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  • Dólar, recaudación y deuda: el lado B del atraso cambiario

    Concordia » El Heraldo

    Fecha: 14/02/2026 01:53

    Dólar, recaudación y deuda: el lado B del atraso cambiario En Argentina, la escena se repite con una regularidad casi desconcertante. Durante un tiempo la economía parece ordenarse: la inflación baja o al menos se desacelera, el salario medido en dólares mejora, los viajes al exterior se multiplican y el consumo de ciertos bienes y servicios recupera aire. El dólar, mientras tanto, se mantiene estable o sube por debajo de los precios internos. Pero después ocurre lo inevitable: faltan divisas, se deterioran las reservas, aparecen tensiones, se abre la brecha y, tarde o temprano, llega la devaluación. La estabilidad desaparece de golpe. Es tentador atribuir el fenómeno a mala administración o a especulación según la preferencia política de turno. Pero esa lectura suele fallar en lo más importante: no explica por qué la película se repite incluso cuando cambian gobiernos, ideologías y programas. Para entender el mecanismo hay que mirar una variable menos visible pero determinante: el tipo de cambio real, es decir, el precio relativo que define si el país está caro o barato frente al mundo. El concepto clave: el tipo de cambio real y el atraso que se acumula Cuando hablamos del dólar en la conversación cotidiana solemos pensar en el tipo de cambio nominal (pesos por dólar). Sin embargo, el dilema argentino no se juega solo ahí. Se juega en el tipo de cambio real (TCR): una medida que compara los precios internos con los precios externos ajustados por el tipo de cambio. En simple, el TCR responde a una pregunta práctica: ¿producir en Argentina resulta caro o barato comparado con el exterior? Cuando los precios internos suben más rápido que el dólar, el TCR se aprecia: el país se encarece en dólares. Importar se vuelve relativamente barato, exportar se vuelve relativamente difícil y la economía empieza a demandar más divisas de las que genera. Por eso, el problema no aparece cuando el dólar sube, sino cuando queda demasiado bajo durante demasiado tiempo. Eso es atraso cambiario: un dólar que no acompaña la inflación y que, por ende, erosiona la competitividad y prepara la próxima corrección. En la práctica, el atraso cambiario funciona como una ilusión de bienestar inmediato. Mejora la sensación de poder de compra internacional, abarata transitoriamente importados y viajes, pero lo hace a costa de debilitar la fuente de divisas que sostiene esa misma normalidad: exportaciones netas, inversión productiva orientada a transables y acumulación de reservas. Lo que muestra un estudio regional de la CEPAL Un trabajo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estimó el tipo de cambio real de equilibrio para 17 países de la región y encontró un mecanismo recurrente: períodos de apreciación real (sobrevaluación del TCR) que tienden a finalizar en crisis cambiarias con depreciaciones abruptas y costos elevados para la actividad. El aporte del estudio es doble. Primero, pone en evidencia que la apreciación real no es un capricho local, sino un fenómeno regional asociado a economías dependientes de divisas (exportaciones concentradas, endeudamiento o capitales financieros) y expuestas a shocks externos. Segundo, muestra que la sobrevaluación del TCR altera incentivos: desplaza recursos desde sectores transables (exportables o sustitutos de importaciones) hacia sectores no transables. Ese corrimiento cambia la rentabilidad relativa, modifica la asignación de inversión y empleo, y reduce la capacidad de generar dólares genuinos cuando más se los necesita. En otras palabras: cuando el país se abarata en dólares para consumir, muchas veces se encarece para producir y exportar. Esa contradicción puede sostenerse mientras entren dólares; cuando dejan de entrar, el ajuste llega igual, pero suele ser más desordenado y más costoso. La historia argentina: la misma lógica con distintos nombres La tablita cambiaria de fines de los años 70, la convertibilidad en los 90, el atraso previo a la crisis de 2018 y otras etapas posteriores siguieron, con diferencias, una lógica similar: usar el tipo de cambio como herramienta de estabilización (o sostenerlo por debajo de la inflación) para moderar precios y expectativas. El efecto inicial fue positivo: inflación a la baja, crédito, consumo y sensación de normalidad. El problema apareció después: el país se volvió caro en dólares, la competitividad se deterioró, el déficit externo creció y