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» TN
Fecha: 14/02/2026 06:02
La culminación del relato sobre la guerra contra el Imperio del Brasil nos obliga a retroceder en el tiempo histórico. Una vez terminado el recorrido por las campañas navales de la escuadra argentina que, al mando del almirante Guillermo Brown, tuvieron avatares tales como las grandes victorias de Juncal y de Los Pozos, así como derrotas honrosas, entre ellas Santiago, episodios conmemorados en esta nota. En estos artículos anteriores, dedicados a la primera guerra internacional que libraron las llamadas Provincias Unidas de la República Argentina, se buscó desentrañar cada aspecto de los antecedentes que llevaron a esta conflagración, bastante ignorada en el gran relato histórico nacional. Por eso es necesario abordar la campaña militar del Ejército Argentino, la primera en que las fuerzas terrestres del país llevaron ese nombre, bajo el mando del general Carlos de Alvear. Esta figura es objeto de polémicas por sus diversas posiciones políticas y diplomáticas a lo largo de sus cuarenta años al servicio de la Nación y que, sin duda, merece estudiarse más profundamente, eliminando los prejuicios establecidos. Los primeros combates en el territorio oriental: Rincón y Sarandí Luego del desembarco comandado por el general Juan Lavalleja en la playa Agraciada, el 19 de abril de 1825, en el episodio conocido como los 33 Orientales, se fue conformando una fuerza militar apoyada masivamente por los habitantes de los pueblos y de la campaña oriental. Esto permitió el avance de las tropas hasta Montevideo, ciudad que resultó sitiada y quedó como un reducto aislado del ejército imperial brasileño, solo abastecido por la flota invasora que mantenía el bloqueo del Río de la Plata. Leé también:Las Provincias Unidas contra el Brasil: una guerra olvidada Los acontecimientos se desarrollaron hasta que, el 24 de septiembre de 1825, en la desembocadura del río Negro en el río Uruguay, cerca de la actual Villa Soriano donde las tropas brasileñas que habían quedado fuera de Montevideo establecieron su campamento y disponían de una gran caballada, el coronel João Propício Mena Barreto y sus 700 hombres fueron atacados por una fuerza oriental de 250 hombres bajo el mando del general Fructuoso Rivera, quien durante la noche había vadeado el río, sorprendiendo a los imperiales sin prevención militar. Fue una rotunda victoria: los brasileños dejaron 150 muertos en el campo de batalla y los sobrevivientes debieron huir, abandonando 8000 caballos que serían fundamentales para los tiempos por venir. La historia recuerda este combate como batalla del Rincón o del Rincón de las Gallinas. El 12 de octubre del mismo año, a orillas del arroyo Sarandí, en el centro del territorio oriental, se enfrentaron las tropas que desde Montevideo venían al mando del general Bento Manuel Ribeiro a las que se habían sumado las que huyeron desde el Rincón de las Gallinas con los hombres acantonados del general Juan Lavalleja, comenzando una batalla que definió el abandono de la Banda Oriental por el Imperio del Brasil. Se enfrentaron más de 4000 hombres y la victoria correspondió al ejército de Lavalleja. El parte de batalla firmado por él dice: Ya no es posible que el déspota del Brasil espere de la esclavitud de esta provincia un engrandecimiento de su imperio. Los Orientales acaban de dar al mundo un testimonio indudable del aprecio en que estiman su libertad. Dos mil soldados escogidos de caballería brasilera, comandados por el coronel Bento Manuel, han sido completamente derrotados el día de ayer en la costa del Sarandí por igual fuerza de estos valientes patriotas que tuve el honor de mandar. La historia la registra como la batalla de Sarandí y, junto con la de Rincón, se las recuerda en calles céntricas de Buenos Aires. El Ejército de Observación Antes de estas batallas, y en prevención de un ataque imperial, el entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Gregorio de Las Heras, había organizado un ejército durante el mes de mayo de 1825 y ordenó su acantonamiento en la villa de la Concepción del Uruguay, bajo las órdenes del general Martín Rodríguez. Ante la amenaza imperial, el Congreso Nacional reunido en Buenos Aires decidió crear el Ejército Argentino, formado por las fuerzas nacionales y provinciales bajo ese nombre por primera vez. Vale recordar que en las guerras de la Independencia cada ejército tenía su nombre vinculado al escenario bélico: del Paraguay, de la Banda Oriental, del Alto Perú o del Norte, y de los Andes. Hay que destacar que los hombres que conformaron este nuevo ejército eran veteranos de mil batallas desde 1810 y tenían una extraordinaria formación y gran experiencia militar, algo que los brasileños no previeron al lanzar la guerra, ya que el Imperio era un país carente de experiencia militar. Ya en el cargo, el presidente Bernardino Rivadavia, quien había asumido el 8 de febrero de 1826, eligió al general Carlos de Alvear como ministro de Guerra y Marina. Para el Ejército propuso como comandante al gobernador de Córdoba, el general Juan Bautista Bustos, quien declinó la oferta y sugirió el nombre del libertador José de San Martín, ya radicado en Europa, por lo que su nombramiento no prosperó. Alvear había aprovechado el tiempo y su cargo para el equipamiento y la provisión del ejército, lo que decantó en su nombramiento como comandante del Ejército Argentino, el primero de la