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  • El día en que Linares Cardozo fue pasando hacia el encuentro con la dulce, infinita guitarra madre de la noche estrellada

    Chajari » Chajari al dia

    Fecha: 16/02/2026 12:53

    Corría el año 1996. Más precisamente el mes de febrero. Muchos esperábamos una noticia que no queríamos que llegue. Pero la vida, inexorable, puso el punto final a los días de un hombre mayúsculo, imprescindible para la entrerrianía: Linares Cardozo. Era el 16 de febrero de 1996. Tenía 75 años. Esa noche, en la Fiesta de la Artesanía de Colón, con Roberto Romani, al comienzo del espectáculo programado, recordamos la figura y la obra de Don Linares Cardozo. Lo hicimos ante el silencio respetuoso de los presentes, conociendo perfectamente la magnitud de la figura que había emprendido el último viaje. En ocasiones, el público rompía en aplausos para homenajear al artista. Una anécdota: esa noche, el primer músico en subir al escenario fue Jaime Torres, notable charanguista, músico y defensor de lo nuestro. Comenzó a tocar y, a poco, se detuvo. Se dirigió a los presentes visiblemente emocionado. No sabía que ese día había fallecido el autor de Canción de cuna costera y tantos otros temas. Con los ojos brillantes, destacó la importancia del artista entrerriano nacido en La Paz. Creo que eso fue una clara demostración de la importancia lograda Linares Cardozo. Tras el recuerdo, Jaime Torres, el artista del charango, volvió a empuñar su instrumento, acariciándolo para que surjan, cual rezo al Universo todo, notas que, seguramente, envolvieron un momento de altísima emoción. Linares Cardozo. No podemos dejar de mencionarlo cuando hablamos de la identidad entrerriana. Este hombre, que naciera en La Paz el 29 de octubre 1920, se llamaba en realidad Rubén Manuel Martínez Solís. Se afirma que tomó su nombre artístico de un trabajador rural que era capataz en el campo de su tío Manuel. Luis Horacio Chino Martínez, artista entrerriano de inmensa valía, lapaceño como Don Linares, amigo de él además, contaba que el propio Linares indicó en una carta que le enviara a Carlos Mange Casís, que el paisano, capataz de la estancia de su tío Manuel se llamaba Linares Cardozo, y de él, tomó su nombre artístico. Sin embargo, sus amigos de la infancia contaban que el paisano se llamaba Linares Puig. De él, toma el nombre, y Cardozo, lo toma de un paraguayo, amigo de sus padres, buen musiquero. Chino Martínez dice también que la carta está, de la misma manera que están las palabras de quienes fueran sus amigos. Lo cierto es que Linares Cardozo logró plasmar en su expresión artística, no sólo una puesta de entrerrianía, sino que se transformó en un verdadero pilar de ella. Creció entre peones y pescadores y con ellos aprendió a mirar el paisaje más allá de lo que puede mostrar una postal. Vegetación, agua, sonidos, cantos de aves, principios de vida fueron haciendo de ese adolescente un hombre de fina sensibilidad, abandonando luego sus nombres y apellidos, Rubén Manuel Martínez Solís, para adoptar definitivamente su nombre artístico: Linares Cardozo. Fue compositor, cantante y guitarrista, poeta, pintor, recopilador y educador. Mostró con su arte el mundo cotidiano del hombre de campo, del paisaje en que éste se mueve, de las vicisitudes que soporta. En suma, hace que lo entrerriano se transforme en una muestra universal, y lo hizo con la sencillez y claridad con las que vivió cada uno de sus días. Sin dudas con influencias yupanquianas, Linares Cardozo realizó la ardua tarea no sólo de pintar su comarca, sino de rescatar expresiones culturales propias de la región. Y es por eso que exploró, recopiló, difundió y con ello preservó la música y la forma de ser de esta región de Sudamérica. Cuando se menciona a Linares Cardozo se lo asocia a la chamarrita, pero otros ritmos musicales también se encienden en su obra. Así es que su tema más conocido es Canción de cuna costera. Este tema dio la vuelta al mundo en las voces de Los Fronterizos, a quienes les fuera dado a conocer en casa del poeta Polo Martínez, entonado por su hijo, Miguel El Zurdo Martínez, según nos contara alguna vez este último. La canción, como se sabe, se inspiró en Dominga Almada, habitante de Puerto Sánchez. A esta canción se suman muchos otros títulos como Peoncito de estancia, Como los pájaros, El alzao, Soy entrerriano considerado como himno popular de los entrerrianos, Coplas felicianeras y muchísimos más de diversos ritmos además de la chamarrita, como lo son el chamamé, el valseado, la milonga, el estilo, el rasguido doble, el vals, el tanguito montielero, el carancho cupé y la chacarera estirada o canción entrerriana. A su extensa obra musical debemos sumar sus pinturas, en las que dejara plasmada para siempre su visión del paisaje que le fuera propio y de la gente natural de la provincia. Asimismo, dejó dos libros fundamentales y que tendrían que ser de lectura obligatoria: El caballo pintado y la paloma y Júbilo de esperanza. Se jubiló como profesor en la escuela de Artes Visuales de Paraná, ciudad en la que falleció el 16 de febrero de 1996. Tal él lo decidiera, sus restos descansan en el cementerio de su pueblo natal, a la sombra de un timbó con vista al río. Simplemente regresó a su lugar de origen. En su homenaje, la fecha de su nacimiento fue tomada para instituir el Día de la Chamarrita. Poco antes de emprender su vuelo final, Don Linares hizo conocer a Carlos Mange Casís un poema que fue una despedida. Lo tituló Desprendimiento. Guitarra, es tiempo de partir. Mis manos se aquietaron entre un manso crepúsculo. Los dedos ya no pueden agitar en armonía tu aljibe iluminado. Presiente el ser; una música cósmica, el eterno sonido de la inmensa guitarra de cuerdas estelares. Asombrado del despedido vuelo, escapando del lastre que impusiera un destino probatorio de valores, allá voy, aligerado, hacia la profunda guitarra de la noche. La zafadura deja atrás quemándose los restos de ese negocio existencial que pesa. Desde la altura se desdibuja un muchacho costero bordeando su arroyuelo; los ríos del diario amor, con su agua bienhechora, y el diálogo final de barcas descansadas. Sorprendido, el suindá alerta con el último chistido, porque yo voy pasando, en suave elevación hacia el encuentro con la dulce, infinita guitarra madre de la noche estrellada.

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