16/02/2026 15:55
16/02/2026 15:55
16/02/2026 15:54
16/02/2026 15:54
16/02/2026 15:53
16/02/2026 15:53
16/02/2026 15:52
16/02/2026 15:51
16/02/2026 15:50
16/02/2026 15:49
Parana » AnalisisDigital
Fecha: 16/02/2026 14:56
Acaba de publicarse uno de los documentos más perturbadores de la reciente historiografía argentina sobre la última dictadura militar: Si lo contás, te mato. Confesiones inéditas de Carlos Guillermo Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura, del periodista e investigador Gustavo Sammartino, editado por Planeta en febrero de 2026. El general se casó en Paraná, tuvo una hija en esta capital y consolidó una estrecha relación con la familia Perette, que lo ayudó a exiliarse al Uruguay en 1951. El volumen recoge años de trabajo del autor, quien logró establecer una relación privilegiada con Suárez Mason apodado "Pajarito", considerado uno de los responsables más directos de la represión ilegal durante el Proceso y obtuvo de él confesiones, relatos autobiográficos y valoraciones que ningún otro periodista había conseguido hasta entonces. El resultado es un texto de 346 páginas que mezcla la voz del propio general con la investigación documental y el testimonio del autor, que narra simultáneamente su propia historia personal incluyendo la muerte de una hija al nacer el 24 de marzo de 2000, dolorosa coincidencia de fechas mientras va tejiendo el retrato de un hombre que ordenó matar, torturar y robar bebés, y que murió sin una condena efectiva en prisión. Lo que sigue es un análisis pormenorizado de los fragmentos del libro que refieren a Entre Ríos: su paso por Paraná en los años 40, su casamiento y la noche de su primera hija, el exilio de 1951 a través de la provincia y la deuda de gratitud con la familia Perette, la relación de cadena de mando con el general Ramón Camps, y los puntos de contacto institucionales con el vicario castrense monseñor Adolfo Tortolo. Paraná: el casamiento, la hija y el regimiento En la voz del propio Suárez Mason, recuperada en el texto de Sammartino, la capital de Entre Ríos ocupa un lugar afectivo único. El general describe su llegada a Paraná como el fin de una primera etapa dos años en el Regimiento Nº 9 de Caballería de Curuzú Cuatiá, en Corrientes y el inicio de lo que él mismo llama "el mejor tiempo" de su carrera temprana. "En Curuzú Cuatiá estuve dos años y de ahí me fui a Paraná. Fue un buen tiempo. Quedará registrado en mí para toda la vida." En Paraná, Suárez Mason estaba destinado en el regimiento de Caballería de la ciudad. La guarnición militar paranaense era, en esa época, uno de los puntos de la red de destinos del arma de Caballería en el litoral. El joven oficial tenía entonces el grado de teniente primero, habiendo egresado del Colegio Militar en el puesto 34 de una promoción de doscientos compañeros. Fue precisamente en Paraná donde Suárez Mason formalizó su matrimonio con quien él llama "la mujer más valiente del mundo": Lita, cuyo nombre completo no aparece en el libro. El vínculo tenía una historia previa: el general la había conocido en enero de 1944 en Uspallata, Mendoza, dos días después del terremoto de San Juan, mientras ambos estaban de vacaciones. El futuro suegro de Suárez Mason había sido amigo íntimo de su abuela materna, Sara Lugones, lo que facilitó el encuentro en aquel verano mendocino. "La conocí en Mendoza mientras estaba de vacaciones. Fue en enero de 1944, dos días después del terremoto de San Juan. Yo estaba en cuarto año del Colegio Militar. Ella también estaba de vacaciones." El noviazgo se formalizó de inmediato. El casamiento se realizó en Paraná en julio de 1947, cuando Suárez Mason ascendió a teniente de Caballería. La pareja consideró que ese ascenso marcaba el momento propicio para el matrimonio. "Nos casamos en julio de 1947, hace ya unos cuantos años. Lita es la esposa perfecta, la única persona que me da paz." El general habría de consignar que en Paraná también nació su primera hija, Gloria. En otro fragmento del libro, en sus propias palabras, afirma con precisión: "Cuando comencé mi carrera militar estuve destinado durante dos años en el regimiento de Paraná, en la provincia de Entre Ríos. Allí pude casarme y tener a mi primera