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» TN
Fecha: 14/02/2026 06:17
Me llamo Stella. Soy la señora de Mario y tenemos 55 años de casados. Ella sonríe cuando hace la cuenta. A eso sumale siete de novios. Son muchos. Pero estamos juntos desde siempre, dice la mujer a TN. En el comedor luminoso del hogar, se toman de la mano. Él la mira. A veces no encuentra las palabras. Ella sí. Y cuando faltan, alcanza con el gesto. La historia empezó como empiezan muchas historias: con una vuelta de más en la moto. Él buscaba siempre mi mirada, dice Stella, divertida: Pasaba por la puerta de casa. Era la vueltita que me hacía. Yo saludaba al amigo, pero a él no lo conocía. Leé también: Se recuperó de un cáncer terminal, le amputaron una pierna y ahora se prepara para cruzar los Andes Mario la siguió hasta los partidos de básquet intercolegiales. Después, hasta la peña donde ella daba clases. Stella era joven, profesora de folclore, y él se anotó como alumno. Al principio era uno más. Pero fue tan persistente que empezó a invitarme a salir. En esa época era encontrarnos en la plaza para dar una vueltita. Bailaron en festivales, en clubes de barrio; en cuanto escenario hubiera. Él siempre estaba. Acompañando. Mirándola. Esperando su momento. Se me declaró en un baile, recuerda Stella. Yo lo hice esperar una semana para darle la respuesta. Pero ya sabía que iba a decir que sí. Él me gustaba porque era muy atento. Venía a casa con una flor robada de algún jardín y esa rebeldía y esos detalles me fueron conquistando. Se pusieron de novios en serio a los 18 años. Se casaron después de siete años. Tuvieron tres hijos. La mayor murió hace poco, por una enfermedad dura que todavía duele en la voz de Stella. Tienen nietos. Muchos. Siempre fuimos muy familieros. Vacaciones juntos, todo juntos. La vida tuvo altibajos, como todas. Discutimos un montón de veces. Pero jamás en voz alta. Mario jamás tuvo una actitud fuerte conmigo. Es muy respetuoso, dice ella. Y enseguida se ríe: Yo soy más gritona. Hace cuatro años Mario fue al médico y llegó el diagnóstico: Parkinson. Hubo síntomas que no detectamos enseguida. Y después ya no lo podía atender sola, explica Stella. Leé también: Tiene 89 años, es profesora de inglés jubilada y vende sillitas de muñecas en la calle para llegar a fin de mes Primero intentó en casa, en Zárate, con ayuda. Después, los hijos propusieron buscar un lugar donde estuvieran cuidados. La hija menor, que vive en Capital, encontró el hogar Manantial. Yo le dije: yo me voy con él, cuenta Stella. Y en esa frase se condensa todo: Yo lo acompaño. La decisión no fue sencilla. Implicó dejar su ciudad, su casa, sus rutinas. Pero no hubo dudas. Nosotros vamos a estar juntos siempre, le había dicho años atrás. Y ahora tocaba cumplir. Yo no lo quiero dejar solo, dice firme. En el hogar, Stella puede salir, hacer mandados o dar una vuelta mientras él participa de actividades. Pero hay algo que no negocia: Si él está solo en la habitación, yo no lo dejo, no voy a ningún lado. Mario no habla mucho. Pero la busca con la mirada. La sigue. Le toma la mano. Él continuamente me está tomando de la mano. Si yo me quedo en mi habitación, él pide venir conmigo. Eso es compañerismo. Y es amor. El amor está siempre. La gerontóloga Natalia Godoy, que los acompaña en el día a día, observa ese vínculo con admiración. El amor en la vejez no desaparece, se transforma, explica. A veces deja de expresarse con grandes gestos y se vuelve más sutil: una mano que aprieta, una mirada que busca. En el caso de Stella y Mario, lo que vemos es una historia de apego seguro, de respeto construido durante décadas. Para Natalia, las parejas que llegan juntas a un hogar enfrentan un desafío enorme. El ingreso implica duelos: por la casa, por la autonomía, por la salud. Pero cuando hay un vínculo sólido, ese tránsito es más amoroso. Stella no vino solo a cuidar a Mario; vino a sostener la identidad de ambos como pareja. Leé también: Perdió a su papá en un robo, vivió en hogares y lo devolvieron en pleno proceso de adopción: la historia de Leo En un ejercicio tan simple como íntimo, los enamorados se miran a los ojos. Stella le toma los hombros a Mario. Vos sabés que yo te amo mucho, te quiero mucho. ¿Vos me querés?. Mario responde bajito. Asiente. La mira. No hace falta más. Hay alguien en el cielo que está muy orgullosa de ustedes, dice alguien en la sala, pensando en la hija que ya no está. Stella se emociona. Las lágrimas no son solo tristeza: también son memoria compartida. Natalia vuelve sobre