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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 21/02/2026 02:52
En las brumosas calzadas del Imperio Romano tardío, donde el polvo de las legiones se entretejía con los primeros salmos cristianos, un puñado de mujeres emperatrices, nobles, viudas ascéticas y hasta una exprostituta redimida se calzó sandalias y se lanzó a odiseas que no solo buscaron santuarios, sino que redibujaron el mapa de la devoción. No eran meras devotas, eran arquitectas de un nuevo mundo espiritual, fundando monasterios, desafiando tabúes de género y dejando diarios que hoy iluminan la sombra del patriarcado eclesiástico. Siguiendo las huellas de Egeria, esa hispanorromana nacida en la actual Galicia del siglo IV cuya pluma capturó un viaje de tres años por Tierra Santa, estas peregrinas transformaron la Pax romana en un puente de fe itinerante. "Estas mujeres no solo caminaban; construían un nuevo mundo de fe, fundando monasterios y desafiando las normas de una sociedad que las confinaba al hogar, reflexiona el teólogo Giuseppe Perta al evocar cómo su coraje impulsó la expansión del monacato primitivo. En una era de fronteras porosas y peligros constantes bandidos en el desierto, tormentas en el Adriático, su audacia no fue casual: era un acto de liberación, un grito de fe que resonaba desde Galicia hasta el Sinaí. La pionera indiscutible, cuya sombra se proyecta sobre todas, fue la emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande. Nacida alrededor del 250 en Bitinia quizá en la humilde Britania, según tradiciones que la sitúan en York, esta mujer de origen plebeyo ascendió de concubina a augusta imperial tras la conversión de su hijo en el 312. En 326, justo tras el Concilio de Nicea, Elena, ya abuela y viuda, emprendió una peregrinación que inauguró la era de los viajes sagrados masivos. Acompañada por el obispo Macario, recaló en Jerusalén y Belén, sorteando penurias que hoy parecen inimaginables: caravanas polvorientas, noches bajo estrellas hostiles y el hedor de posadas infames. Según Eusebio de Cesárea, su biógrafo, Elena albergaba un deseo compartido con Constantino: venerar el lugar donde sus pies han estado (Salmo 132:7). Pero no se limitó a orar: desenterró la Vera Cruz en el Gólgota, un hallazgo que Ambrosio de Milán y Paulina de Nola narran con fervor místico. Su viaje marcó el inicio de un turismo sagrado que perdura, apunta Perta, recordando cómo Elena transformó el paisaje: erigió la basílica del Santo Sepulcro, iglesias en Belén y el Monte de los Olivos, y hasta en el Sinaí. Su mecenazgo no fue solo filantrópico, fue estratégico, pavimentando rutas para miles y estableciendo el culto a la Cruz como eje de la cristiandad. Modernos historiadores, como Deborah G. Halbert, en estudios sobre mujeres en la Antigüedad tardía la ven como "un puente entre el poder imperial y la piedad personal, una figura que usó su estatus para subvertir las expectativas de género: una abuela de 70 años, con corona y manto, excavando en la tierra santa como una monja errante. No muy lejos en el tiempo, Paula de Roma (347-404) encarnó el drama del desapego radical. Clarísima de linaje senatorial descendiente de Agamenón, según su mentor Jerónimo, Paula se casó a los 16 con Toxotius, un noble que le dio cuatro hijas y un hijo. Viuda a los 32, tras una vida de sedas y eunucos portándola por las calles romanas, Paula se unió al círculo ascético del Aventino, influenciada por Marcela. En 382 conoció a Jerónimo, el iracundo erudito que había estudiado en Roma y vivido como asceta en Oriente. Bajo su tutela, Paula abrazó el ayuno estricto, el estudio intensivo de las Escrituras y una pobreza que escandalizó a Roma. ¡Qué difícil