hija, Gloria." La estadía en Paraná no sería larga. A fines de 1948, el pase de cambio de destino lo trasladó a la Escuela de Caballería ubicada en Campo de Mayo, en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, los trámites se demoraron y recién se presentó allí en febrero o marzo de 1949. Paradójicamente, ese nuevo destino sería el escenario de sus primeros conflictos, y Campo de Mayo, el lugar desde donde comenzaría la cadena de hechos que lo llevaría al exilio. El exilio de 1951: la fuga, Entre Ríos y los Perette En septiembre de 1951, Suárez Mason participó de la rebelión encabezada por el general Benjamín Andrés Menéndez contra el presidente Juan Domingo Perón. Era una noche de primavera cuando recibió el llamado de un capitán de la Escuela de Caballería en Campo de Mayo. La orden era concurrir al cuartel porque el levantamiento ocurriría a las cinco de la mañana del día siguiente. La asonada fracasó. Las tropas leales al gobierno rodearon a los rebeldes en La Tablada. Fue el entonces capitán Alejandro Agustín Lanusse quien comunicó que el general Menéndez daba por terminado el movimiento y liberaba a sus hombres a actuar según su conciencia. Suárez Mason optó de inmediato por la fuga. "Sospeché que si permanecía en ese lugar sería puesto en prisión, razón por la cual decidí darme a la fuga. Di vuelta con rudeza el caballo que montaba y junto a otros oficiales que me acompañaban escapé metiéndome en un campo y galopando unos cuantos kilómetros." En los días posteriores al fallido golpe, la baja del Ejército fue inevitable. Suárez Mason quedó como prófugo civil y la persecución del gobierno peronista era real y concreta. Tenía dos hijos pequeños Gloria, de aproximadamente tres años, y Carlitos, de uno y su esposa estaba a cargo de la familia en Buenos Aires. La red clandestina y la ruta hacia Entre Ríos La travesía hacia el exilio no fue directa ni sencilla. Un militante del Partido Radical se ofreció a ayudarlo a salir del país a través de una red clandestina que operaba sacando a perseguidos políticos hacia Uruguay. El trayecto tuvo varias etapas: Buenos Aires, Rosario (donde permaneció aproximadamente una semana en casa de un matrimonio mayor que formaba parte de la red), Santa Fe (dos días en casa de un dirigente político conservador), y desde allí, en un auto con un conductor particularmente tenso, un viaje de dos horas que lo llevó hasta la vera de un río. El conductor cruzó con el vehículo en una balsa un río ancho y caudaloso cuyo nombre el propio Suárez Mason confiesa no haber conocido nunca y desembarcó del otro lado. Con una sonrisa adusto le comunicó: "Quedate tranquilo, ya estás a salvo. Acá ya nadie te puede agarrar." Habían llegado, sin que el general lo supiera en ese momento, a las proximidades de Paraná. En la capital entrerriana la red lo condujo hasta la casa de una familia que el libro describe como "muy importante de la ciudad": los Perette. Se trataba, según Sammartino, de "una familia tradicional del Partido Radical, cuyo jefe y enorme líder político era el doctor Carlos Humberto Perette, el mismo que en su momento llegó a ser vicepresidente de la Nación" junto al presidente Arturo Illia, en 1963. Suárez Mason permaneció varios días en la casa de los Perette en Paraná, al cuidado de la familia. Fue el propio Carlos Humberto Perette quien fue a buscarlo personalmente para continuar el traslado hacia la frontera. "Un buen día el propio Perette me vino a buscar con un auto. Se trataba de un Ford bastante viejo y roto que le había prestado precisamente su hermano." El vehículo era un Ford destartalado que Perette había pedido prestado a su hermano. El libro no consigna el nombre de este hermano. Vale recordar que la familia Perette tenía una larga tradición política radical en Entre Ríos: el propio Carlos Humberto había sido intendente de Paraná y sería luego convencional constituyente y vicepresidente de la Nación. Su hermano también tenía militancia radical y era conocido en los círculos políticos provincianos. La identificación que el usuario de este análisis hace como "Francisco Perette" correspondería a este familiar, aunque el libro sólo lo menciona como "el hermano" de Carlos. El viaje fue largo y complicado. Los