En ese momento, al gobierno le llegaban mensajes cruzados. No surgía nada nítido, y eso era lo peor. La incertidumbre era total sobre lo que pasaba. Como siempre, la primera reacción de la policía había sido investigar a las víctimas, pero no habían encontrado absolutamente nada extraño que los hiciera blanco de una venganza tan cruel. Era gente honesta, trabajadora, con familias que habían quedado destruidas. También comenzaron a caminar a la empresa de radio taxi, porque tanto Héctor Figueroa como Diego Celentano pagaban el servicio de la firma Su Taxi, cuyo dueño era Fernando Lange. Su nombre había aparecido mencionado en otro hecho que provocó conmoción en Rosario, como fue el crimen de Emanuel Sandoval, alias Ema Pimpi, quien reconoció ante la Justicia que atentó a tiros en octubre 2013 contra la casa del entonces gobernador Antonio Bonfatti, un episodio que marcó otro mojón en la historia reciente. Este joven fue asesinado en una mansión perteneciente a un camarista rosarino que había puesto su casa en alquiler en el barrio La Florida, y quien salió de solicitante del inmueble había sido el hijo de Lange, que tenía una relación de amistad con el narco. El hombre salió por los medios a tratar de despegarse, antes de ir a declarar ante los fiscales. Ni los choferes, ni el sector, ni la empresa tenemos nada que ver, esto es mafioso, afirmó. Fernando Lange no tenía nada que ver, pero en Rosario los nombres se unían para, muchas veces, vincularse a tramas enredadas en las que en el medio siempre había sangre. Lange tenía razón: era una trama mafiosa. Aparecían otros dos puntos que llamaban la atención por esas horas. Las zapatillas que habían abandonado los sicarios en las dos escenas del crimen. Una DC blanca y una Nike negra. En ese momento, nada parecía algo casual, y algunos pensaban que podría configurar un mensaje, una especie de firma del asesino o de los asesinos. Otra particularidad que analizaban los investigadores era que las vainas servidas calibre 9 milímetros encontradas en los dos lugares llevaban la inscripción PSF en la culata metálica de los cartuchos, lo que indicaba que pertenecían a la Policía de Santa Fe. Habían matado con balas policiales. ¿Existía alguna complicidad o colaboración de agentes de la fuerza provincial? Por aquellas horas las dudas y la desconfianza eran transversales y abarcaban un campo extenso. Decenas de causas judiciales probaron que sectores policiales fueron clave para que los grupos narcos crecieran en las últimas dos décadas, como contamos con Hernán Lascano en el libro Rosario. La historia detrás de la mafia narco que se adueñó de la ciudad. Todavía faltaba información, que llegaría más tarde, con el paso de las horas que se hacían eternas para el gobierno. El mismo día que mataron al segundo taxista, a Celentano, ocurrió un ataque a balazos a un colectivo de la línea 122. El atentado se produjo unos minutos después, a las 23:53, pero los investigadores se enteraron al otro día. Esa noche, dos hombres en moto se acercaron al ómnibus y comenzaron a disparar al asiento del chofer. El colectivo iba vacío porque estaba terminando su recorrido en México y Cerrito. En la Honda Twister color blanca iban José Maturano y Alejandro Cantero su apellido no tenía nada que ver con Los Monos, que también habían recibido las órdenes de Macarena y Gusti. Ahora debía morir el chofer de un colectivo. Pero los tiradores, más veteranos que los pibes sicarios, no acertaron. Un tiro atravesó el parabrisas y otros dos la chapa de los costados, pero el conductor salió ileso. El disparo le había pasado a pocos centímetros de su cabeza. Aturdido, el conductor se dirigió a la estación de servicio de Rueda y Provincias Unidas, donde confirmó dónde habían pegado los tres balazos. Como en Rosario resultaban bastante naturales esos episodios y era tarde, el chofer recién hizo la denuncia al día siguiente. Cuando en el gobierno y los investigadores se enteraron, le dieron relevancia. Podía ser parte del plan. Y no se equivocaron. Horas después, los sicarios iban a cumplir con la consigna. Las últimas escenas de la vida callejera en Rosario parecen sacadas de un relato del escritor Stephen King, escribió el periodista Leo Graciarena, un mes y medio antes de fallecer. Como los sicarios