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  • El hombre que convirtió los fichines en un negocio familiar

    » La Nacion

    Fecha: 19/02/2026 08:24

    El hombre que convirtió los fichines en un negocio familiar Juan Kurhelec pasó de reparar flippers en un taller familiar a construir una de las mayores cadenas de entretenimiento del país; tres generaciones después, Playland sigue creciendo en la Argentina y la región con 30 locales - 7 minutos de lectura' Durante décadas, para miles de chicos argentinos, ir a la costa no era solo sinónimo de playa y mar. También era sinónimo de los fichines: ese universo de luces, sonidos y desafíos donde convivían flippers, metegoles, fonolas y, más tarde, arcades y simuladores. Detrás de esa postal que marcó generaciones está la historia de Playland, una empresa familiar que nació casi de casualidad, creció a fuerza de trabajo y hoy suma más de 30 locales en la Argentina, además de presencia en Chile y Colombia. La historia comienza mucho antes de que existiera la marca. Juan Kurhelec, fundador de la compañía, era hijo de inmigrantes húngaros que llegaron al país después de la Primera Guerra Mundial. Primero se instalaron en Entre Ríos y luego se mudaron a la Capital Federal. De hecho, se vienen a vivir a donde nosotros hoy tenemos los talleres todavía. Seguimos medio en el mismo lugar, cuenta Florencia Esteves Kurhelec, su nieta. El primer vínculo con el mundo del entretenimiento no fue a través de un videojuego, sino de la carpintería. El padre de Juan trabajaba para un estadounidense que importaba los primeros flippers los pinballs mecánicos, sin luces ni electrónica sofisticada y necesitaba quien construyera las estructuras. Como carpintero, comenzó a replicar gabinetes y piezas en la Argentina. Así, en ese taller, Juan creció rodeado de máquinas. Mi abuelo básicamente vivía en un lugar donde había videojuegos, resume Florencia. El contacto era permanente. Más tarde, con las restricciones a la importación, empezó a trabajar en una empresa que producía componentes electromecánicos en el país y estudió para técnico electrónico. Ese conocimiento sería clave para todo lo que vendría. Incluso el servicio militar obligatorio reforzó su oficio: gracias a su formación, fue asignado a tareas vinculadas con la reparación de radios. La electrónica ya no era un trabajo, sino una pasión. A fines de los años 60, Juan decidió independizarse. Fabricó algo similar a metegoles y comenzó a armar circuitos: colocaba máquinas en bares, estaciones de tren y distintos puntos de la provincia. Tenía circuitos en bares, en estaciones de tren. La gente salía de trabajar, se tomaba algo, escuchaba música y jugaba un flipper, relata su nieta. Con el tiempo llegó a administrar alrededor de 15 puntos. Él mismo recaudaba y arreglaba las máquinas. Era un emprendimiento artesanal, pero en expansión. El gran quiebre llegó en 1969, cuando viajó por primera vez a Estados Unidos. No era un viaje más: en esa época volar al exterior era un acontecimiento. Con un portafolio y ahorros en mano, fue a conocer fábricas y traer novedades. En uno de esos recorridos, se equivocó de barrio junto a un colega y fueron asaltados. Nunca nada lo frenaba, recuerda Florencia. Si algo no sabía, lo averiguaba. Le encantaba lo que hacía. De ese viaje trajo un conjunto de máquinas más cercanas a lo que hoy se ve en un centro de entretenimiento: arcades de disparo, kiddies infantiles y nuevos flippers. Esa inversión abrió la puerta a un sueño más ambicioso: tener un local propio. Hasta entonces, Juan colocaba máquinas en espacios de terceros. Quería su sala, con identidad y nombre. El primer local abrió en Santa Teresita. Todavía no se llamaba Playland. Luego siguieron Mar de Ajó y Mar del Plata. En la Ciudad de Buenos Aires no estaba permitido el funcionamiento de este tipo de salas hasta 1993, por lo que el crecimiento inicial fue en la costa atlántica. En Mar del Plata nació oficialmente la marca Playland, registrada en 1978 junto con la sociedad Playtronic. Para generaciones que veraneaban allí, la visita a los juegos era un ritual tan esperado como el helado nocturno. La reglamentación en Capital Federal, en 1993, marcó otro punto de inflexión. El primer gran local porteño abrió en