caminos de tierra estaban embarrados y el viejo Ford avanzaba con dificultad. Los pasajeros salieron muy temprano y viajaron sin escalas hasta llegar a Concepción del Uruguay. Concepción del Uruguay: el plan cambia El plan original era que Suárez Mason se quedara en Villa White, localidad cercana. Pero Perette recibió información en el camino de que la contrainteligencia del gobierno peronista ya había detectado su presencia en la zona y lo estaban esperando en un cruce de rutas. "Seguramente la contrainteligencia ya había avisado que andábamos en la zona y nos estaban esperando en un cruce de caminos." Perette cambió el rumbo y llevó a Suárez Mason a la casa de otro dirigente radical, amigo suyo, que vivía en la plaza central de Concepción del Uruguay. El general tuvo prohibición de asomarse a la ventana o salir a la calle. Permaneció allí varios días más. Una noche, desde la ventana, pudo observar un acto político de los gremios locales en la plaza, acompañado por las hijas del dueño de casa, que hacían chistes nerviosos sobre la situación. Desde Concepción del Uruguay, la red lo trasladó en auto hasta las proximidades del Arroyo de la China hoy Gualeguaychú y desde allí, a pie, hasta el puerto. Un hombre con un cajón de pescado al hombro lo guió hasta un bote donde esperaba un anciano pescador. Cruzaron el arroyo en unos veinte minutos. Al desembarcar, el hombre del cajón de pescado y el barquero se despidieron y le indicaron que siguiera solo a través del monte hasta encontrar una vieja casa de pescador. El viejo pescador lo alojó esa noche. Al anochecer, esperaron que pasara la lancha de gendarmería y, bajo una luna clara que los delataba, remaron en silencio hasta la orilla uruguaya. Fueron minutos de tensión extrema. Al llegar a la otra orilla, el pescador le apretó la mano y le dijo: "Ahora todo depende de usted. Métale pata para aquel lado y no corra. Vaya ligero pero no corra porque hay muchas fieras sueltas que lo pueden atacar. Después de una hora de travesía, su meta será llegar hasta el camino de tierra que se topará justo enfrente de sus narices. Siga esa ruta y finalmente llegará a Paysandú. Allí podrá relajarse y descansar. Bienvenido al Uruguay y que tenga buena suerte." Suárez Mason caminó solo en la noche clara. Llegó a una chacra, los perros ladraron y un hombre mayor lo recibió con calma: "Quédese tranquilo, muchacho, ya sabemos todo lo que pasa en Buenos Aires y ya han venido huyendo muchos militares como usted." Al día siguiente, un policía en sulky lo llevó hasta el pueblo de Paysandú, donde el comisario ya lo esperaba. El jefe del batallón de Infantería uruguayo lo recibió con todos sus oficiales. Le dieron de comer, le consiguieron pasajes y ese mismo día tomó el ómnibus a Montevideo, llegando hasta el Ministerio del Interior donde el ministro Guichón lo recibió personalmente y lo alojó en el Colegio Militar uruguayo. El exilio en Uruguay: cuatro años y un hijo El exilio duró cuatro años. Primero en Treinta y Tres, luego en Montevideo, y finalmente en Paysandú, donde la familia Suárez Mason se radicó definitivamente durante la mayor parte del exilio. Allí el general consiguió trabajo en el transporte de combustible para ANCAP (Asociación Nacional de Combustibles, Alcoholes y Pórtland), conduciéndolo él mismo en camiones por todo el territorio oriental. Su esposa llegó a Montevideo en diciembre, embarazada de su tercer hijo. Los niños Gloria y Carlitos venían con ella. En el exilio, el tercer hijo nacería el libro no precisa el lugar y el cuarto hijo, el último, nacería en Paysandú. Este último resultó ser ciudadano uruguayo de nacimiento. "Para mí, Uruguay es como una segunda patria. Como será, que mi hijo más chico, el cuarto, es uruguayo: nació en Paysandú. Él fue el último que tuvimos y nos salió 'yorugua'." En sus propias palabras, los uruguayos los trataban "bárbaro" porque también repudiaban a Perón. Los refugiados argentinos eran recibidos como héroes. En el texto del libro se menciona que entre los exiliados militares y políticos que compartieron ese destino con Suárez Mason estuvieron el brigadier Osvaldo Cacciatore, el excanciller radical Miguel Ángel Zabala Ortiz, el embajador Guillermo de la Plaza y el