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  • Tiene 99 años, participó del carnaval y cerró la fiesta con pulgares en alto

    Parana » El Once Digital

    Fecha: 24/02/2026 08:31

    Ignacio Servín fue coronado Rey del Abuelazo en el Carnaval de Colonia Carolina y protagonizó el momento más emotivo de la última noche de festejos. La distinción se realizó el 23 de febrero en la localidad correntina cercana a Goya, donde vecinos y familias enteras colmaron el corsódromo para despedir una nueva edición del carnaval. Con 99 años y una corona dorada que brillaba bajo las luces, Ignacio se acomodó en el carruaje decorado con guirnaldas plateadas y flores fucsias. Levantó ambos pulgares, miró al público con picardía detrás de sus anteojos y sonrió como quien sabe que ese aplauso no es casual. Las imágenes fueron difundidas por el medio local Tu Voz Carolina y rápidamente se transformaron en símbolo de la noche. La música seguía sonando, las comparsas avanzaban con ritmo y color, pero durante esos minutos el tiempo pareció detenerse para acompañar el paso lento y firme del flamante rey. El rey que se ganó la corona viviendo La elección del Rey del Abuelazo es una tradición que reconoce a los mayores del pueblo como custodios de la memoria y la identidad. Este año, la comunidad eligió a Ignacio Servín, quien recibió la distinción con los brazos abiertos y el cuerpo entero, como si la edad fuera apenas un número escrito en el calendario. A su lado, su reina lucía un vestido azul intenso, banda y corona, completando una estampa de realeza genuinamente popular. El carruaje avanzó entre aplausos, papelitos y saludos que brotaban desde cada esquina del corsódromo. Vecinos contaron que Ignacio nunca faltó a un carnaval, que siempre acompañó las celebraciones y que su presencia es parte del paisaje cotidiano de Colonia Carolina. Por eso, la ovación no fue solo un gesto festivo, sino una declaración de afecto colectivo. Una imagen que desafió al tiempo La escena quedó grabada en la memoria del pueblo: un hombre de 99 años, a un año de cumplir un siglo de vida, celebrando con pulgares en alto y sonrisa amplia mientras el carruaje avanzaba entre luces y música. El contraste entre la energía del carnaval y la serenidad de su figura generó una postal difícil de olvidar. Esa noche, el cierre de los carnavales no estuvo marcado solo por el brillo de los trajes ni por el sonido de los tambores. Estuvo marcado por una historia de vida reconocida en público, por una comunidad que decidió honrar a uno de los suyos.

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