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Concordia » 7paginas
Fecha: 25/02/2026 09:25
Hablar de Juan es hablar de la historia grande del deporte de Concordia. Es imposible mencionar la Maraton de Reyes sin que su figura aparezca de inmediato. Aquella idea nacida a comienzos de los años 80, inspirada en la fecha cercana a los Reyes Magos y en la ilusión de los chicos del barrio, terminó convirtiéndose en un clásico que hoy convoca a miles de personas. Pero su obra fue mucho más profunda que una competencia atlética. Desde su querido kiosco en la Plaza España, Juan sembró valores. Compartía tardes y noches de verano con los pibes del barrio, organizaba entrenamientos, corregía con firmeza cuando hacía falta, pero siempre con sabiduría y sin estridencias. Era el bonachón que sabía enseñar, el profesor de verdad, no solo en el deporte sino también en la vida. Fue el impulsor de la Agrupación Juvenil Plaza España, junto a un grupo de colaboradores que acompañaron su sueño. Allí formó generaciones enteras bajo una premisa clara: cada etapa debía respetarse. Todo juego, todo juego, decía cuando veía correr a los más chicos, convencido de que el crecimiento debía ser sano, progresivo y feliz. Muchos recuerdan cómo llegaba con un papelito escrito con birome para acercar los resultados de las competencias barriales al diario, no para fomentar rivalidades, sino para estimular a los chicos, para que se vieran reflejados y no abandonaran el deporte. Ese era Juan: un hombre que entendía que el reconocimiento también construye autoestima. La Plaza España brillaba en cada jornada. No solo por las luces, sino por el entusiasmo de las familias, por la alegría de los chicos y por la pasión de un hombre que se desvivía para que todo saliera bien. Y cuando años después se inauguró el monolito en su homenaje, el barrio entero estuvo presente. Era un reconocimiento en vida, como corresponde a los verdaderos referentes. La humildad fue otra de sus marcas. Nunca se apropió del éxito de la Maratón de Reyes, aunque todos supieran que era su creación. Jamás dijo esta es mi obra. Actuaba como si simplemente hubiera hecho lo que debía hacerse. Esa grandeza silenciosa lo convirtió en un prócer del barrio, casi en un prócer del deporte concordiense. Hoy queda su legado, enorme y difícil de igualar. Queda la tarea de sostener esa llama, de continuar sembrando valores, de acompañar a niños y familias con el mismo espíritu de servicio y sin buscar aplausos. Juan Diego López ya es leyenda. Y en cada largada, en cada zancada de un chico que corre con ilusión, en cada aplauso desde la vereda, su nombre volverá a escucharse. Gracias por todo, Juan. Ojalá vuelvas. Por Edgardo Perafán
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