esa escena: En la vejez, el amor también es memoria. Cuando uno de los dos empieza a olvidar, el otro recuerda por ambos. Y ahí hay un acto profundamente amoroso. En tiempos donde el amor suele medirse en fotos perfectas o gestos grandilocuentes, la historia de Stella y Mario habla de otra cosa: de persistencia, respeto y de la decisión cotidiana de quedarse. Él fue a la peña para conocerla y aprender a bailar. Ella vino al hogar para acompañarlo en la enfermedad. El círculo se cerró, pero no se agotó. Mientras podamos estar juntos, vamos a estar juntos, dice Stella. Y le aprieta la mano a su marido. En el comedor del geriátrico, entre mates tibios y sillas acomodadas al sol de la tarde, el amor tiene 62 años de historia, respira lento y sigue. Marta y Jorge: El amor es como respirar, y a veces se parece mucho a una charla Marta Delia se presenta con picardía. Tengo 83, dice, y enseguida dispara una frase que suena a manifiesto: Yo soy feliz. Vienen mis hijos y me dicen: ¿Cómo estás mamá? ¿Necesitás algo? No, déjenme en paz, responde. Se ríe, pero en el remate se escucha algo serio: la felicidad también puede ser un derecho conquistado. Jorge Esteban tiene 89 y una curiosidad intacta. Cuando decidí venir acá, decidí cambiar de vida, cuenta. Por naturaleza soy curioso. Nunca había dibujado ni en el secundario, pero se anotó en el taller de arte, en pintura, y en uno que mezcla arte y meditación, donde aprenden a respirar, a concentrarse y a crear. Leé también: Fue estafado con los pasajes, pero sacó un crédito y viajó igual para que su mamá de 90 años conozca a sus nietos No se definen como pareja. Ni falta que hace. Entre ellos hay otra forma de afecto que también merece un lugar en una nota de San Valentín: la amistad con brillo propio, esa complicidad que nace de compartir el mismo comedor, los mismos talleres, las mismas bromas chiquitas en el patio. Es una vivencia conjunta, dice Marta y agrega: No estás nunca solo. Siempre están los amigos. Con algunos tenés más confianza, con otros, menos. Natalia Godoy lo explica desde la gerontología, la ciencia que estudia a la vejez: Una persona que se siente querida, escuchada, respetada y acompañada come mejor, duerme mejor, sociabiliza mejor, participa más. Estos vínculos funcionan como un factor protector: disminuyen la depresión y le dan sentido a la vida. En Marta y Jorge, ese factor protector se nota en escena: él es un caballero que elogia sin empujar, que admira sin invadir. Marta es muy linda y tiene un peinado hermoso, le suelta, como quien deja una flor en la mesa y se va. Ella no se hace la desentendida: reconoce lo que valora. Todo el mundo se lleva bien con él. Es una persona muy querida, dice. Se permiten halagos, canciones y humor. Jorge dice que Marta tiene un repertorio muy amplio y ella improvisa un pedacito de canción de amor como si el patio fuera un escenario. Cuando les preguntan qué es el amor, la respuesta sale sin solemnidad, pero con peso. Marta lo define como una manera de querer, pero con otros instintos: atracción querer tener en abrazo a la otra persona. Jorge, en cambio, lo vuelve fisiología: Para mí el amor es como respirar, como las pulsaciones del corazón. Algo natural. Ella es viuda y lo dice sin vueltas: Yo no puedo querer de esa forma a otro hombre. Él también viene de una historia larga: conoció a su esposa joven, trabajaron juntos, compartieron la vida hasta su muerte. Por eso, cuando les preguntan si están abiertos a enamorarse de nuevo, la respuesta es adulta: hay deseo de vínculo, pero también límites, exigencias, memoria. Estoy dispuesto a volver a enamorarme pero el tiempo nos hace más selectivos, dice Jorge. Marta acompaña, suave: Hablar de amor es importante. Y sin embargo no hay derrota. Hay calma. Hay un tipo de amor que no se vende en cajas de bombones: el que aparece cuando te sentís cómodo al lado de alguien. Me siento protegida desde que vine acá, dice Marta. Y en esa frase cabe todo: la institución como hogar y los vínculos como red. Natalia lo resume desde la trinchera cotidiana: Trabajamos con humanidad, porque el servicio que brindamos es de humanos para humanos. No solo damos: recibimos un montón. La labor de todos los días se refleja en sonrisas sinceras, en abrazos y quienes no pueden expresarse, te lo demuestran con una mirada. En el universo de Marta y Jorge, el amor no necesariamente se llama pareja. A veces se llama conversación, talleres, respeto o, sencillamente, un elogio en el tiempo justo.
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