habían fallado cuando dispararon al chofer de la línea 122, debían volver a intentarlo. Tenían que matar a un colectivero; ese ítem era parte esencial del plan narcoterrorista, como horas más tarde calificaron desde el gobierno nacional y provincial a esta serie de asesinatos. Diecinueve horas después de disparar contra el ómnibus de la línea 122, Maturano se subió a la misma moto y buscó a Axel Herrera, un joven de 19 años que había aceptado ser el sicario. Como declaró luego, necesitaba el dinero para pagar deudas por drogas que había consumido, algo que hacía con frecuencia desde los 14 años. Herrera tampoco sabía a quién iba a asesinar. La consigna que tenía cumplir al pie de la letra constaba como único requisito que el blanco debía ser chofer de un colectivo. El crimen tenía que suceder ese día porque el plan era no dar descanso, que Rosario pareciera incendiada, tomada por el crimen organizado. El jueves 7 a las 18:30, Maturano dejó a Axel en la esquina de Mendoza y Guatemala, en barrio Belgrano, una zona donde hay mucho movimiento a esa hora. Axel esperó en la parada de colectivo a que llegara un coche de la línea K. Tenía el arma en la cintura. Cuando el ómnibus se detuvo, el joven de 19 años atinó a subir, para que el chofer abriera la puerta. No tuvo necesidad de ascender, empezó a disparar de manera certera. Fueron tres tiros, y uno dio en la cabeza de Marcos Daloia, de 38 años, que quedó tendido hacia la izquierda rozando la ventanilla. Los pasajeros entraron en pánico por lo que habían visto, un crimen al atardecer en plena calle, con un sicario a cara descubierta que disparó contra el chofer, sin robarle, sin ninguna discusión de por medio, sin ninguna razón. La gente que estaba arriba del ómnibus vio cómo el sicario metía la pistola entre su ropa y lo recogía otro hombre en moto para desaparecer. Daloia fue llevado al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (HECA), donde agonizó durante tres días y falleció a causa del disparo en la cabeza que le había provocado heridas irreversibles. Horas después de que trascendiera la noticia, la Unión Tranviarios Automotor (UTA) dispuso un paro en reclamo de mejores medidas de seguridad. El plan narcoterrorista empezaba a surtir efecto palpable en la ciudad: no había taxis ni ahora tampoco colectivos. Minutos después de que le dispararan al chofer de la línea K, los pibes que habían matado a los dos taxistas balearon la Comisaría 15ª, en Sarmiento y Ameghino. Fueron seis disparos contra el frente de la seccional, donde nadie resultó herido, aunque por el estruendo y el estado de conmoción en que se encontraba la ciudad se descompensaron dos personas que radicaban una denuncia. A pocas cuadras de la sede policial, un taxi fue incendiado. Tiempo después, uno de los sicarios declaró que ese día, horas más tarde de que le dispararon en la cabeza a Marcos Daloia, la orden que les habían dado era que tenían que balear y matar a un recolector de residuos. Era la otra pata del plan. La ciudad iba a quedar sin transporte y también sin recolección de basura. Pero los chicos sicarios dieron vueltas por la zona sur y no encontraron ningún camión recolector de residuos, por lo que decidieron, motu proprio, ir a atacar la Comisaría 15ª. Buscaban darle una forma al caos, como si el plan hubiese sido diseñado por el mítico personaje Joker, que en la película de Todd Phillips lanza una frase que podría encajar en ese momento: Introduce un poco de anarquía. Altera el orden establecido, y todo se vuelve caos. El viernes a la tardecita empezaron a viralizarse mensajes vía WhatsApp que advertían sobre la implementación de un toque de queda. Era una fake news que buscaba generar que la ciudad quedara despoblada, que las calles estuvieran desiertas. Ese día en una sanguchería famosa de Rosario, los clientes que degustaban los Menditegui y Pedrito, sentados a la barra, empezaron a reaccionar casi al mismo tiempo. En sus smartphones entraban mensajes sobre tiroteos, videos falsos, pero que en ese momento eran verosímiles, y textos que hablaban de la instauración de un toque de queda. En unos pocos minutos el lugar quedó casi vacío. En el bar La Sede, que está frente a la sanguchería, había sucedido lo mismo. El centro de la ciudad empezaba a quedar desierto. Nunca