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Parana » AIM Digital
Fecha: 13/02/2026 14:57
La competencia estratégica entre Estados Unidos y China se consolidó como el eje central de la política internacional contemporánea. Lo que comenzó como una guerra comercial se transformó en una confrontación estructural por el liderazgo tecnológico, con impacto directo en la economía mundial, la seguridad y la configuración de alianzas. El núcleo del conflicto está en el control de sectores clave como los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y la computación avanzada. Washington endureció las restricciones a la exportación de microchips y equipamiento de alta gama hacia Beijing, bajo el argumento de proteger su seguridad nacional y evitar que la tecnología estadounidense fortalezca capacidades militares chinas. La respuesta de Beijing fue acelerar su estrategia de autosuficiencia tecnológica. Con fuerte respaldo estatal, China incrementó inversiones para desarrollar su propia industria de semiconductores y reducir la dependencia de proveedores occidentales. El objetivo es claro: garantizar autonomía estratégica y sostener su crecimiento en sectores que definirán la economía del futuro. El enfrentamiento no es meramente económico. La supremacía tecnológica implica capacidad de influencia global. Quien domine la inteligencia artificial, las redes 5G y la producción de chips avanzados tendrá ventaja en defensa, innovación industrial y control de datos. Por eso la disputa se proyecta como un conflicto de largo plazo. Además, la tensión está reconfigurando las cadenas globales de suministro. Empresas multinacionales comenzaron a relocalizar producción hacia países considerados aliados o neutrales, en un proceso que algunos analistas describen como desacople parcial entre ambas economías. Esto marca un giro respecto a la globalización de las últimas décadas, caracterizada por alta interdependencia. América Latina también queda involucrada. La región concentra minerales críticos como litio y cobre fundamentales para baterías y tecnologías energéticas. Esa posición estratégica la convierte en terreno de interés tanto para Washington como para Beijing, lo que abre oportunidades económicas pero también exige definiciones diplomáticas cuidadosas. La rivalidad entre las dos mayores potencias del siglo XXI no muestra señales de distensión inmediata. Más que una crisis coyuntural, se trata de una competencia sistémica que podría consolidar un escenario internacional más fragmentado, con bloques tecnológicos diferenciados y reglas menos universales. En ese contexto, el mundo ingresa en una etapa donde la innovación ya no es solo motor de desarrollo, sino también instrumento de poder geopolítico. De la Redacción de AIM
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