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» Clarin
Fecha: 09/02/2026 00:44
Lo que Rachel Cusk no ha querido es ser condescendiente con su voz. Es uno de los preceptos de esa tradición de inglesas sobradamente inteligentes y clínicamente litigantes de Sybille Bedford y Rebecca West a Anita Brookner y Jenny Diski a la que Cusk le aportó otro color. De una astucia que no tiene intención de ocultarse, conocen bien el mecanismo de la ironía (que no puede adivinarse es su clave cuando aplica). Igual que sus colegas, Cusk entendió bien el atajo de la simplificación sintáctica sin perder singularidad. Cada una configura sus propias oraciones; nunca presentan ecos prestados ni cómodos automatismos. De hecho, se percibe un fructífero fastidio en los libros de Rachel Cusk, como ante alguien habilísimo para agradecer un regalo que no le agradó. Esta inquietud los vuelve relatos hiperanalíticos, y su empecinamiento en la examinación puede sonar a veces forzado, pero es punzante y original, y se filtra la honestidad de la autora para consigo, el impulso de llegar al fondo de cada asunto. Son virtudes que despliega Desfile , la más reciente y mejor novela de la autora de A contraluz, Tránsito y Prestigio , canadiense que vivió muchos años en Inglaterra. Desfile propone una narración sobre la vida artística y sus implicancias, sobre todo familiares. Vivir como artista o con un artista; ser hijo de un artista; ser madre y artista. Los precios que se pagan. Sin querer, plantea una reversión, actualizada y expandida, de la frase de Cyril Connolly acerca del cochecito de bebé amenazando con estorbar desde el pasillo de un escritor. En efecto, un interrogante que sobrevuela Desfile es si un escritor puede posar de artista o comportarse como tal. Cusk viene tratando de despejar la incógnita su intriga por la figura del artista desde Las variaciones Bradshaw : ¿Qué es el arte?, machacaba sin fingir candor. Cada capítulo de Desfile usa y retoca una carrera ajena. Sin nombrarlos (los resume y empata a todos en la inicial G), para no prestigiarse por ósmosis, pero no alejándose del todo, se inspira en los pintores Georg Baselitz, Cecily Brown y Louise Bourgeois, y en el cineasta francés Éric Rohme r, que recurrió a la seudonimia para hacer una deslumbrante filmografía a espaldas de sus padres. Cusk no ofrece su milagrosa ligereza pero sí diálogos cronometrados, y se pregunta entre líneas cuán preparado está un artista para arriesgarse a no ser comprendido, o en qué medida la atención de los otros más que su indiferencia puede desestabilizarlo. Insinúa, de paso, una pista que actúa de consejo: poner las obras a salvo de la psicología del autor. Desfile es una novela meditativa, como tantas de Cusk, y acompaña el zigzagueo dubitativo de cada artista, inoculado e integrado en la narración. En A contraluz , las consignas y ejercicios de un taller literario se plegaban a la historia general. Cusk sabe transcribir voces y el lector sólo puede tomarse a broma su declaración acerca de la muerte de los personajes; en sus libros abundan y por cierto bien delineados. Ya en Prestigio le abría todo el tiempo del mundo a un relevo de desventuras de terceros (a veces tan extensas las citas que se convierten en algo parecido a una trampa, pero no a un truco). Es que en Cusk el desvío es el punto, y le facilita reintentar definir qué es un relato: En una historia siempre hay alguien que es el propietario de la verdad; lo que importa es la habilidad de ese personaje para trabajar para ella. Tanto en la trilogía, como en Desfile , Cusk demuestra sus considerables dotes de comentarista social: Las familias tienden a ser conscientes de ser observadas: actúan de sí mismas como a la expectativa de una reacción, un dictamen. Supongo que están exponiendo lo que han creado, así como se siente compelido a hacerlo un artista. La cita es de Coventry , donde reunió ensayos de aire pascaliano, pedagógico, y por ende levemente irónico, y donde personifica de nuevo a una analista que diagnostica (a menudo suena a estudiosa lectora de Adam Phillips). Allí revisa su pasado y lo evalúa sin clemencia. Aunque sepa que la literatura es una impostura, Cusk suele barrenar una longitud de onda de autenticidad (en una persona o una obra) y parece creer en esta como condición contractual. Cusk y Brookner, ida y vuelta En A contraluz y Prestigio se la puede ver como una continuadora de Anita Brookner en su sutil disección psicológica, su vivisección del alma humana como de un reloj que ya no despierta a nadie, en una edición más explicitada e ilustrativa, menos misteriosa. Sabía Brookner que llegar a decir sin decirlo es una cima en la escritura. Las inferencias o lances de Cusk son menos indirectos. Al machismo y al feminismo, Brookner los da vuelta como un guante; Cusk prefiere la estocada y el espejo. Ambas son escépticas, de finísimas discriminaciones, con un ojo clínico inmisericorde que pretende llegar al otro lado del otro, pero