es para una madre dejar a sus hijos por Cristo!, exclama Jerónimo en su emotiva carta a Eustoquio tras su muerte, pintándola envuelta en llanto al abandonar la Ciudad Eterna. En 385, partió de Ostia con Jerónimo y su hija Eustoquia, dejando un séquito de sirvientes y un imperio de riquezas. Atravesaron el Mediterráneo hasta Palestina, visitaron monasterios egipcios y se instalaron en Belén. Allí, Paula fundó un hospital, un convento y la Iglesia de la Natividad un doble monasterio segregado por géneros, con posada para peregrinos aristocráticos. Jerónimo, en su Epístola 108, la describe postrándose en la gruta de la Natividad: En este pequeño agujero de tierra nació el Creador del cielo" (Juan 1:14), besando piedras y evocando escenas bíblicas con una piedad afectiva que anticipa el misticismo medieval. Financió la Vulgata, la traducción latina de La Biblia, corrigiendo manuscritos y cantando salmos en hebreo que aprendió de Jerónimo. Era una intelectual y una asceta; su peregrinación fue un acto de liberación radical, destaca el historiador César Morales, subrayando cómo Paula subvirtió su herencia: vendió todo, agotó fortunas en hospitalidad y solo dejó deudas a su hija. Su funeral en 404 atrajo multitudes de Palestina; santa por la Iglesia latina, su legado es el de una patrona de los jerónimos, retratada con libro y velo negro. Paralelamente, las dos Melanias la Anciana y la Joven tejieron una saga familiar de fe nómada que parece sacada de una epopeya bíblica. Melania la Anciana (c. 342-410), aristócrata romana del círculo de Jerónimo, nació en Hispania de familia consular. Casada a los 14 con un noble quizá Valerius Maximus, perdió a su esposo y dos hijos, quedando con un varón, Publicola. Alrededor del 373, tras convertirse en Roma, dejó a su hijo con un tutor y partió a Alejandría, acompañada de sirvientes, para unirse a ascetas en Nitria. Pasó seis meses con monjes del desierto, hizo visitas a Macario y otros Padres del Desierto. Cuando la persecución exilió a los monjes a Diocaesarea, Melania los siguió, financiándolos hasta que fue encarcelada brevemente liberada por su estatus. Palladius de Galacia la describe como una dama muy erudita que amaba el mundo, mentora de Evagrio Póntico, a quien convenció de ir a Egipto y con quien mantuvo epistolario. En Jerusalén, fundó un convento para sí y un monasterio en el Monte de los Olivos para Rufino de Aquilea uno de los primeros dobles monasterios cristianos. Su nieta, Melania la Joven (c. 383-439), heredó el mismo espíritu que su abuela: casada a los 12 con Piniano, otro noble converso, huyó de la invasión gótica en 410 a Tagaste (Argelia), pero Jerusalén los arrastró. Llegaron en peregrinación a sitios santos; eligieron la posada de peregrinos adosada al Santo Sepulcro para enfatizar pobreza, según Geroncio en su Vida de Santa Melania (cap. 35). Fundaron dos monasterios en Jerusalén y uno en Belén dobles, segregados, atrayendo etíopes, persas e indios. Su elección de humildad contrasta con opciones elitistas; como su abuela, usó fortuna para patronazgo, viviendo en austeridad hasta su muerte en 439. "Las Melanias representan la dinastía ascética: de la riqueza al desierto, forjando comunidades que acogieron a peregrinas sin nombre, escribe Elizabeth A. Clark, enfatizando su rol en la controversia origenista y su influencia en Agustín y Paulino de Nola. Silvia de Aquitania (c. 330-406), hermana del prefecto Rufino bajo Teodosio, añade misterio y controversia. Mencionada por Paladio en su Historia Lausiaca, esta galorromana cuya ruta a Jerusalén, Egipto y Constantinopla se asemeja tanto a Egeria que Gamurrini la creyó autora del itinerario en 1884 cruzó mares y desiertos en el siglo IV como rito de