historia con ese nombre. Leé también:Las Provincias Unidas contra el Brasil: una guerra olvidada Alvear tomó el mando de las tropas en la ciudad oriental de Salto el 1° de septiembre de 1826. Insólitamente, el jefe anterior, Rodríguez, al ser notificado de su relevo, abandonó el mando y viajó a Buenos Aires sin esperar a Alvear. Los celos y las envidias no siempre se refieren a temas románticos. El Imperio del Brasil contaba con un ejército de 12.500 hombres bien equipados, pero sin experiencia, al mando del marqués de Barbacena. De ellos, 8500 estaban acampados en Santa Ana do Livramento, actual frontera entre Uruguay y Brasil, en prevención de un ataque republicano. Los brasileños eran principalmente infantes y no contaban con caballería, por lo que contrataron mercenarios alemanes para cubrir esa falencia. Barbacena ofreció al emperador Pedro I un plan para invadir la Mesopotamia y Santa Fe, buscando la rebelión de los caudillos federales contra el gobierno de Buenos Aires, lo que mostraba el desprecio imperial por la nacionalidad argentina que se había plasmado en las dos décadas anteriores. Al no ser autorizado, decidió mantenerse a la defensiva en su acantonamiento. La campaña de invasión al territorio imperial Siempre se ha discutido el genio militar de Alvear, más allá de las polémicas sobre su figura política. Quien esto escribe adhiere al pensamiento del gran historiador militar Isidoro Ruiz Moreno, que lo considera un gran estratega y un excelente jefe. Con el Estado Mayor del ejército conformado por una legión de coroneles héroes de la Independencia, Alvear estableció un cuerpo de inteligencia que le permitió ubicar la posición de los imperiales, quienes habían dividido sus fuerzas entre un cuerpo ubicado sobre la laguna de Merín, en la costa atlántica brasileña, para frenar cualquier ataque por el sudeste, y las tropas de Barbacena, estáticas en el centro del territorio. El comandante argentino decidió lanzar una marcha forzada rumbo a la ciudad de Bagé, ubicada en el camino hacia Porto Alegre, para impedir la unión de los cuerpos militares enemigos. La maniobra tomó por sorpresa al jefe imperial, quien decidió retroceder hacia el norte para evitar quedar aislado. Esa marcha de unos cuatrocientos cincuenta kilómetros fue un esfuerzo sobrehumano, no tanto para la caballería como para la infantería y la artillería, que arribaron extenuadas a Bagé, conformando una sólida fuerza de 8000 hombres con alto grado de preparación bélica. Sin embargo, la retirada de las tropas brasileñas fue ordenada y lograron mantener la cohesión, lo que puso a Alvear ante un desafío supremo: enfrentar una gran batalla o retroceder. Los preparativos para Ituzaingó: Bacacay y Ombú Los imperiales se parapetaron en las sierras de Río Grande do Sul, territorio que impedía a los argentinos usar plenamente la caballería. Entonces Alvear volvió a arriesgarse y salió con las tropas rumbo al oeste para bordear las sierras, obligando a los brasileños a bajar al llano. Esta decisión ha sido discutida incluso por algunos de los subordinados del jefe argentino, como los entonces coroneles José María Paz y Tomás de Iriarte en sus memorias. Barbacena ordenó fustigar a la vanguardia republicana y, el 13 de febrero de 1827, se enfrentaron las tropas al mando de Bento Manuel Ribeiro con las del coronel Juan Lavalle, quien propinó una derrota a los imperiales en la batalla de Bacacay. En este combate se enfrentaron unos 1200 hombres, con superioridad numérica argentina. Dos días después, el 15 de febrero, las mismas tropas argentinas, esta vez al mando del general Lucio Norberto Mansilla, enfrentaron a los brasileños a orillas del arroyo Ombú. Esta fue una derrota total para los brasileños, a pesar del desordenado ataque inicial republicano. Un capitán argentino lo explicó así: Desbandados nuestros escuadrones, tanto por el cansancio de nuestros caballos como por la pendiente del terreno, más parecía una división en completa derrota que tropa que iba a batirse con el enemigo. Sin embargo, la acción de los coroneles, que llevaron adelante las órdenes del comandante, logró revertir ese comienzo, gracias sobre todo a José de Olavarría y José Segundo Roca, padre de Julio Argentino. Cuando Mansilla estaba a punto de ordenar la retirada, Roca quitó el clarín de la boca al trompa y así se plasmó la victoria argentina. Finalmente, los imperiales abandonaron el campo de batalla dejando 173 muertos. El testimonio del capitán José María Todd es muy claro: El paso preciso del arroyo (por los brasileños), que debían vadear, era bastante ancho, pero como se estorbaban unos a otros pudimos llegar a tiempo y causarles una gran mortandad. Allí por primera vez se vio el gran efecto que producían las lanzas, arma muy mal recibida por nuestros soldados pero en esta pelea, y recorriendo los muertos enemigos, casi todos estaban heridos de lanza: entonces adquirió fama esta arma. Estas dos derrotas causaron una crisis en los altos mandos brasileños, que apartaron al jefe Bento Ribeiro, y el cambio de comandante mal predispuso a las tropas para la futura batalla. El paso veloz de las tropas argentinas rumbo al río Santa María iba a provocar la batalla de Ituzaingó, o combate del Paso del Rosario, según quien la cuente. Un episodio extraordinario con el que culminaremos, si Dios quiere, esta secuencia de escritos el próximo fin de semana en estas columnas de TN.
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