las narraciones de Brookner son manuales de pudor, de levitación magnética, de una dulzura asordinada, subrepticia, sólo compasiva con el mayor de los rigores. Tanto a Brookner como a Cusk las tienta montar novelas de textura biográfica. Son autoras como al comando de una vida, y acaso más. Pero donde la primera está encastillada en cada soledad, la segunda va hacia el trueque de reclamos y favores. Ya en The Country Life Cusk exploraba el viraje extremo en una vida, la cruza vida-literatura, y lo que consiguen lastimarse padres e hijos. (La vida desaparece, como en una fisión atómica, en la literatura. El ejemplo del físico Ettore Majorana y su disolución en el aire o el agua siciliana de un caso irresuelto, lo ilustra magistralmente, por omisión, un libro de Sciascia). Los románticos siempre tienen mejor prensa que los clásicos, en gran parte porque hay tanto más comportamiento para discutir, anotó Brookner, que llamó a Huysmans, Laforgue y Proust maestros de la vida no vivida. En sus ficciones hipnóticamente similares Brookner expone su pintura de época fue especialista en arte francés de los siglos XVIII y XIX en un tempo que ya no existe, no imitable en páginas del siglo XXI, al cual Cusk pertenece quizá con excesiva fidelidad. Los esclarecimientos en Cusk sobre carácter o relaciones pueden parecer desmesurados, pero son justos y ecuánimes. Descripciones calmas, seguras, precisas, señalan al pasar lo que los personajes no perciben de sí mismos y ponen el dedo en la llaga de la hipocresía verbal. Cusk se plantea y pregunta una y otra vez sobre lo correcto. Exhibe los varios ángulos de una posición moral, ideológica o conceptual. Su objetivo parece ser precisar conductas e inferir pensamientos. Es como si comentara la novela a medida que avanza. Narrar como una manera de explicar (de un modo seco, dado por válido). Y Cusk narra bien porque cuenta una cosa a la vez. Por eso las oraciones no se estiran, lo que vuelve a los hechos más inevitables y les confiere un aire retrospectivo que pertenece a lo predestinado. Siempre ampliando su paleta, en Las variaciones Bradshaw Cusk evidencia que ambiciona ser su mejor terapeuta (y demostrarse -diestra ventrílocua de sí misma- que no necesita una) sin dejar de ser novelista, y establece una geometrización de las pasiones. El método le da seguridad al relato y autoridad a la voz, al precio de cierta rigidez, más o menos llevadera. Cusk y Rohmer En un momento de Desfile , en el capítulo El espía, Cusk suelta: Ver sin ser visto: para G no había mejor definición de la vocación del artista. ¿Vocación o mejor dicho oficio, tarea? Como sea, la alusión está dirigida al director de cine Éric Rohmer , atlético viejo prematuro de la Nouvelle Vague, que hizo las películas más jóvenes de esa generación y de cualquier otra, a quien Cusk retrata lateralmente y callando su nombre. Es justo: el secreto y el ocultamiento eran las llaves de Rohmer, que sin embargo no escondía todos sus métodos: El cine es el arte que menos puede alimentarse de sí mismo. En las demás artes eso es seguramente menos peligroso. (Es como si Desfile lo hubiera desoído para hallar un camino gracias, precisamente, a nutrirse de otras artes). El artículo Vanidad de la pintura de Rohmer lleva un epígrafe de Pascal, a quien desmigajó matemáticamente en Mi noche con Maud : Qué vanidad la de la pintura, que produce admiración por su semejanza con las cosas cuyos originales nadie admira. Algo que podría decirse de tantas novelas realistas, planas o formulaicas. En ese mismo artículo Rohmer tildado el más conservador entre los artífices de Cahiers du Cinéma deslizó que todo el arte, si se quiere, consiste en nombrar todas las cosas con un nombre que no es el suyo. Sobre Buñuel, comentó: Si insisto en los detalles es porque en Buñuel, cuyas manías sociales y filosóficas me ponen nervioso por su carácter primario, siempre acecho el momento en que el trazo sobrepasa la intención de la mano que lo dibuja. Cusk es lo contrario de primaria o primitiva, pero es insistente, y no hay nada de ahí que no corra tanto aire en sus páginas, con algo de ficciones de invernadero que escape del radio de lo intencionado. El reconocimiento de una obra o su falta es uno de los asuntos que Cusk merodeó en su trilogía. La suya recibió una consagración más bien rápida (casi demasiado rápida), impidiendo poner a prueba un confiable axioma en este territorio: la capacidad de espera de una obra hasta su reconocimiento es constitutiva de su calidad, es el sustrato y el garante de ésta. Cusk dedicó unas cuantas páginas a ocuparse del juicio de otros. A un libro, mientras tanto, conviene juzgarlo si cabe el verbo bajo un criterio auspiciado por las primeras hojas que sacude el viento al despuntar una lluvia, por las únicas gotas identificables de una tormenta inminente. Desfile , Rachel Cusk. Trad. Catalina Martínez Muñoz. Libros del Asteroide, 184 págs.
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