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Fecha: 07/02/2026 06:21
Es la madrugada del 1 de febrero de 1931. Todavía no amanece. Faltan minutos para las 5 de la mañana. Varios guardias entran a la celda de Severino Di Giovanni, el enemigo público número 1. Desde el pasillo mira la máxima autoridad de la cárcel. Nadie habla. Solo se escucha el estallido del martillo contra el metal de los grilletes con el que sujetan los tobillos del condenado. El eco vuelve todo más tenebroso. Los que miran se mueven incómodos. Lo llevan a la sala que oficia de patíbulo. Di Giovanni se mueve con lentitud por el peso de los metales que lo atrapan. Las esposas, cadenas y grilletes golpean entre sí. Una especie de cascabel macabro. Los que están a su paso lo miran con curiosidad y algo de lástima. Saben que ese hombre va a morir. Leé también: De carpinteros y plomeros a asesinos en masa: el dilema del Batallón 101 en la Alemania nazi Roberto Arlt presenció la ejecución y al día siguiente escribió en el diario El Mundo: Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanosos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de Culatas. Más sombras que galopan. Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. ..de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número.... El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas. Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de la luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte. El hombre más maligno que pisó tierra argentina. Eso decía la prensa de él en 1930. De Severino Di Giovanni, un anarquista italiano que había llegado al país en 1922. Todavía no había cumplido 30 años y ya era el enemigo público número 1, el más buscado. Casi la totalidad de sus ocho años en la Argentina se la pasó escapando de la policía. Tenía esposa, Teresina, y tres hijos. Vendía rosas en la calle, trabajaba de tipógrafo, estudiaba a Proudhon, Bakunin, Nietzsche y Marx. Día a día mejoraba su castellano. Lo necesitaba para hacerse entender con los obreros. Publicaba panfletos y periódicos en los que difundía el ideario anarquista. También participaba en atentados, ponía bombas, sembraba el terror. Severino Di Giovanni, nacido en Italia en 1901, viajó hacia la Argentina cuando apenas había cumplido 21 años. El fascismo estaba en el poder. Y sus acciones violentas contra el gobierno de Benito Mussolini lo habían obligado a emigrar. Llegó con la última gran ola migratoria desde la península itálica. Apenas arribó a la Argentina comenzó a publicar panfletos anarquistas. El periódico Cúlmine fue el más importante. Pretendía difundir las ideas anarquistas y de estrechar fuerzas con otros camaradas italianos. El lema de su periódico Cúlmine era De la propaganda a los hechos. Creía que la sociedad se podía cambiar a través de la acción de los individuos. Pero sus acciones públicas sólo conocían la violencia. Las bombas puestas por él empezaron a explotar. También efectuó robos: él las llamaba expropiaciones. En cada enfrentamiento con la policía demostraba su extraordinaria habilidad con las armas. La revolución necesitaba ser violenta, pensaba Di Giovanni. Estas acciones provocaron que otros grupos anarquistas se alejaran de él y la fulminante condena de los medios de comunicación. Para él no había inocentes. Ni siquiera el quinielero muerto en la bomba que puso en el Banco de Boston. Mientras tanto en el país se producía un gran cambio. El primer golpe militar. El 6 de septiembre de 1930, el gobierno de Hipólito Yrigoyen fue depuesto por el general Uriburu. El gobierno de facto emite un bando que establece la ley marcial y la pena de muerte. Artículo 1: Todo individuo que sea sorprendido en infraganti delito contra la seguridad y bienes de los habitantes, o que atente contra los servicios y seguridad pública, será pasado por las armas sin forma alguna de proceso. La vida de Severino Di Giovanni comenzaba a estar en peligro. La aplicación del bando la inauguró Joaquín Penina, anarquista catalán. Siguieron Gregorio Galeano, José Gatti y Pedro Icazzatti, todos acusados de distintos delitos. Poco más de cuatro meses después le llegaría el turno a Severino, el objetivo principal. Leé también: Medía 2,32 metros, fue el primer argentino en la NBA y murió olvidado: la triste historia del gigante González Sus apariciones públicas eran fulgurantes y tenían repercusión. Una gala en el Teatro Colón. Se celebraba el vigésimo quinto aniversario de la coronación del rey Vittorio Emmanuele II. El embajador italiano, el presidente Marcelo T. de Alvear, otras máximas autoridades nacionales, la alta sociedad. Mientras sonaba el himno italiano, surgieron los gritos desde el gallinero. Después los volantes aterrizando entre los señores de galera y las señoras que hacían tintinear sus joyas con el movimiento nervioso de sus brazos. Desde el gallinero, una cabeza rubia sostenida por un grueso cuello sonreía. Era Severino Di Giovanni. Meses después, cien mil obreros y anarquistas protestaban en las calles de Buenos Aires por la suerte de Sacco y Vanzetti. Entre los que encabezaban la manifestación, repartiendo panfletos y cantando con su voz de lija, de nuevo, Di Giovanni. Pero la persecución no fue por sus ideas ni por sus protestas públicas. En sus diferentes atentados puso una bomba en el Bank Boston, otra en el City Bank, también en la Embajada de Estados Unidos y en el Consulado de Italia. Esta último fue la peor, la más efectiva. 