profesor Américo Ghioldi. Un grupo de intelectuales y militares antiperonistas que desde el Río de la Plata oriental esperaban el fin del régimen peronista. Suárez Mason se reincorporó al Ejército argentino tras la caída de Perón en 1955. La deuda de gratitud con Carlos Perette nunca se olvidó: el libro lo documenta en más de una página y el propio general lo menciona cuando habla de sus amigos políticos radicales. Amigos civiles y militares: la red de vínculos El libro de Sammartino revela que Suárez Mason cultivó a lo largo de su vida una red de vínculos políticos principalmente radicales, forjada en gran parte durante su exilio uruguayo. En una conversación con el autor, el general presume de sus amistades: "Siempre me llevé bien con los radicales, conocí a muchos de ellos y fui muy amigo de Balbín y también de Perette." El vínculo con Ricardo Balbín, líder histórico de la UCR, y con Carlos Perette forma la columna vertebral de sus amistades civiles. No es un dato menor: un general que durante la dictadura del 76 fue el jefe del I Cuerpo de Ejército y el responsable máximo de más de sesenta centros de detención y tortura, cultivó simultáneamente relaciones con dirigentes de la oposición democrática. El libro también registra que durante la dictadura, a diferencia de otros políticos que visitaban el despacho del general para pedir favores, Carlos Perette era uno de los pocos que preguntaba abiertamente por personas desaparecidas: "Solo algunos preguntaban, como el doctor Carlos Perette, que se preocupaba por sus amigos." Entre los compañeros militares en el exilio uruguayo, el libro menciona al veterano teniente coronel Atilio Catáneo, político radical y diputado nacional, quien trabajó como cobrador en la fábrica de aceites El Torero de Montevideo. Junto a un tío de Suárez Mason también exiliado aunque llegado dos meses después conformaron el núcleo de camaradas con quienes el general compartió los años más difíciles del destierro. El general Ramón Camps: cadena de mando y crímenes compartidos El nombre del paranaense Ramón Juan Alberto Camps aparece varias veces en el libro de Sammartino, siempre en el mismo marco: el de la relación jerárquica directa con Suárez Mason. Camps fue jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires durante la dictadura, y como tal recibía órdenes del jefe del I Cuerpo de Ejército, cargo que ocupaba precisamente Suárez Mason. El libro ilustra esta relación de mando con el caso del periodista y editor Jacobo Timerman. Timerman fue detenido y sometido a sesiones de tortura bajo el mando de Camps. El autor reproduce en el texto un fragmento del propio Timerman describiendo cómo Camps lo amenazó de muerte al llegar vendado a un despacho, y cómo al quitarle la venda vio que era el coronel Camps quien lo observaba, afirmando que su vida dependía de lo que respondiera. El libro establece con claridad: "El mando directo del entonces jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, de quien recibía órdenes, era precisamente Guillermo Suárez Mason que, como jefe del I Cuerpo de Ejército, no solo fue el responsable máximo del plan de represión ilegal, sino que bajo su jurisdicción operaron más de sesenta centros de detención y tortura." Cuando el propio Sammartino le pregunta a Suárez Mason por qué odiaba tanto a Timerman, la respuesta condensa toda la ideología represiva de ese esquema de mando: "Por ser judío, comunista y también periodista." En otro pasaje, el exgeneral Juan Bautista Sasiaiñ jefe de la X Brigada de Infantería Mecanizada y subordinado también de Suárez Mason declaró ante el juez Bagnasco que sobre "toda esa zona y lugares operaba la policía de la provincia de Buenos Aires cuyo jefe era el general Camps, que dependía directamente del comando del I Cuerpo de la Zona 1" es decir, de Suárez Mason. La declaración de Sasiaiñ se dio en el contexto de la causa por robo sistemático de bebés, en la que el exgeneral señaló a Suárez Mason y a Camps como involucrados. El destino judicial de ambos corrió en paralelo. Ramón Camps y Suárez Mason fueron indultados en la misma tanda de decretos de diciembre de 1990 firmados por el presidente Carlos Menem. A través del Decreto 2741/90, se indultó a exmiembros