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» Clarin
Fecha: 13/02/2026 07:36
Fueron cuatro meses donde la pasó horrible. Fabián Vena recuerda el proceso con lujo de detalles. Todo empezó con una bola en la garganta. No le encontraban el diagnóstico. Todo era incertidumbre. Los pronósticos eran nefastos. Especialistas en cuello le decían que era algo en un 95 por ciento maligno. En eso, la bola empieza a bajar. En realidad, era un globo faríngeo que lo provocaba el reflujo. Las tripas le estaban diciendo basta. El año pasado, estando de gira con su unipersonal en Mendoza, se empezó a sentir mal y consultó a un médico. Le recomendó una colonoscopía y una endoscopía. Casi una obviedad. ¡Y bingo! Por esos estudios descubrió que es celíaco. Fue un shock para mí. Pero ahora lo tomo como una bendición. Ser celíaco me cambió la vida, revela el actor. Atrás quedaron los constantes dolores de panza, los vómitos, las situaciones desesperantes como estar a punto de perder un vuelo por no poder salir del baño del aeropuerto. Años de sentirse mal. Siempre tuve problemas de intestinos. Recuerdo a mi madre llevarme a la guardia de Mataderos con dolor de panza y diciéndoles a los médicos: Dénle un ansiolítico porque el pibe es nervioso. Por suerte, eso quedó en el pasado, dice Vena. Con la enfermedad se le abrió el mundo sin TACC, que lo enamoró. Se siente mejor, duerme mejor y anda más liviano. Y sí, se calma todo tu sistema nervioso y tu sistema digestivo. Ahora tengo una salud como la que no tuve en mi vida. No solamente como diez veces más, hago gimnasia, yoga, camino mucho, detalla. Y este proceso nuevo, de sanación, se suma a otro: el de aprender a disfrutar de lo simple y cotidiano. Parece obvio también, pero no. El mundo de Vena giraba pura y exclusivamente en función de la actuación. Siempre se manejó así. Pero su mujer, Paula Morales, lo ayudó a ver a la vida desde otra perspectiva. Ella ha sido fundamental en ese sentido -confiesa-. Llevamos casi trece años juntos. Pau maneja la misma pasión por el oficio que yo, sin embargo, tiene un gran sentido del disfrute. Y realmente entendí que detrás del oficio, de lo que me define, hay una vida, hay un ser humano, hay una persona que también tiene sus búsquedas y su propia evolución. Y tengo muchos estímulos para que la vida sea una alegría vivirla. Fue una alegría cuando el médico, después de hacerme la colonoscopía, gritó: 'Es celíaco'. Y agrega: Los hijos vienen a aferrarte a la vida en los valores y en las ganas de vivirla. Y estar bien en pareja es algo vital para mí. Sobre todo, porque la actuación ha sido siempre el sentido que le ha dado a mi vida. -¿Dirías que tu mujer te cambió la vida? -Yo diría que sí y que lo sigue haciendo. Es una unión muy fuerte con ella. Nuestro hijo en común, Valentino, ya tiene once años. Y somos un familión, porque Paulita ya tenía uno de otra relación, y yo tengo las dos nenas. Todo eso le da otro sentido a la vida más allá de la actuación. Y esto ha sido muy importante para mí. -¿Siempre fuiste tan obsesivo del trabajo? -Sí, pero ahora estoy más calmo. Igual, siempre fui muy selectivo. Estudio teatro desde los 12 años y a los 17 empecé a formarme profesionalmente. A los 18 ya hacía tres obras a la vez: dos infantiles y una a la noche. Y desde ahí no paré más hasta el día de hoy, cuando sigo con muchos proyectos y con esta obra, El divorcio del año, en el Multiteatro, que me tiene muy encantado. Disfruto cada función como si estuviera jugando al fútbol en el Monumental. -¿Sos hincha de River? -Sí, fanático. Voy a la cancha con mi hijo cada vez que puedo. Parece loco, pero no sabía de un otro yo, un tipo más allá del actor. -¿Te analizaste alguna vez? -Toda mi vida, pero seguro para entender los personajes (Risas). Me analizo desde siempre. Ahora hace un año y pico que volví, porque en esta vorágine uno se pierde a sí mismo y no quiero soltarme porque me estoy re descubriendo. -Fue como si te hubieras despertado... -Absolutamente. Ahora puedo disfrutar de la vida sin pensar en el laburo. Los hijos también te enseñan. Valentino me dijo seriamente: Vas a parar algún día de hablar de otra cosa que no sea la actuación. Y tomé conciencia. Estuve durante muchos días atento a lo que yo decía, controlándome. Y no deja de ser tema de análisis para mí porque el trabajo es una construcción demasiado grande en mi vida. He sido un muy buen estudiante. Soy de Mataderos. Mi mamá era enfermera y mi papá, comerciante, tenía un kiosco. Fui al colegio público. Tuve la suerte de poder entrar a una escuela integral de actuación. Me fanaticé con eso y le puse treinta años de laburo. -¿Y cómo surge el empezar a dar clases? -Ayudando a mi mujer con algunas escenas de sus obras, me dice: Vos tenés que dirigir. Jamás lo había pensado. Y hoy, me apasionan tanto la docencia como la dirección. Hace diez años que doy clase. Tengo mi estudio integral y replico lo