había pasado una cosa así. En la sede de gobierno de Rosario, Pullaro y el intendente Pablo Javkin habían mantenido reuniones con los jefes de las fuerzas federales y también habían hablado con la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Todos estaban perplejos y no sabían hasta dónde podía escalar esta situación. Los rosarinos habían comenzado a tomar sus propias decisiones. Ese viernes los bares, restaurantes y boliches quedaron vacíos. Antes de la medianoche, muchos decidieron cerrar. Los únicos que andaban en la calle eran los delivery, y como contó Carlos Rodríguez, de 31 años, que se movía en una bicicleta: Estamos todos muy cagados. Faltaba que se activara otro engranaje del plan. Una última etapa para detonar la ciudad. El sábado a la medianoche, en la ruleta rusa en que se había convertido Rosario, perdió Bruno Bussanich, un joven de 25 años que un par de semanas atrás había comenzado a trabajar en una estación de servicio Puma, de Rojas y White, en el noroeste rosarino. Cerca de las 23:30, Cantero quien había disparado contra el colectivo de la línea 122 tres días antes pasó a buscar a DMG el sicario de 15 años que había participado en los asesinatos de los dos taxistas en un Fiat Duna todo desvencijado. El tipo de auto que usaban para dar un golpe tan fuerte como otro homicidio mostraba que el plan era sofisticado, pero que los actores eran rústicos y marginales. Cantero dejó a DMG en la estación de servicio. Enfrente había algunos clientes en un maxikiosco abierto las veinticuatro horas. El joven sicario llegó caminando, tenía la pistola Taurus 9 milímetros dentro de la ropa, estaba vestido con una bermuda negra bastante sucia y una campera impermeable azul con capucha, y en los pies llevaba puestas unas ojotas tipo Adilette. DMG esperó unos minutos. Como en los dos crímenes anteriores, no sabía de quién sería el verdugo. Ni siquiera le importaba. La orden consistía en matar a un empleado de esa estación de servicio y, como si fuera una máquina asesina, iba a cumplir esa directiva. Cuando Bruno se metió en la cabina donde pasaban las tarjetas de crédito y cobraban, el joven sicario enfiló hacia ese lugar. El playero no vio venir al asesino. En ese momento miraba una computadora. Lo separaban unos pocos metros, pero DGM fue con una tranquilidad increíble a pesar de saber el futuro que le depararía a ese muchacho de 25 años, la muerte. Se acercó, sacó el arma que llevaba en el bolsillo de la campera, dejó caer un papel con una amenaza al gobierno y empuñó 40 la pistola con una sola mano para disparar tres veces en menos de dos segundos. Dos disparos dieron en el torso de Bussanich y uno en la cabeza. DGM había vuelto a disparar como un sicario profesional, aunque las ojotas y esa campera de nylon manchada de grasa no le dieran un aspecto refinado, sino todo lo contrario. Bruno quedó tendido en el piso y murió casi en el acto. La bala que impactó en la cabeza había destrozado su cráneo. Hacía unas semanas que había empezado a trabajar en esa estación de servicio, donde el sicario eligió robarle la vida y destrozar a su familia. Tenía un niño de dos años y buscaba, impulsado por sus parientes, un trabajo ligado a lo que había estudiado como técnico electromecánico en la Escuela de Educación Técnica Profesional (EETP) Nº 466 General Manuel Nicolás Savio. Ante la falta de un puesto para su perfil, había ingresado en la estación de servicio. Días después, Jimena López, su pareja, dejó un mensaje en las redes para recordarlo y pedir justicia por su asesinato. Es inaceptable que la vida de Bruno haya sido arrebatada por alguien que aún no alcanza la mayoría de edad. Aunque el responsable sea menor, eso no disminuye la gravedad del crimen. Si puede matar, puede asumir las consecuencias de sus actos, escribió la joven madre del bebé de ambos, en su cuenta de la red social X. Necesitamos que las palabras se conviertan en acción; si no, otra persona inocente puede ser condenada a morir, como le pasó a Bruno, a los colectiveros, taxistas Esto es una ruleta, no sabemos a quién le puede tocar mañana, cerró. Créditos - Edición fotográfica Aníbal Greco - Diseño María Rodríguez Alcobendas Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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