9 muertos y 34 heridos como saldo. También robó dos entidades bancarias para hacerse de fondos. En una de ellas, en el transcurso del robo, Di Giovanni mató dos personas. En esos meses, cada acción violenta y cada muerte en un robo no esclarecida se le imputó a Di Giovanni que ya cargaba con varias reales en su haber. Vestía completamente de negro con sombrero de ala ancha. Sectores anarquistas y los socialistas comenzaron a despegarse de su accionar. El diario socialista La Protesta lo tildó de espía fascista, agente policial extranjero, burgués y capitalista. Los dirigentes socialistas López Arango y Abad de Santillán lo condenaron públicamente. Di Giovanni exigió una retractación. La siguiente vez que se encontraron, Severino Di Giovanni mató a López Arango. Sus acciones recrudecieron. Su leyenda crecía en la ciudad. Algunos lo idolatraban. Los diarios y las autoridades lo criticaban con dureza. El uso indiscriminado de la violencia lo alejaba cada vez más de aquellos a los que pretendía acercarse con sus acciones, aún de los que parecían pensar como él. Severino conoció a los hermanos Scarfó, Paulino y Alejandro. Italianos y anarquistas como él. Comenzaron a actuar junto a él. Leé también: La maldición de los Kennedy: asesinatos, accidentes y una familia que nunca pudo escapar de la muerte Lo movían la furia y la plata que necesitaba para liberarlo. Fabricaba bombas caseras con clavos de hierro, gelignita y dinamita. Bombas no muy precisas, pero sí poderosas. Editó, también, un nuevo periódico: Anarchia. Las ideas de siempre pero mostradas con más virulencia todavía. Sus perseguidores cada vez estaban más cerca. Cambiaba de casa para no ser encontrado. Su familia sufría. Pensó en viajar e instalarse en París. Volver a empezar. Pero íntimamente sabía que ese movimiento sólo dilataba las cosas. Su pulsión a la lucha y a la violencia, la furia interna lo pondrían de inmediato a hacer lo mismo de siempre. Mientras analizaba esa opción su camarada Alejandro Scarfó cayó preso. Con la llegada de José Félix Uriburu al poder, el cerco se cerró sobre él: el hombre más buscado. Leopoldo Lugones hijo ya creó y usa con frecuencia diaria su invento: la picana eléctrica. Di Giovanni sigue amenazando y actuando. Uno de sus últimos panfletos. Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas. Sus camaradas, los Scarfó, los escondieron en una pieza. Los Scarfó tenían una hermana menor, América. Severino se enamoró de ella. Y América de él. El amor, el amor libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender le escribe Severino en una de sus muchas cartas-. Y nosotros dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y de amor. Cuando se conocieron él tenía veinticuatro años y América quince. Vivieron un amor intenso. Ella fue la última que lo visitó en la Penitenciaría de Las Heras antes del fusilamiento. Se abrazaron. Severino le dio fuerzas. América siguió amando a Severino toda su vida. Murió a los 93 años. Un año antes recuperó las cartas de amor que Severino le había escrito y que fueron requisadas por más de setenta años por la Policía Federal. Aunque en la actualidad parezca que el anarquista ejecutado estuvo siempre presente en la conversación pública, en los distintos estudios historiográficos de la época y hasta en la cultura popular, eso no fue así. La figura de Severino Di Giovanni estuvo olvidada durante décadas. La rescató, tras una investigación soberbia, Osvaldo Bayer, en su libro Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia. León Rozitchner escribió al respecto: Osvaldo Bayer reconstruye, desde el olvido, a un hombre. Junta sus pedazos dispersos, vuelve a darles sangre, nos hace sentir nuevamente el ardor de su cuerpo, le devuelve la vibración de su palabra, abre el espacio de una época olvidada para ubicarlo. Leé también: Lo recibían con sonrisas y él los mataba: el médico que se convirtió en el mayor asesino serial de Inglaterra La adaptación cinematográfica de ese texto debe ser una de las más postergadas de nuestro cine, ahora que El Eternauta tuvo por fin su versión audiovisual. Los derechos de la biografía de Bayer fueron vendidos en numerosas ocasiones (se rumorea que hasta simultáneamente) y varios guiones fueron escritos. En los noventa se entabló una polémica pública entre el