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» Clarin
Fecha: 25/02/2026 06:54
Nacieron el mismo mes de febrero, en la misma década del 30, con apenas pocos años de diferencia. Una chica de provincias, una; muchacha de Avellaneda, la otra. Atravesaron el tumultuoso siglo veinte, y ya caminan hacia la centuria en este cuarto del siglo XXI que se anuncia igualmente estruendoso. Mirtha Legrand nació en una localidad agrícola de Santa Fe, el 23 de febrero de 1927, Graciela Fernández Meijide llegó al mundo tres años después el 27 de febrero de 1931 en Avellaneda, uno de los barrios más antiguos de Buenos Aires. Dos mujeres que superaron los noventa años, pero cuyos méritos no están solamente en cumplir años. Sus trayectorias delatan, también, la Argentina de los prejuicios, anhelos, dolores y desencuentros. Ellas estrenaron juventud cuando los padres todavía imponían horarios. Veinteañeras en los años del peronismo, mujeres adultas en los violentos años 70. Mirtha siguió su vocación actoral, cambio el Martínez Suárez de su apellido por el más afrancesado Legrand, de estrella en el cine primero para reinar en la televisión con sus ya legendarios Almuerzos. Graciela se formó como profesora de idiomas, frecuentó las vanguardias intelectuales de Buenos Aires, hasta que la vida la atropelló con el secuestro de su hijo Pablo. Las coincidencias generacionales dejan de ser un juego de imaginación para incorporar mis propios recuerdos. En la Universidad, en Córdoba, escribíamos monografías para analizar ideológicamente desde el Pato Donald a los Almuerzos de Mirtha Legrand. La primera vez que fui invitada a su programa, me sentí una farisea. Me había pasado en la universidad criticando a sus programas y ahora estaba sentada a su mesa. !Qué zapatitos se trajo!, exclamó Mirtha al saludar a otro de los invitados. La cámara mostró los zapatos brillosos de charol de Luis Barrionuevo, más acordes a los estereotipos de un magnate o un actor que lo que se espera en el atuendo de un sindicalista. Ese día, entendí que la pregunta, ese insumo de todo buen periodista, en Mirtha, que no es periodista, por la impunidad verbal que se permite a los famosos de la tele , ella logra desnudar aspectos de la persona que jamás se me hubiera ocurrido ni permitido a mí como periodista, sin que el entrevistado me sintiera una irrespetuosa. El mundo de Graciela, es el mío propio, el de las familias con desaparecidos. Una tragedia que tardó en llegar a la televisión abierta, dominada por la farándula, con los canales todavía bajo la influencia de los militares. Graciela fue invitada al programa de Mirtha como dirigente política, no como integrante de la CONADEP, ni madre de Pablo, el adolescente de 17 años secuestrado el 23 de octubre de 1976 cuando un grupo armado irrumpió en su casa. La tragedia que hizo nacer a la Graciela pública. Tras la desaparición de su hijo, integró la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la primera organización que recibió las denuncias por las personas desaparecidas. En tiempos en los que no existían los excel ni internet, su capacidad organizativa de profesora fue fundamental para la Comisión Nacional sobre desaparición de personas, CONADEP, que integró. La primera Comisión por la Verdad del mundo, creada inmediatamente al asumir el primer presidente de la restauración democrática, Raúl Alfonsín. Es aquí donde las vidas separadas de Mirtha y Graciela se confunden con la misma historia del terror. Uno de los legajos de la CONADEP, el Nro 2781 que seguramente pasó por las manos de Graciela, es el de una pareja secuestrada el 2 de marzo de 1977 por un grupo del ejercito: María Fernanda Martínez Suárez y Julio Enzo Panebianco, dos militantes de la Juventud Peronista. Solo que María Fernanda era sobrina de Mirtha Legrand, hija de su hermano, el cineasta José Martínez Suárez. Gracias a las gestiones de Mirtha Legrand ante el ministro del interior, Albano Harguindeguy, su sobrina fue liberada dos días después. Julio Enzo engrosa la lista de desaparecidos. Debieron pasar treinta años para que la señora de los almuerzos sorprendiera a sus invitados y narrara al aire como logró la liberación de la sobrina, gracias a que era conocida y famosa. Los silencios y secretos guardados por tantas familias. Primero por miedo de los remanentes de la dictadura, más tarde, ya en democracia, para evitar los escraches de los comisarios de la memoria que oficializaron una narración, impidieron que surgieran a la luz pública otros dolores de los tiempos de la violencia revolucionaria con lo que agrietaron la convivencia e impidieron la reconciliación democrática. No la de las víctimas con los verdugos, como promueve la Iglesia, sino para integrar toda la verdad histórica y hacer pedagogía democrática. En las vísperas del medio siglo que nos separa del fatídico 24 de marzo de 1976 y las consignas se disputen la narración, vale mirar en Mirtha y en Graciela qué parte del país expresan. Aprendí a respetar y admirar la prodigiosidad de la memoria y el interés vital de Mirtha. Un mérito indudable de su persona, pero vivo como una carencia democrática que no se le haya dado lugar en la televisión de aire a un programa auténticamente periodístico, conducido por una periodista, sin los códigos del entretenimiento. Graciela escribió libros, fue diputada, senadora, ministra, continua viviendo en un sencillo y austero departamento. Dejó la política pero no se desentendió de lo político, la esencia y -todavía- deuda democrática. En tanto, Feliz cumpleaños Mirtha. Mi eterno agradecimiento para Graciela. Sobre la firma Newsletter Clarín
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