que a mí me enseñaron. Me analizo desde siempre. Ahora volví, porque en esta vorágine uno se pierde a sí mismo y no quiero perderme. - Volvamos al tema de la celiaquía, ¿cómo vivías antes del diagnóstico? -No sabés lo mal que la pasaba. Tenía un estado de depresión total. Andaba muy tirado porque todo lo que comés, lo largás. No tenés fuerza. A los 30 años encuentro la homeopatía, que es fabulosa y me ayuda. Y me manejé de esa manera con gotas y globulitos. Creo que la homeopatía lo que hizo fue retener la celiaquía, pero se dispara en algún momento. Y nunca pude zarparme del todo. Me agarraba mis borracheras, pero terminaba mal. -¿Nunca nadie te dijo que te hicieras exámenes? -No, muy loco, creo recién ahora empieza a estar más el tema en el radar de los médicos. Y cuando lo hice fueron cuatro meses sin encontrar diagnóstico. Muy duro. Sentía fuego. Pero bueno, fue una alegría cuando el médico después de hacerme la colonoscopía gritó: Es celíaco. Yo seguía boleado por la anestesia, pero estaba mi mujer. Por suerte descartamos que hubiera algo maligno. -¿Y qué sentiste al saber que eras celíaco? -Los primeros días era todo negro. Un shock. Además, saber que no tiene cura, sumado a que cualquier cosa que me prohíban o restringan me pone como loco. Y bueno, empecé a ver las restricciones. Me dolió no poder mojar más el pan en el tuco. Pero a la vez, te vas dando cuenta de que hay muy buena pasta y muy buenos tucos; podés comer proteína y verdura, sin problema. Hay unas cervezas riquísimas sin gluten. Descubrí el mundo de los celíacos, que es extraordinario. Hay muchas empresas familiares excelentes. Un mundo nuevo y solidario. Siento que la celiaquía vino a disciplinarme. Porque dentro de este laburo, era parar y tomar un café con galletitas y un pucho. Eso se acabó. Me dolió no poder mojar más el pan en el tuco... Pero a la vez hay productos buenísimos sin gluten. -¿Y cómo se organizaron en tu casa? -Vamos adaptándonos de a poco. Porque ahí es donde recibo la mayor contaminación. A mí me encanta cocinarles a la familia y a los hijos. A veces hago milanesas o fideos. Cuando terminaron de comer y no hay absolutamente nada relacionado con la mugre, ahí empiezo a cocinarme para mí. Me he agarrado alguna contaminación cruzada y es terrible. Es como si arrancaras por primera vez con los dolores. Y la familia va virando al sin gluten, que es lo mejor que le puede pasar a ellos también. Es más, me llegan regalos de empresas, me dicen probá esto, me dan consejos, hay una comunidad divina. Después de haber pasado el shock, dije me mandaron una bendición. Qué le podemos traer a este muchacho para que se ordene. -¿Cómo vivís la patenidad a los 57 años? -Con amorosidad. Nadie me obligó a ser padre. Pero tampoco lo fui por mandato: se me abrió una capacidad amorosa para dar.El más grande que, no es mío, el chiquito que es biológico y mis nenas, que son adoptadas. Cuando pienso en mis hijos, pienso en los cuatro. Y ahí creo que hay una capacidad de amor por la que no importan ni las caracteristicas ni las dificultades de tus hijos. Hay que enseñarles para que ellos después transiten su vida. Una vez que está resuelto eso, disfrutarlos. -¿Qué te da miedo? -Que le pasen cosas feas a mis hijo. Desde que soy padre no veo CSI (serie policial), ni películas donde haya un hijo secuestrado. -¿Qué hacés por amor? -Estoy profundamente enamorado y estoy disfrutando de lo cotidiano. Se me dio por ordenar la casa para que se vea linda. O lavar los platos, o salir a comer algo con la familia o jugar a la cartas. Ahora le doy otro valor, estoy más presente. -¿Cómo arranca tu día? -Duermo poco porque soy inquieto y porque me gusta vivir y no quiero perderme nada. Soy el que apaga la tele a la noche cuando ya Paulita me abandona en la serie que vemos juntos y me veo otra. Controlo a Valentino con el teléfono, a mi hija Vida, que es adolescente y también está mucho con el celular. Veo que la chiquita descanse y tanteo al más grande a ver cuándo viene del boliche. Soy una especie de celador de seguridad de la noche. Hasta que no están todos más o menos fulminados no estoy tranquilo ni me duermo. Y a la mañana soy el primero en levantarme. Preparo el desayuno y ordeno mi día. -¿Cómo imaginás tu final? ¿Arriba de un escenario o plantando tomates en el campo? -(Risas) No, ¡bastante todo esto que te conté! No me saques de arriba de un escenario. Las únicas imágenes que tengo de cómo puede llegar a ser un final es seguir disfrutando de mi profesión. Es un mundo construido. -Pero cambiaste un montón... -Sí, y lejos de enorgullecerme, hasta incluso me avergüenzo, porque es tan obvio todo lo que estoy viviendo ahora. Hasta contradice una máxima de nuestro laburo que dice conocéte a vos mismo para saber a quién vas a representar. Pero estoy muy feliz y agradecido por todo. Sobre la firma Newsletter Clarín
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