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Fecha: 16/02/2026 05:50
27 de junio de 2010. La familia Hetfield- Foley festeja el cumpleaños de su hijo mayor Tim. Cumple 20 años. Almuerzan en uno de los mejores restaurantes de Cambridge, brindan con un champagne caro, comen rico, se ríen. Vuelven a su casa para terminar de preparar todo para la fiesta de la noche. De pronto escuchan fuerte golpes en la puerta, algún grito ininteligible. Alex, el hijo menor de 16, cree que son los amigos del hermano que lo vienen a felicitar, una de esas bromas ruidosas de jóvenes. Hasta que la puerta se abre de manera abrupta. Alguien la rompió de una patada. En un segundo todo se vuelve confuso, impreciso. Hay corridas, gritos, órdenes, golpes, muebles volcados. Ingresan casi veinte hombres con uniformes y chalecos antibalas. Están armados. Son agentes del FBI. Cuando Alex se repone de la sorpresa y entiende que el FBI ha invadido su casa, piensa que se equivocaron de dirección. Uno de los agentes lo aparta con amabilidad. Le pide que se quede sentado en una silla. Él no opone resistencia. No parece tener miedo, lo domina la perplejidad. Del otro lado de la mesa, ve a su hermano mayor también sentado. Busca con la mirada a sus padres. Ann Foley, su madre, está tirada en el piso, boca abajo, esposada. Cuando quiere decir algo le gritan que debe permanecer callada. Ella de todas maneras le habla a sus hijos, se esfuerza para que la voz le salga serena: Tranquilos chicos, vamos a estar bien. Al padre, Donald Heathfield, lo descubre en la cocina. También está en el piso esposado; uno de los agentes tiene puesta una rodilla en su espalda. Primero se llevan a la mujer; luego, al hombre. Consiguieron que no hablen entre ellos. En la casa quedan sólo los dos chicos y una decena de agentes que revisa cada rincón y va llenando cajas con papeles, carpetas, computadoras y algunos otros implementos tecnológicos que requisan. Se habla poco. Alguna orden de un superior o la pregunta de ¿Esto también lo llevamos? de algún agente. Hasta que Alex se pone de pie y se acerca al hombre que comanda el operativo. Trata de disuadirlo de que están cometiendo un error, de que se equivocaron de casa. El hombre lo mira y de a poco la dureza se va de sus gestos. Con cierta compasión le dice: Estamos investigando una red de espías rusos en Estados Unidos. Seguro, en un rato, alguien te va a informar mejor. Ann Foley y Donald Hetfield no se llamaban así. Sus verdaderos nombres eran Elena Stanislavovna Vavilova y Andrey Bezrukov. Tampoco eran canadienses nacidos en Montreal tal como decían sus documentos y como creían sus dos hijos. Eran espías rusos infiltrados en Estados Unidos desde hacía más de dos décadas. Ese día de junio de 2010 se realizaron otros operativos y detenciones simultáneas en distintas ciudades norteamericanas. La noticia provocó una gran conmoción. Una red de espionaje desbaratada de rusos que habían logrado mimetizarse de manera casi perfecta con el American Way of Life. Más que una noticia, más que una historia real, parecía un capítulo de una novela de John Le Carré, el maestro de las novelas de espionaje. Tanto es así que cuando los creadores de The Americans, la serie que se inspiró en Foley y Heathfield, no situó a sus personajes en el Siglo XXI sino en medio de la Guerra Fría y su tensión siempre a punto de explotar. El plan Elena y Andrey se habían conocido a principios de la década del 80 en Tomsk, una ciudad de la región de Siberia. Estudiaban historia en la universidad. Se enamoraron y se pusieron de novios. Una tarde, al salir de clases, un hombre se acercó a ellos. Tenía anteojos negros, un sobretodo oscuro con las solapas levantadas, el gesto hosco. Parecía una caricatura de un agente de la KGB, pero era un agente real. Les pidió que lo acompañaran. La pareja aceptó de inmediato porque entendió la situación de manera muy veloz. No se trataba de una invitación, el hombre había emitido una orden que no admitía una negativa. Llegaron a un edificio macizo, sin gracia, una mole rústica y desnuda, soviética. Les ofrecieron sumarse a la KGB como agentes encubiertos. Los tentaron con un buen sueldo y les aseguraron que el entrenamiento les daría herramientas