Cabildo y Monroe, en Belgrano. Juan tenía claro el concepto: no quería un espacio oscuro y descuidado, asociado al humo y la marginalidad nocturna. Prohibió fumar dentro de las salas, instaló vigilancia las 24 horas y buscó crear un entorno verdaderamente familiar. Él quería que una madre pudiera entrar con su hijo y sentirse tranquila, explica Florencia. El siguiente salto fue en 1994, cuando la empresa ingresó al shopping Buenos Aires Design, en Recoleta. Competían con compañías brasileñas, fuertes en la industria del entretenimiento. El negocio inicial no fue el más rentable, pero abrió puertas. Ese local, bajo el concepto Playland Park, marcó una nueva estética: colores vibrantes, gigantografías, ambientación lúdica y una fuerte apuesta al público infantojuvenil. Fue la época de las máquinas que entregaban tickets de papel. Los chicos los acumulaban durante meses para canjearlos por premios. El ticket era poder, recuerda Florencia, que vivió esa transformación desde adentro. El modelo permitió expandirse a otros shoppings del país: Mar del Plata, Santa Fe, San Juan, San Luis. El boom comercial de los 90 encontró a la empresa preparada. Hoy todos los locales están en centros comerciales y la experiencia se integra a la salida familiar: compras, patio de comidas, cine y juegos. No lo veo como competencia directa de la Play o la consola. Es algo distinto. Es salir, compartir, sostiene. La compañía emplea a más de 300 personas en la Argentina. Las crisis no fueron ajenas: la de 2001 y, más recientemente, la pandemia. Con los shoppings cerrados durante meses, el sector del entretenimiento fue uno de los más golpeados. Aun así, no cerraron ningún local y pudieron pagar salarios, con ayuda estatal y esfuerzo propio. Son 300 familias, enfatiza Florencia. La maquinaria es importada y los ingresos son en pesos, una ecuación que en contextos de devaluación se vuelve desafiante. Sin embargo, la empresa logró sostenerse y seguir invirtiendo. La expansión internacional comenzó en Chile, impulsada por el propio Juan, y luego llegó Colombia, donde la marca opera bajo el nombre Peterland por cuestiones registrales. La distancia y las particularidades de cada mercado implican aprendizajes constantes, pero la apuesta regional continúa. Juan Kurhelec nunca se retiró. Trabajó hasta su fallecimiento, después de haber cumplido 90 años en plena pandemia. Leía y enviaba mails desde su casa, manejaba su smartphone con naturalidad y seguía asistiendo a ferias internacionales. Amaba el taller y también jugar. Era célebre por su habilidad en el Tetris: con una sola ficha podía jugar durante horas y su nombre figuraba en los récords de las máquinas. Para él, Playland era un hijo más, dice su nieta. La segunda generación sus hijos tomó la posta y hoy la tercera comienza a incorporarse, sin obligación pero con la conciencia de continuar un legado. Florencia, además de trabajar en la empresa, es psicóloga. Desde esa mirada, interpreta el negocio como algo más profundo que una sala de máquinas. En un mundo cada vez más digital y puertas adentro, cree que el entretenimiento presencial conserva un valor especial, sobre todo en la Argentina. Somos idiosincráticamente sociables. Nos gusta salir, compartir, juntarnos por cualquier excusa, afirma. La tarjeta recargable que reemplazó a las fichas y a los tickets de papel no es solo un medio de pago: es pertenencia, fidelización y regalo. Los premios cambian, los juegos se actualizan realidad virtual, simuladores, experiencias inmersivas, pero conviven con clásicos que siguen funcionando: el autito para los más chicos, el aro de básquet con luces, el bowling. Emprender en la Argentina, reflexiona Florencia, no es sencillo, pero premia la creatividad. Con una buena idea y pocos recursos podés lograr mucho, sostiene. La historia de su abuelo parece confirmarlo: no fue suerte, fue constancia y trabajo. Desde aquellos circuitos en estaciones de tren hasta los shoppings de hoy, la esencia se mantiene. Un espacio donde pueden convivir un nene de tres años, un adolescente y un adulto que todavía quiere superar su propio récord. Un lugar donde, por un rato, la competencia es contra la máquina y la recompensa es la risa compartida. 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