de las juntas y a los militares condenados por crímenes de lesa humanidad. El libro precisa: "La resolución indultó también a los militares condenados por crímenes de lesa humanidad: Ramón Camps y Ovidio Riccheri." Suárez Mason fue indultado por separado, a través del Decreto 2746/90. La vinculación con Entre Ríos en el caso de Camps es indirecta: la relación de ambos generales no pasó por la provincia, sino por la jurisdicción del I Cuerpo de Ejército en el área metropolitana bonaerense. Sin embargo, el nombre de Camps es inseparable del de Suárez Mason en cualquier análisis de la cadena represiva de la dictadura. Monseñor Adolfo Tortolo: la iglesia al servicio del poder El nombre de monseñor Adolfo Servando Tortolo, vicario castrense de las Fuerzas Armadas durante la dictadura, aparece en el libro de Sammartino en dos episodios de enorme gravedad histórica, aunque ninguno de ellos documenta una relación personal directa y explícita con Suárez Mason. El primero remite a la masacre de los curas palotinos en la iglesia de San Patricio, en julio de 1976. El periodista Mariano Grondona fue secuestrado junto a su esposa, amenazado, y finalmente liberado con un mensaje para la jerarquía católica: si seguían tolerando a sacerdotes de izquierda, "proseguirían los episodios como el de los palotinos". Al ser liberado, Grondona comunicó inmediatamente la amenaza al nuncio apostólico Pío Laghi y al vicario castrense, monseñor Adolfo Tortolo. La institución eclesiástica quedó así notificada por sus propias líneas internas. El segundo episodio, aún más revelador de la complicidad institucional de Tortolo con el poder militar, ocurrió antes del golpe: el 29 de diciembre de 1975, fue Tortolo quien viajó en privado a reunirse con la presidenta Isabel Perón, en nombre de los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, para transmitirle el mensaje de que debía renunciar. "Fue el vicario castrense, monseñor Adolfo Tortolo, el emisario responsable de reunirse en privado con Isabel Perón el 29 de diciembre de 1975 y transmitirle, en nombre de los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, el mensaje para que presentara la renuncia." La relación de Tortolo con Suárez Mason no está documentada en el libro como un vínculo personal y directo. Sin embargo, la arquitectura institucional la hace inevitable: Tortolo era el responsable eclesiástico de las Fuerzas Armadas, y Suárez Mason era el jefe del I Cuerpo de Ejército uno de los comandos más poderosos del aparato represivo. Ambos integraban el mismo sistema de poder, con una Iglesia que, en la figura del vicario castrense, legitimaba teológicamente la represión mientras los generales la ejecutaban físicamente. Tortolo era oriundo de la provincia de Buenos Aires y fue arzobispo de Paraná entre 1957 y 1986, además de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina durante los años de la dictadura. Su figura está profundamente ligada a la historia política y eclesiástica de la provincia. El libro no explora esa dimensión entrerriana, pero el dato refuerza la trama de relaciones entre el poder militar y el poder eclesiástico en la provincia. El libro Si lo contás, te mato confirma lo que la historia provincial había esbozado en fragmentos dispersos: Entre Ríos no fue un escenario secundario en la vida de Carlos Guillermo Suárez Mason. Fue en Paraná donde el general forjó su vida familiar, donde se casó y tuvo a su primera hija. Fue a través de Entre Ríos y gracias a la generosidad valiente de la familia Perette que pudo escapar hacia el exilio cuando la dictadura peronista lo buscaba para encarcelarlo. Y fue en Paysandú, ciudad oriental que mira hacia el litoral entrerriano, donde pasó los años más decisivos de su exilio y donde nació su hijo uruguayo. El libro también permite trazar, con la crudeza que le otorga la voz del propio general, las conexiones de mando con Ramón Camps y la complicidad institucional con el vicario Tortolo. Son piezas de un rompecabezas que la investigación histórica y judicial ha ido reconstruyendo con décadas de trabajo. Sammartino lo pone en palabras del propio perpetrador, y eso hace de este libro un documento tan valioso como perturbador.
Ver noticia original