para realizar con probidad su tarea. Les recordaron que la traición se pagaba con la vida; y hasta dieron a entender que también, en caso de defeccionar, peligraban sus seres queridos. A partir de ese momento recibieron adiestramiento durante varios años. Más allá del uso de armas, de tácticas de ocultamiento, de elementos para codificar mensajes, una de las enseñanzas más importantes era la del idioma. Debían aprender a hablar inglés como un nativo, eliminar de su acento la dureza metálica del ruso. Debían convertirse en norteamericanos en su aspecto, en su cultura, en su habla. En medio del entrenamiento se casaron. En 1987 viajaron a Canadá de manera separada. Se radicaron en Montreal. Adoptaron la identidad de dos personas que habían muerto hacía muchos años al poco tiempo de nacer, gente que tendría la edad de ellos en ese momento. Se anotaron en la universidad y buscaron trabajo. Simularon conocerse allí mientras cursaban y enamorarse. Se volvieron a casar ahora ante la ley norteamericana. De a poco se introdujeron en sus nuevas vidas. Tuvieron hijos, hicieron amigos, progresaron en sus trabajos, día a día espiaron para la Unión Soviética. Hasta que el imperio colapsó y el gigante implosionó en decena de naciones. La Guerra Fría parecía haber terminado con la caída de la Unión Soviética y la pareja de espías parecía haberse quedado sin trabajo. Nadie les daba órdenes, nadie requería sus informes, nadie los protegía y ni los abastecía. Habían quedado aislados, desguarnecidos, olvidados. Había dos tipos de espías soviéticos (y luego rusos). Los Legales eran los que tenían trabajos oficiales en embajadas, consulados, empresas rusas; no ocultaban su origen, utilizaban su verdadero nombre y hablaban sin camuflar su acento. Los Ilegales eran, como el matrimonio Foley-Heathfield, rusos camuflados en Estados Unidos o Canadá que se apropiaban de una identidad que no era la de ellos, que actuaban todo el tiempo clandestinamente y que si sucedía algo quedaban librados a su suerte. Los Legales siempre tenían la posibilidad de guarecerse tras la inmunidad diplomática. Leé también: De carpinteros y plomeros a asesinos en masa: el dilema del Batallón 101 en la Alemania nazi Este mes se publicó en el país Los Ilegales (Salamandra) de Shaun Walker, una monumental investigación sobre el espionaje soviético-ruso en Estados Unidos. Un tratado de historias reales de espionaje que cubre más de un siglo. Walker es uno de los pocos que pudo entrevistarse con Ann Foley/Elena Stanislavovna Vavilova y toda su familia. Volvamos a la historia de la pareja Foley. Heathfield o Vavilova-Bezrukov. Después de Montreal, la familia se radicó en Boston, donde Heathfield comenzó a dar clases en Harvard. Mientras tanto abrió por su cuenta una consultora de negocios a la que le fue muy bien. Ann era, según se definió ella misma tiempo después, una Soccer Mom, una madre que se encargaba de la crianza de sus hijos, que los llevaba a las actividades extra escolares, que se encargaba de poner la casa en funcionamiento mientras el marido trabajaba afuera. Lo que nadie sabía era que por las noches, Ann bajaba al sótano de su casa y se pasaba horas encriptando mensajes para mandar a Moscú y decodificando los que les enviaban a ellos. Nadie conocía su doble condición. Ni sus padres y tíos que habían quedado en Siberia ni sus hijos que vivían convencidos de que eran una familia canadiense como tantas otras. En su casa nunca se hablaba de Rusia y jamás hablaron en ruso delante de sus hijos; los chicos desconocían que sus padres hablaban ese idioma. A principios del nuevo siglo, el SVR (Servicio de Inteligencia Exterior ruso) los volvió a contactar y su condición de espías renació, fueron reactivados. Donald Heathfield seguía creciendo en su trabajo. Se compraron una casa de tres pisos y vivían totalmente integrados a la sociedad. Vladimir Putin, con pasado como agente de la KGB, tenía mucho interés en el programa de espionaje, lo fomentaba y pedía a sus funcionarios que lo tuvieran al tanto de todo lo que ocurría. Más allá de la información por conseguir, lo subyugaba la humillación que significaba para su rival que les implantaran agentes en sus entrañas. Mientras tanto el FBI, que