purificación. Su peregrinación, datada entre 379-388, incluyó visitas a monjes egipcios y sitios palestinos; el texto Peregrinatio Silviae Aquitanae detalla liturgias y hospitalidad. Silvia representa a esas mujeres anónimas que, sin pluma famosa, forjaron el camino para las Egerias, escribe el jesuita Marius Férotin. En Chipre, se alojó con Epifanio de Salamis; en Jerusalén, optó por celdas humildes. Su legado es litúrgico: describió oficios que influyeron en la tradición occidental, y su estatus imperial le dio salvoconducto. En su peregrinar incluyó Egipto en 381 y 383, como Egeria. Fabiola de Roma (m. 399/400), otra matrona del círculo de Jerónimo, encarna la redención dramática. Noble de la gens Fabia, viuda tras un matrimonio infeliz divorciada y vuelta a casar, escándalo en Roma, se convirtió en 394, vendiendo todo para penitencia. Peregrinó a Belén, viviendo en un hospicio que profundizó su fe; regresó a Roma para fundar el primer hospital público, atendiendo leprosos con manos desnudas. Jerónimo la elogia en la Epístola 77: "Dejó las sedas por sayales, los banquetes por el pan de los pobres". En 395, en otra peregrinación a Tierra Santa con Oceanus, fundó obras caritativas en Jerusalén. Su muerte, el 27 de diciembre, la elevó hacia los altares. Patrona de los enfermos, su vida narrada por Jerónimo muestra cómo la peregrinación purificaba pecados sociales. En el siglo V, las emperatrices tomaron el relevo con esplendor imperial. Elia Eudocia Athenaide (c. 401-460), esposa de Teodosio II, peregrinó dos veces a Palestina: en 437 por promesa de su hija, y en 443, quedándose hasta morir. Fundó monasterios, oratorios y la basílica de San Esteban donde yace, recuperando reliquias como las cadenas de Pedro. Su hija, Eudoxia (401-493), y su nieta, Licinia Eudocia, siguieron tejiendo dinastías devotas. Anicia Juliana (c. 439-527), de sangre imperial, peregrinó y financió en Constantinopla. Perta las califica de santas constructoras, cuyo mecenazgo elevó Tierra Santa. Pero ninguna historia es tan fantástica como la de María Egipcíaca (siglo V-VI), la más extraña peregrina. Prostituta en Alejandría desde los 12, en 430 se unió a peregrinos a Jerusalén por lujuria, no por fe. En el Santo Sepulcro, una fuerza invisible la bloqueó; lloró ante un ícono de la Virgen y juró celibato. Cruzó el Jordán al desierto, donde 47 años de ayuno y visiones la transforman en eremita. Sofronio de Jerusalén (550-638) narra en su Vida: Bloqueada milagrosamente, su mirada al ícono la redirige al Bautismo de Jesús. Encontró al monje Zosimas, quien la confesó; un león cavó su tumba. Muestra que incluso los pecados más profundos se purifican en peregrinación, dice un sermón ortodoxo reciente. Más tarde se convertirá en santa, y en muchos lugares del mundo se levantarán templos en su memoria (uno de los más famosos está en Nápoles). Cientos de mujeres más peregrinarán hacia los lugares santos; durmiendo en a la calle, en portales, tiendas o cuevas. Su impacto: no solo espiritual, sino económico posadas, mercados en rutas y cultural, transmitiendo liturgia oriental a Occidente, como Egeria con sus descripciones de Pascua. Modernos eruditos las rescatan del olvido. Mujeres eran las últimas discípulas en la cruz y primeras en el sepulcro; integrales en la iglesia primitiva. En este tiempo de aviones a Jerusalén, su legado interpela: ¿cuántas cosas seríamos capaces de dejar atrás por una fe impetuosa? Como dice Lucía García de la Serrana en El Coloso de Rodas: Fueron las primeras en romper el velo: no esperaron permiso para buscar a Dios en caminos. Egeria, Helena, Paula y sus hermanas no solo peregrinaron; redibujaron el mundo con pasos de mujer.
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