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» Clarin
Fecha: 21/02/2026 09:43
Los espías son personajes muy antiguos. Engañadores, disfrazados, ocultos, astutos, generalmente maestros de la falsedad, suelen servir a los poderosos con fines casi nunca decentes. Se podría decir que solo en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando se trataba de derrotar a un Satanás indudable y mantenerlo vencido al menos por un largo tiempo, el oficio del espía adquirió la decencia que muy pocas veces ha tenido en la historia. Se me ocurre que debieron de serlo también los espías que envió Josué a Jericó, claro que vemos en ese caso los episodios de un solo lado, bastante discutido más tarde al punto de que se ha procurado leer alegóricamente el suceso para hacerlo más digno de la alabanza que del vituperio. El asunto es que nuestros antepasados clásicos echaron mano de los espías con frecuencia, pero los dignos ciudadanos de la polis, así como los autores de la noble historia romana y los filósofos, que dedicaron algunas de sus disquisiciones a la política antigua, aborrecieron siempre el espionaje y despreciaron a los expertos en ese arte supremo de la hipocresía y los dobleces, aun cuando sus ires y venires les hayan sacado las papas del fuego tantas veces. De todos modos, excepto en casos como el de la máquina Enigma, el engaño de Calais, el de la metáfora que hizo de Sicilia el vientre débil del cocodrilo nazi y varios más, en tiempos de la última guerra mundial o de la Guerra Fría, el mundo subterráneo de los espías tira más hacia el costado de las cloacas que al de las catacumbas. Puesto que fui historiador del arte y los fenómenos estéticos, antes que de cuestiones políticas y menos aún económicas, la sorpresa del primer día hábil del año en que el Presidente nos tenía preparado un divertimento, precisamente en el campo de la inteligencia, me condujo a revisar el pasado en busca de las formas de la representación visual de hechos y personajes, de traiciones y correveidiles, ligados a intrigas, calumnias o chismes de gran calado social. Como punto de partida, no me caben dudas acerca de la naturaleza antiliberal y anticonstitucional del nuevo decreto de necesidad y urgencia, pues fue precisamente el liberalismo en sus diversas corrientes el movimiento que, a partir del siglo XIX, más exploró las vías posibles para proteger la sociedad y minimizar, al mismo tiempo, los riesgos que la acción estatal de vigilancia implica para hacer de esta un ejercicio confiado, enérgico, respetuoso del prójimo e impulsado por la esperanza alegre de la consecución del bien. El mundo del control obsesivo y desconfiado del orden social ha sido un corral de paradojas desde los tiempos de la Inquisición española y romana. ¿Qué más escandalosa contradicción que la de un cristianismo obsesionado por la herejía, un credo de esperanza y confianza en el perdón total de los pecados al que aniquilaba la sospecha de que la salvación corría peligro? Un libro reciente de Ioanna Iordanou (I servizi segreti di Venezia. Organizzazione dei servizi di informazione nel Rinascimento, Rimini, 2023) se ha sumado al clásico I servizi segreti di Venezia, publicado por Paolo Preto en 1999, para explicarnos con lujo de detalles de qué manera la República Serenísima, que acogía liberalmente o preservaba en la ciudad a grandes pensadores sospechados de herejía por la Inquisición, como Giordano Bruno o fray Paolo Sarpi, había organizado al mismo tiempo una policía secreta y un aceitado sistema de delaciones con el fin de detectar la más mínima oposición al régimen del Consejo de los Diez. No deja de ser paradójico que el mayor servicio secreto de una monarquía absoluta en Europa haya sido obra de dos cardenales cultísimos, Richelieu y Mazarino, poseedor este de una de las mayores bibliotecas de librepensadores en el continente. Los Estados liberales modernos buscaron, desde los tiempos de la Paz Armada, el modo de defender el ejercicio ciudadano de la libertad y de organizar simultáneamente los servicios de inteligencia. El affaire Dreyfus fue, en buena