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» Clarin
Fecha: 26/02/2026 06:29
La economía argentina se ha venido empobreciendo desde hace lustros. Nuestro ingreso per cápita (mientras en nuestros vecinos ha crecido) es hoy algo menor que el de 2011. Una economía crónicamente agresiva contra los generadores de valor (a través del estatismo, el intervencionismo, la discrecionalidad pública y la desinstitucionalización) creó una realidad dura de reformar. Ahora, el gobierno asumido en diciembre de 2023 pretende, a la vez, estabilizar la macroeconomía, producir reformas estructurales, corregir distorsiones y reinsertar la Argentina al mundo. Y hacer todo en simultáneo después de tantos años de dislates es difícil. Y la economía sufre la transición desde un viejo modelo disfuncional a uno que requiere -para su instauración- condiciones que no se obtienen inmediatamente (estabilización macroeconómica, mejora en el crédito, inversión en infraestructura, reinstitucionalización, tecnologización, mejor capital humano, modernización legal y regulativa y apertura e inserción exterior). El jueves 19 de febrero, la vocera del FMI elogió el proceso, pero pidió mitigar los costos de transición. Pues una economía de mercado como la que ahora se propugna requiere de un componente critico: empresas competitivas. Y una manifestación de nuestro proceso de empobrecimiento es la escasa cantidad de empresas. Las empresas son las creadoras de riqueza organizando la producción. En Argentina, con menos de 600.000 empresas, tenemos una cantidad muy inferior a la de Brasil (unos 20.000.000) y Mexico (casi 6.000.000); pero también menor que en Chile (más de 1.200.000), Perú (más de 3.000.000), Colombia (unas 1.800.000) y Ecuador (más de 1.000.000) Las cifras revelan el raquitismo en el que hemos caído y cuyos efectos crujen en la transición. Pero ahora hay que cambiar. Dice el profesor de Bobson Daniel Isemberg que el espíritu emprendedor es un atributo inherente al humano (tres mil años atrás, los fenicios tenían un espíritu emprendedor tan fuerte como el de los famosos start ups de Tel Aviv de hoy) por lo que, más que promoverlo, hay que liberarlo removiendo la mayor cantidad de barreras para que actúe. Y agrega que es un signo virtuoso contar con empresas que escalan, crecen, maduran a través de lideres creativos y que con su acción mejoran la sociedad con empleos, calidad de vida e innovación. Aunque no todo es cantidad: no pocas de esas empresas han debido actuar por años bajo el viejo modelo y no han desarrollado atributos competitivos que se requieren para desempeñarse en una economía de mercado y abierta. Eso se advierte en este momento de transición de modelos económicos en Argentina. Ya explicó John Kay en la London Business School que, siendo la meta de las empresas aumentar el valor de los recursos utilizados, según se desempeñen en un modelo u otro ese aumento se dará en favor de los accionistas o en favor de la comunidad (variando la apropiabilidad del valor agregado). Durante lustros en Argentina hemos padecido lo que Powell y Dimaggio llaman el isomorfismo mimético por el cual muchas empresas se han imitado entre sí para adaptarse a un modelo de economía cerrada, intervencionista y discrecional, y han perdido la referencia sobre la más genuina relación causa-efecto que dirige a crear valor, innovar, ser competentes. En el índice mundial de innovación 2025, que elabora la World Intellectual Property Organization, Argentina está ubicada apenas en el lugar 77, superada, entre otros, por países de nuestra región como Chile (51), Brasil, México, Uruguay, Colombia y Costa Rica (lideran el ranking mundial Suiza, Suecia, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur). Y en el último reporte sobre tasa de formación bruta de capital fijo (en relación al PBI) elaborado por el Banco Mundial, Argentina exhibe apenas un 16%, detrás (solo por comparar los países de la región) de México (24%), Chile, Paraguay, Honduras, El Salvador, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil y Colombia. La tasa en el mundo es 26% y en Latinoamérica es 19%. Un efecto de ello es que, mientras en Argentina apenas contamos con unas 9.000 empresas exportadoras, en Brasil hay más de 28.000, en México unas 30.000, y en Colombia y Perú (economías más pequeñas que Argentina) algo más de 9.000. Aunque lo peor de esta comparación es que en Argentina solo 80 de aquellas empresas logran exportar más de 100 millones de dólares anuales (la mayoría exporta muy poco). Lo que se vincula con que en los últimos 25 años hemos perdido 25% de nuestra participación en el comercio internacional mundial. Más aún: la desinternacionalización y la baja participación en las cadenas trasnacionales de valor es un signo de la debilidad y se relaciona con la escasez de inversión de empresas argentinas fuera del país (para internacionalizarse). Las empresas argentinas (según UNCTAD) han invertido hasta hoy (stock) 52.000 millones de dólares en el exterior, mientras las brasileñas lo hicieron en 360.000 millones, las mexicanas en casi 210.000 millones de dólares, las chilenas en 140.000 millones y las colombianas en casi 80.000 millones. El cambio que está pretendiéndose hacia una economía de mercado requerirá la adaptación de numerosas empresas, la creación de muchas otras, la generación de nuevos modelos de negocios y estrategias competitivas en no pocas organizaciones. Y el proceso no será sencillo. Los avatares a los que asistimos en la transición no son sino efectos de un movimiento incómodo. Pero ya decía Charles Darwin que no es la más fuerte ni la más inteligente de las especies la que sobrevive, sino la que mejor responde a los cambios. Sobre la firma Newsletter Clarín
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