la sostenibilidad quedó atada a que siguieran entrando dólares (por deuda o capitales). Cuando ese flujo se detuvo, el esquema colapsó y el ajuste llegó de forma traumática. Este repaso importa porque muestra que el atraso cambiario no es un accidente. Suele ser la consecuencia de intentar resolver un problema nominal (inflación) con un precio relativo (el dólar), sin atacar de manera consistente el núcleo fiscal-monetario y sin construir capacidad estructural de generación de divisas. El tipo de cambio puede ayudar a estabilizar, pero difícilmente pueda reemplazar un programa integral. La singularidad argentina: cuatro rasgos que agravan el patrón regional Argentina comparte el patrón regional, pero lo amplifica por cuatro rasgos estructurales. Primero, la inflación crónica. Con inflación alta, sostener un dólar quieto o que suba menos que los precios implica, casi mecánicamente, apreciación real. En este contexto, el atraso cambiario no es una decisión aislada: es el resultado natural de usar el tipo de cambio como ancla sin una desinflación creíble y sostenible. Segundo, el bimonetarismo social. El dólar funciona como reserva de valor y unidad de cuenta para ahorro, inmuebles y expectativas. Esa demanda estructural de divisas hace que la presión cambiaria exista incluso en fases de aparente normalidad. No se trata de una corrida ocasional: es una preferencia arraigada, producto de décadas de pérdida de poder adquisitivo del peso. Tercero, la respuesta institucional típica ante la escasez: controles, segmentación y brecha. En lugar de un ajuste con reglas claras, Argentina suele racionar divisas, multiplicar tipos de cambio y habilitar arbitrajes. Esa dinámica distorsiona precios relativos, castiga exportaciones, incentiva conductas defensivas y termina reduciendo la oferta genuina de dólares, que es lo que se necesita para estabilizar. Cuarto, la fragilidad financiera y el peso de pasivos en moneda dura (públicos y privados). Un ciclo de dólar atrasado suele convivir con endeudamiento externo o con instrumentos indexados. Cuando llega la corrección cambiaria, el servicio de esa deuda se encarece, sube el riesgo país y se estrecha el margen fiscal y financiero. Eso amplifica el carácter recesivo del ajuste. El ángulo que suele faltar: el impacto fiscal del atraso cambiario El atraso cambiario no es solo un problema del sector externo: en Argentina también es un problema fiscal, porque termina afectando la recaudación, el gasto, la deuda y la gobernabilidad del presupuesto. Un tipo de cambio real apreciado puede sostener por un tiempo consumo y sensación de estabilidad, pero debilita inversión, producción y empleo formal, y con rezago erosiona bases tributarias como IVA, Ganancias y contribuciones. A la vez, vuelve más volátil la caja del Tesoro al distorsionar exportaciones, liquidación de divisas e ingresos vinculados al comercio exterior, mientras la brecha y los parches cambiarios agregan discrecionalidad e incertidumbre. Además, presiona sobre subsidios y tarifas (energía y transporte) y, cuando llega la corrección, el ajuste reaparece por tarifa, impuesto o deuda. En paralelo, una devaluación brusca encarece el financiamiento, empeora la dinámica de la deuda y fuerza decisiones difíciles entre licuar o recomponer ingresos públicos. Finalmente, el golpe se transmite a provincias y municipios vía coparticipación y costos dolarizados, desordenando licitaciones, contratos, redeterminaciones y planificación. En suma: el atraso cambiario no solo prepara una crisis de balanza de pagos; también prepara una crisis presupuestaria, porque erosiona la recaudación futura, agrava subsidios y vuelve más frágil la deuda. Conclusión: el problema no es que el dólar suba; es el dólar que se atrasa La CEPAL muestra que América Latina atraviesa, con distintos matices, episodios de sobrevaluación del tipo de cambio real que terminan colapsando en crisis. Argentina comparte ese patrón, pero lo vuelve más virulento por una combinación singular: inflación crónica, bimonetarismo social, baja credibilidad y una respuesta institucional basada en segmentación y controles que suele profundizar el problema de fondo. Por eso, la estabilidad cambiaria no se logra con un dólar congelado ni con devaluaciones recurrentes. Se logra con un programa integral que reduzca la nominalidad, acumule reservas y, sobre todo, aumente la generación genuina de divisas. Hasta que esa base no cambie, cada período de calma puede ser apenas la antesala de la próxima corrección.

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