medida, una manifestación escandalosa de las dificultades inherentes a ese programa de convergencia y equilibrio de opuestos. Tras la tragedia del sistema orwelliano, implantado por el autodesignado Proceso de Reorganización Nacional en la Argentina entre 1976 y 1983, la presidencia de Raúl Alfonsín abrió el debate y el camino para lograr una Ley de Inteligencia Nacional, la N° 25520, sancionada en 2001 durante la presidencia de Fernando de la Rúa, que fue hasta ahora un ejemplo de equilibrio entre las necesidades contradictorias de un Estado liberal y democrático en materia de seguridad nacional. Esa convergencia virtuosa de necesidades antagónicas ha quedado hecha trizas por la cláusula del nuevo DNU que permite a los agentes del servicio secreto arrestar personas sospechosas de dañar o atentar contra la seguridad nacional. Si había alguna situación paradojal en el espíritu y el contenido de la Ley 25520 ya ha desaparecido. La modificación de ese instituto ha convertido nuestro régimen de seguridad en puro y muy peligroso despotismo antiliberal. Pero mi propósito, al escribir estas líneas, consiste en hacer una exploración del mundo figurativo y estético. He buscado una representación artística del espionaje y sus protagonistas. Recurrí, para comenzar, al mayor tratado europeo de iconología de todos los tiempos, un libro del mismo nombre que escribió Cesare Ripa, publicado por primera vez en 1593, editado con detalladas y bellas figuras a partir de 1603. Ideas, conceptos, fenómenos naturales, sistemas políticos, religiones, ciencias, saberes, arquetipos humanos, virtudes, habilidades, vicios, torpezas; todos esos entes del mundo intelectual y moral fueron representados allí simbólicamente, por medio de alegorías complejas que Ripa explicó con erudición histórica y literaria, con sutileza, inteligibilidad y belleza. Una de esas abstracciones, la de la vigilancia social y política, se personalizó en la figura del Espía, un hombre noblemente vestido con una gran capa cubierta de orejas, ojos y lenguas bordadas, que se arreboza en la parte inferior de la cara y solo deja ver los ojos del individuo (imagen 1). La persona camina, sus pies llevan alas en los talones y, en su mano izquierda, sostiene un farol. Los adornos de la capa aluden a los sentidos que aviva el acto de espiar; las alas talares, a la celeridad del sujeto a la hora de transmitir lo visto u oído; el farol indica que la mayor parte de sus actividades se producen en la oscuridad y por la noche. Un perro, que olfatea el suelo y detecta las huellas de los espiados, se adelanta en el camino del hombre. Ripa no se limita a precisar los detalles de la iconografía, sino que también se explaya en el texto, vinculado a la imagen, acerca de otros caracteres del Espía y sobre la historia del espionaje. La elegancia de la figura en el vestir no ha de asociarse con una presunta nobleza del linaje, sino solo con el hecho de franquearle el acceso a las clases altas, pues el acto de observar y transmitir no puede limitarse a los decires y haceres del bajo pueblo, siempre levantisco, sino que también es necesario controlar el humor de los grandes, nobles y príncipes inclusive, debido a sus tendencias a la conjura y la traición política. Es más, Ripa recalca que, en todo caso y a partir del ejemplo que dieron los romanos al prohibir el espionaje a los senadores, hubiese sido bueno alejar a los nobles de su propio tiempo de tales actividades finalmente vergonzosas. Se suceden además los ejemplos antagónicos de, por un lado, gobernantes crueles y malvados -los emperadores Tiberio, Domiciano, Constancio II (hijo de Constantino)- quienes favorecieron el espionaje y aumentaron sin pausa el número de sus agentes, y de, por otra parte, gobernantes benévolos que demostraron desconfiar y llegaron a aborrecer a los espías, como Vespasiano, Tito y Antonino Pío (portador de este epíteto por, entre otras cosas, condenar a muerte a los espías que hubiesen informado falsedades). Ripa termina el capítulo con una frase breve, que resume las prácticas inevitables del espionaje y las anatematiza: investigar los asuntos ajenos con diligencia y secreta solicitud, cosas de las cuales Dios nos guarde siempre. (Iconologia, Venecia, Tomasini, 1645, p. 594) Si bien el grabado de Ripa exhibe una expresividad justa y hasta una cierta belleza, el punto estético más elevado de la representación, directa y alegórica al mismo tiempo, lo alcanzó una escultura lígnea, inspirada en la ilustración de la Iconologia que acabamos de describir, realizada por el veneciano Francesco Pianta en 1657 para el gran zócalo en madera sobre el cual se colocaron varias escenas de la vida de Cristo, pintadas por Tintoretto durante la segunda mitad del siglo XVI, en la Sala Capitular de la famosa Scuola di San Rocco en Venecia (imagen 2). Pianta siguió escrupulosamente todos los detalles de las indicaciones brindadas por Ripa, aunque su técnica del tallado, rigurosa en la imitación de las texturas a la par de violenta en el uso de las proporciones, más la policromía de algunos símbolos del conjunto (el farol, los zapatos, los ojos del espía), aproximan el altorrelieve del Espía a una caricatura desenvuelta en tres dimensiones (imagen 3). La figura inspira un cierto desasosiego, un temor larvado y, al mismo tiempo, una sensación vinculada a la fuerza cómica de lo grotesco. Veamos las otras alegorías (jeroglíficos los llama Pianta) que la acompañan en esa boiserie de la Scuola. La procesión comienza con un Mercurio que desenvuelve un largo rollo en el cual están escritos los nombres de los personajes simbólicos y explicados sus sentidos. Siguen entonces la Melancolía, el Honor, la Avaricia, la Ignorancia, la Ciencia, la Distinción entre el Bien y el Mal, la Furia, el Espía, Escándalo y Escrúpulo en la misma estatua, el Placer honesto, la Defensa de la Escultura por parte de Cicerón y la Defensa de la Pintura por Tintoretto. Los retratos de Cicerón y Tintoretto son prácticamente caricaturas. Entre la Furia y el Espía, se extiende el espléndido trampantojo de los lomos de 64 libros sobre los cinco estantes de una biblioteca (imagen 4). Desde el célebre Mario Praz en 1959 hasta Paola Rossi en 1999 y Chiara Romanelli en 2014, historiadores italianos explicaron los posibles significados del conjunto escultórico desplegado por Francesco Pianta. Es una serie de jeroglíficos de las virtudes y los vicios, asociables a la belleza las primeras y a la fealdad los segundos, que rigen dramáticamente las cosas de la vida mundana como si se tratara de una disputa, una batalla dialéctica, mientras que las telas monumentales de Tintoretto por encima de ese zócalo espléndido narran la historia de la salvación que Jesucristo trajo a la historia. Dos podrían ser los momentos más densos del despliegue del mundo humano en la boiserie: el que corresponde a Mercurio en el comienzo del camino, donde se ancla la explicación de cada una de las figuras, y el de la biblioteca entre la Furia y el Espía, que tal vez represente el valor del trabajoso saber de la humanidad concentrado en los libros y flanqueado por las dos fuerzas que se le oponen, la manifiesta de la Furia violenta y la secreta u oculta del Espía tenebroso. De cualquier modo, es probable que todo el conjunto, formado por nuestras dos grandes representaciones básicas -la escultórica de la contienda terrenal y permanente entre el bien y el mal y la pictórica del camino de la salvación como don supremo de Cristo-, pueda ponerse bajo la égida de la cita de un gran veneciano del siglo XVII, fray Paolo Sarpi: de modo que, como dice san Agustín, no por medio de nuestra libertad conquistamos la gracia divina, sino que merced a la gracia adquirimos nuestra libertad. El espionaje con poderes de coerción, tal cual propone el nuevo DNU, no está obviamente del lado de la libertad y mucho menos del lado de la gracia. Burucúa es ensayista e historiador de arte, doctor en filosofía y letras, investigador y profesor de la Universidad Nacional de San Martín. También es miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes de Argentina. Sobre la firma Newsletter Clarín
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