biógrafo y Luis Puenzo por una de esas adaptaciones. La detención se produjo el 29 de enero de 1931. Una emboscada en su imprenta. Severino intentó escapar. La policía abrió fuego. Severino contestó. Pero sus disparos eran más selectivos. No tenía la posibilidad de recargar su arma. Los policías hicieron más de cien disparos. Severino cinco; guardó uno. Se escapó por los fondos de la propiedad. Saltó por los techos, atravesó terrazas, se lanzó desde diez metros de altura, y siguió corriendo como pudo pese a algunas heridas. En la persecución por las calles de Buenos Aires, los disparos policiales mataron a una niña e hirieron a varios transeúntes. La muerte de la niña se la endilgaron a Di Giovanni. Lo arrinconaron en un garaje. Se disparó contra el pecho, pero sólo logró herirse superficialmente. Jugué y perdí; pago con la vida. Como buen perdedor, le dijo Severino a su defensor oficial. El juicio fue sumario. La condena era previa. El Tribunal Militar blandió la Ley Marcial y lo condenó a muerte. Juan Carlos Franco, el defensor oficial, un oficial de bajo rango del ejército realizó una enfática defensa de Di Giovanni, poniendo toda su capacidad profesional en pos de alejarlo de la ejecución. Cuestionó la legitimidad de la Ley Marcial (sostenía que debía haber un estado de guerra para aplicarla) y la de la pena de muerte. También se opuso a que un tribunal criminal juzgara a un civil. Nada sirvió, sus argumentos no fueron escuchados. Cumplir con su deber profesional ocasionó que allí se terminara su vida en el ejército, pocos meses después fue dado de baja. En su última noche, en el calabozo de la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, Severino escribió en un papel arrugado y amarillo su última carta: No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí, elegí la lucha. Pasar monótonamente las horas enmohecidas de la gente común, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir, es solamente vegetar, llevar encima una masa informe de carne y huesos. A la vida hay que ofrecerle la exquisita rebelión del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso. Sólo pasaron dos días y medio de su detención. Ahora Di Giovanni sale al patio de la prisión. Está a punto de ser ejecutado. No muestra emociones. Está serio, con la vista al frente, la cabeza en alto. No se adivina ni tristeza ni orgullo. Tal vez sólo lo habite la resignación. El patio de la Penitenciaría está repleto de curiosos que madrugaron para ver la ejecución como si se tratara de un espectáculo. El secretario del tribunal militar que lo juzgo lee la larga sentencia. Luego atan a Di Giovanni a una silla de respaldo angosto y muy alto. Un guardiacárcel se acerca para taparle los ojos. ¡Venda no! dice enérgico, imperativo el hombre que está a punto de morir. El joven duda unos segundos pero desiste. El jefe ordena al pelotón de fusilamiento que se prepara. Son ocho que estiran sus armas y apuntan. Di Giovanni infla el pecho, como si quisiera aumentar la superficie de impacto, y levanta la cabeza. Con voz gruesa, atronadora, grita: ¡Viva la anarquía!. Fuego, ordena el jefe al pelotón. Lo que sigue lo cuenta el poeta Raúl González Tuñón que en calidad de periodista del diario Crítica estuvo presente: Leé también: Dirigió Duro de Matar, fue el rey de Hollywood y terminó en la cárcel: la historia de John McTiernan Segundos después, el jefe del pelotón bajaba la espada y el cuerpo de Di Giovanni era atravesado por 8 balazos. Al recibir la descarga un poco de humo que salió de su pecho marcó el sitio de los impactos. Su cara se contrajo en una mueca violenta de dolor. Una reacción muscular lo hizo levantarse del banquillo para caer pesadamente hacia al costado izquierdo. El respaldo del banquillo hecho astillas. Un gran charco de sangre inundó el asiento cayendo al suelo. Un aullido atroz desgarra el silencio: son los presos de la cárcel que se despiden de su compañero. Sobre el césped, él se mueve todavía. Aunque tenía el pecho atravesado de proyectiles no murió instantáneamente. Se acerca el sargento y le da el tiro de gracia. Preciso y eficaz. Un estremecimiento del cuerpo que queda inmóvil. Son las 5.10. Al día siguiente ejecutaron del mismo modo a Paulino Scarfó, el hermano de América. Hace pocos años el Archivo General de la Nación anunció que habían aparecido tres fotos inéditas del momento del fusilamiento de Severino Di Giovanni. El historiador Reynaldo Díaz País demostró que en realidad esas imágenes eran de la época pero se trataban de recreaciones que realizaba la revista Caras y Caretas -la más vendida de esos tiempos- para ilustrar sus notas. Quien está en las fotos no es Severino sino un modelo bastante parecido a él. Una de las pistas: tanto Arlt como González Tuñón hablan de que cayó al césped y en las imágenes se ve un suelo de cemento.
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