durante años sintió que perseguía fantasmas, (sabían que eran altas las chances de que tuvieran agentes rusos en su país pero no podían dar con ninguno de ellos) dio un paso fundamental. Consiguió que Aleksandr Poteyev pasara a sus filas y se convirtiera en un doble agente. Poteyev era un funcionario de alto rango en el SVR y develó la identidad y ubicación de 11 agentes rusos infiltrados en Estados Unidos bajo la apariencia de ser ciudadanos norteamericanos. Tanto el FBI como la CIA al principio del seguimiento no creían que esas familias fueran rusas. La investigación fue profusa. Pusieron micrófonos en sus trabajos y casas, revisaron sus cajas fuertes mientras ellos no estaban, revolvieron su basura, intervinieron los teléfonos, escucharon conversaciones de sus hijos con los amigos, rastrearon todos sus contactos y actividades financieras. Los atentados del 11 de septiembre hicieron que la persecución de los espías rusos dejara de ser prioridad, se reasignaron recursos y agentes. Un par de años después volvieron a ser puestos en la mira. Poteyev seguía ascendiendo en el servicio secreto ruso y actualizaba la información mes a mes. Con esos datos cada paso de los espías era seguido y hasta anticipado. En 2008, las más altas autoridades del FBI y la CIA tuvieron una reunión con Barack Obama. Le informaron al presidente, por primera vez, lo que habían descubierto y le dijeron que estaban en condiciones de detenerlos a todos en simultáneo. En pocos meses el presidente ruso Dimitry Medvedev visitaría Estados Unidos en gira oficial en un tiempo en el que las relaciones entre ambos países mostraban un acercamiento. Obama pidió que para no complicar esos avances diplomáticos la operación de desguace de la red se postergara. Si bien Foley y Hetfield estaban totalmente integrados y era muy difícil descubrir su origen ruso, otros de los integrantes del programa, en cambio, eran menos hábiles, se movían con más torpeza y dejaban sus huellas marcadas en varias de las operaciones. Leé también: Lo recibían con sonrisas y él los mataba: el médico que se convirtió en el mayor asesino serial de Inglaterra Recién en junio de 2010 se decidió detener a los espías rusos. Operativos simultáneos que provocaron un cimbronazo. Todos fueron puestos en prisión y permanecieron mucho tiempo incomunicados. Los hijos de la pareja Foley- Heathfield fueron informados en ese momento de la verdadera identidad de sus padres. A las pocas semanas viajaron a París desde donde agentes rusos los llevaron a Moscú mientras los chicos trataban de salir del estado de azoramiento. Allí les presentaron a una mujer anciana. Les dijeron que era su abuela. No pudieron comunicarse porque ella no hablaba inglés y los jóvenes no entendían ni una palabra en ruso. Unos meses después hubo intercambio de detenidos. Estados Unidos liberó a los once espías a cambio de cuatro disidentes rusos detenidos en Moscú. Al volver a Rusia, los espías recuperaron su verdadera identidad. Fueron recibidos como héroes, condecorados y la mayoría fue nombrada en puestos ejecutivos en empresas estatales rusas. Un reconocimiento a su labor en el extranjero, una acomodada jubilación anticipada. Los hijos de Ann y Donald (o de Andrey y Elena) fueron despojados de la ciudadanía canadiense. Pero accionaron ante los tribunales de Montreal para recuperarla. Alegaron que ellos no eran responsables de las acciones de sus padres, que ellos habían nacido en tierra canadiense y vivido allí varios años. El juez les dio la razón y restituyó la ciudadanía. Aleksandr Poteyev escapó a Ucrania días antes de las detenciones. Allí fue rescatado por miembros de la CIA y trasladado a Estados Unidos donde residió hasta su muerte. Fue protegido por el estado, tuvo un buen pasar económico y votaba por los republicanos en cada una de las elecciones. De todas maneras, su vida posterior no fue tranquila. Tenía custodia permanente y se movía con muchísima cautela. Putin había puesto precio a su cabeza y, hace poco, se supo que pagó varias expediciones a Estados Unidos para que sicarios rusos mataran a Poteyev, el traidor. Una historia real que inspiró una gran serie. Una gran historia de espías.
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