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  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: Los pájaros quietos (primera parte)

    » Clarin

    Fecha: 06/02/2026 06:52

    Natalio observaba a los pájaros desde antes de comenzar a leer. Promediando los cinco años había buscado en la enciclopedia de su padre los nombres de las criaturas avistadas. Pero por el resto de esta vocación de más de cincuenta años, no había reincidido en denominar a las aves. Sencillamente las seguía con atención. Una garza sobre un campo de golf, una cigüeña migrante, una gaviota en plena pesca, una paloma desdichada, un águila extraviada. La mayoría de los pájaros que se le cruzaban eran anónimos. ¿A dónde irían? ¿Cuál sería su propósito? ¿Por qué tal o cual posición de las alas, o del pico? ¿De dónde venían? Cómo siendo una especie tan poderosa -podían volar-, aspiraban a tan poco. Alguna vez Natalio especuló con que los pájaros habían alcanzado el dominio de la Tierra, quizás previo a la aparición del hombre; pero finalmente, frustrados como la propia criatura humana, preferían la inanidad y la resignación. O quizás el planeta era secretamente de los pájaros. En cualquier caso, Hitchcock tenía razón. Se había acercado a un paso de la verdad, como sólo una buena película de terror podía hacerlo. Eugenia no lo quería. Se casaron muy jóvenes, esencialmente porque Natalio la adoraba. Alguno debió haberla tratado mal, otro no la quería lo suficiente. Llegada la edad respectiva, así como los pájaros habían abandonado la pretensión de poder, Eugenia quería casarse y tener hijos. Natalio era el indicado. Los hijos no llegaron, tampoco el amor. Pero el marido nunca había dejado de amar a la esposa. Con la excusa de la inspección de una grulla en el sudeste asiático, Natalio tomó licencia matrimonial para viajar a Siam. Ahora el país se llamaba Tailandia. Natalio perseguía a una grulla en particular, mencionada en un relato de Somerset Maugham, en el que también se refería al territorio como Siam: un campesino pescaba con una grulla; atada de una cuerda, la dejaba caer en picada al río y emerger con un pez en el pico. Se lo arrebataba. Ese método de pesca lo había dejado curioso. La escena figuraba indiscutiblemente en un cuento de Maugham, pero Natalio no lo encontraba entre los de su biblioteca. No había recuperado el texto. Siam no necesariamente era el sitio exacto, pero sí el lugar menos malo como punto de partida. Quizá sucedía en Laos, Birmania, Bangkok o Camboya. En Malasia o en Vietnam. ¿Y quién podía saber si aún algún campesino utilizaría esa técnica? Pero era un texto de la década del '30 del siglo XX. No había transcurrido un siglo. Quedarían testigos y recuerdos. Natalio era mecánico de autos, en plena retirada. Había dejado el negocio a dos socios jóvenes y leales que le reportaban. Eugenia provenía de una familia rica. No necesitaba nada de él. Propulsado más por la intuición que por cualquier indicación, carente de pistas en Siam, desorientado en Bangkok, se encontró una madrugada acampando en una jungla inhóspita en Laos. Repentinamente se preguntó si aún gobernaría allí el Pathet, el patético partido budista comunista que había tiranizado el país desde 1975. Pero antes de intentar responderse descubrió, con las primeras tímidas luces del alba, entre ronquidos selváticos de fieras piadosas, a unos cuatro pájaros -quizás hubiera más ocultos por la niebla-, absolutamente quietos en el aire. No podía medir con precisión la distancia, pero más allá de la mano humana. Estaban como embalsamados. Pero no lo parecían. Tampoco era la quietud de los vivos. Detenidos entre el cielo y el suelo, como si caducara para ellos la ley del tiempo. Inmóviles y enteros, más que muertos. Pero el plumaje y la actitud de los vivos. Ninguna criatura conocida por Natalio era capaz de impostar esa pantomima de estatua. Natalio era refractario a las fotos. Ni las tomaba ni era dado a detenerse y sonreír para que lo retrataran. De todos modos hubiera querido registrar aquella viñeta sobrenatural. Pero se había quedado sin batería en el celular. Como en aquel cuento de Bradbury en el que un sujeto cualquiera reconoce a Picasso trazando un dibujo en la arena; corre a buscar su cámara pero, al regresar, la marea lo ha borrado. Solo en su memoria conservaría aquellos pájaros inmóviles. La mañana en la que decidió marcharse, acertaron a pasar por allí dos niños. Probablemente dos hermanos. No más de cinco años el chico, y unos siete la hermana mayor. Remontaban un barrilete con la forma de un dragón. El barrilete dio de lleno en el penacho de uno de los pájaros, que se vino al suelo. Los niños siguieron de largo como si nada de aquello los afectara. Natalio aguardó a que los niños se alejaran, hasta perderlos de vista, para recoger al pájaro caído. No recordaba haber sostenido un pájaro entre las manos. Le daba impresión, vivo o muerto. Prolongó algunas jornadas su estadía. Contaba con latas de comida, sabía pescar -a la manera tradicional-, y había encontrado unas sabrosas bayas de postre. Milagrosamente no lo habían picado mosquitos ni otros insectos. El pájaro inmóvil permaneció igual a sí mismo durante tres días. Mirando a Natalio con sus pupilas petrificadas. De haber estado muerto, ya olería. Evidentemente aquellas criaturas entraban en algún tipo de receso. ¿Una suerte de hibernación, o muerte sin descomposición? Una noche entera reflexionó Natalio si llevar aquel pájaro en su mochila. Pero la sola posibilidad le daba asco. ¿Compartiría con alguien su descubrimiento? Emprendió el regreso dejando aquellos pájaros allí, incluyendo el caído sobre la hierba. Caminando por el sendero apenas señalado en la jungla hacia la destartalada camioneta que lo había llevado de ida, detrás de unos matorrales y árboles cuyo verde fosforecía, un campesino pescaba con una grulla atada por una pata a una gruesa cuerda. Apenas cobró su primera presa, Natalio prosiguió su retorno. Ya en Buenos Aires, la joven hermana de uno de sus socios, mayor que el muchacho pero mucho menor que Natalio, fijó su atención en él. No le había contado a nadie de los pájaros quietos. Pero... ¿quizás aquella mujer lo presentía? El alma femenina era un misterio aún mayor que el de los pájaros. (Este relato concluirá la próxima semana). Sobre la firma Newsletter Clarín

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