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» Clarin
Fecha: 26/02/2026 06:29
Las zonas polares se convirtieron en un espejo de las tensiones globales. En el Ártico, la retirada del hielo abrió nuevas rutas marítimas, aceleró la competencia por recursos y reactivó disputas estratégicas entre potencias que ahora militarizan la región y disputan influencia científica y tecnológica. En el Sistema del Tratado Antártico (STA) vigente, la disputa soberana se encuentra congelada, pero los atisbos de tensión se expresan con el desarrollo de logística, el avance de la ciencia y la instalación de infraestructura crítica que, a ciertos ojos, podría proyectar una eventual militarización. Los propios debates en Washington lo revelan, según un estudio reciente de los académicos Li Xueping y Yang Zihan en el cual analizan informes de 8 think tanks estadounidenses en los que se interpreta el rol de China en la Antártida dentro del marco de la competencia estratégica global. El mismo sostiene que la participación china en la gobernanza antártica es leída a través de una lógica de seguridad ampliada que se expande a múltiples dimensiones: ciencia, ambiente, pesca e incluso turismo. Esa narrativa empuja a vigilar y consolidar la presencia en el sector, y termina filtrándose en decisiones oficiales. No es casual que EE.UU. haya elevado la Antártida a prioridad estratégica con un memorando de seguridad nacional en 2024, combinando el lenguaje de paz y cooperación con la intención de posicionar su liderazgo a nivel internacional. En ese escenario de competencia creciente entre potencias, la política antártica argentina combina soberanía y pragmatismo: consolida su presencia en el continente, reorganiza capacidades estatales para sostenerla y articula alianzas regionales que refuerzan una agenda histórica. Pero esa presencia -como la de cualquier país del sur polar- ya no se define sólo en términos logísticos o científicos. También implica comprender las nuevas dimensiones donde se juega la gobernanza antártica. En ese punto emerge un aspecto muchas veces subestimado en el Atlántico Sur, pero central en la competencia actual: la conectividad. Más del 95% del tráfico internacional de Internet circula por cables submarinos. Hoy no existe ningún cable que conecte directamente Sudamérica con la Antártida y la conectividad del continente blanco sigue dependiendo de satélites de capacidad limitada y vulnerables a las condiciones climáticas. Sin embargo, el escenario comienza a cambiar: Estados Unidos evalúa instalar un cable SMART hacia su base McMurdo y Chile, por su parte, financia estudios para desarrollar un enlace directo desde su territorio. Este panorama destaca la dimensión jurídica y estratégica de estas infraestructuras. En el Cono Sur persisten vacíos normativos y fuertes asimetrías: mientras algunos países aún no han definido marcos legales específicos para su protección, Argentina concentra gran parte de su capacidad de conexión internacional en un único punto de amarre en Las Toninas, incrementando su vulnerabilidad frente a interrupciones y amenazas cibernéticas. Este escenario evidencia que la necesidad de diversificar rutas y fortalecer la soberanía digital resulta estratégica, junto con una mayor participación en los espacios donde se discute la gobernanza global de Internet. En este sentido, la Patagonia y el Atlántico Sur emergen como espacios claves: su posición geográfica, su cercanía al continente antártico, sus condiciones climáticas y el bajo nivel de infraestructura ofrecen condiciones favorables para proyectar nuevos trazados de cables submarinos. Estas rutas permitirían reducir la actual concentración, aumentar la resiliencia del sistema y, al mismo tiempo, abrir una vía directa para futuras conexiones hacia la Antártida. Resulta pertinente advertir que la instalación de un nuevo cable submarino transformaría la geopolítica de los llamados gateway countries, es decir, los países-puerta que concentran nodos de infraestructura crítica indispensable para acceder al continente blanco. Y es justamente en esa cartografía donde la Argentina ocupa un punto neurálgico. En ese marco, las Islas Malvinas y el conjunto del Atlántico Sur se revelan así como un componente estratégico del sistema de gateways hacia la Antártida. Si el control de rutas marítimas fue clave en 1982, el control de rutas de datos y de la logística austral puede serlo en las próximas décadas Para Argentina, pensar un corredor digital austral articulado con Ushuaia (que preste servicios estratégicos de apoyo logístico y conectividad) no es futurismo: es soberanía tecnológica, desarrollo científico y seguridad nacional. Pero esa visión demanda el desarrollo de capacidades y una planificación estratégica integral: desde invertir en infraestructura crítica hasta fortalecer la evaluación ambiental y liderar esquemas de cooperación internacional. El presente y futuro de la Antártida es y será una condicionante sine que non para la resolución del histórico reclamo soberano argentino en el Atlántico Sur. En un escenario donde la presencia se expresa en logística, ciencia y conectividad, fortalecer la posición argentina en Ushuaia y en la proyección bioceánica fueguina es tan relevante como sostener y acrecentar las acciones diplomáticas y de liderazgo a nivel internacional. Solo así la Argentina podrá asegurar un rol significativo en la gobernanza antártica y evitar que el futuro del continente quede condicionado por intereses ajenos o por dinámicas que excluyan su voz y trayectoria histórica. Sobre la firma Newsletter Clarín
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