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  • Estaciones embrujadas y fantasmas. Los relatos que circulan en el parador más solitario de la ruta 40

    » La Nacion

    Fecha: 05/02/2026 02:55

    Por Leandro Vesco // Fotos: Hernán Zenteno 5 de febrero de 2026 Extracto del libro Patagonia, de editorial El Ateneo Estaciones embrujadas, fantasmas, ruidos extraños, alaridos en medio de la noche, luces que aparecen y desaparecen, mujeres espectrales que devoran hombres y piedras que se mueven y hablan por las noches. Los relatos que escucho en Los Tamariscos, el parador más solitario de la ruta 40. No paro más en esa estación, no pude dormir en toda la noche me dice Fernando Pardo, un camionero chileno que no llegó hasta este parador e hizo la noche en La Laurita, una vieja estación de servicio abandonado en el medio de la nada. En medio de la noche comenzaron a golpearle la puerta del camión, abrió y no vio a nadie. Intentó seguir durmiendo, y volvió a oír los golpes. Las historias así se oyen por docenas en este tramo desolado de la ruta 40 donde apenas se van viejas estaciones abandonadas, taperas y entradas a estancias que se pierden en la estepa. Transito hace años esta ruta, es una vena vieja y arrugada que late cansada en un horizonte tenso que produce espejismos sobre la melancólica recta que parece no tener fin, la Patagonia muestra un paisaje despojado de humanidad. Lentos y atontados por la soledad, algunos piches la cruzan en un viaje épico, algunos no llegan a hacerlo y sus restos son el alimento para las aves carroñeras. Los coirones secos son la única vegetación que sobrevive al imperio del desierto, como un oasis, al costado de la ruta, se ve una isla con los únicos árboles y una casa, es el parador Los Tamariscos, el más solitario de esta ruta que cruza todo el país. Llegar al parador es como llegar a casa. Es la casa de los camioneros que están cansados de ver espejismos en la ruta, de los viajeros que necesitan un guiso y de los puesteros de las estancias que llegan para poder hacer lo que más necesitan: hablar. A todos los que nos gusta la soledad llega un momento en que nos cansamos de oírnos y sabemos que estamos delante del precipicio de la locura, reconocemos ese punto de no retorno. Ahí es cuando es necesario salir y practicar la habilidad humana de hablar con otra persona. Los Tamariscos cumple esa función, tan vital como el sol y las pilas que alimentan las radios donde todos escuchan el programa Mensajes al poblador rural, la red social de los habitantes de las inabordables distancias de esta tierra que tiene profundas conexiones entre el cielo, sus piedras y los resecos coirones. Llego a Los Tamariscos con un sueño: soñar una noche allí. El parador es un hogar tibio, tiene una pequeña habitación con dos camas con las puertas abiertas, con sábanas siempre limpias y perfumadas. Leandro, tanto tiempo sin verte. Liliana Prieto, de ella se trata. Su familia está acá desde que se formó el viento. Está detrás del mostrador del parador y de la enorme cocina a leña que tiene en una habitación contigua. Esa cocina comedor es una reliquia, en una esquina tiene mil platitos, una mesa y estanterías con frascos eternos. En una mesada de mármol siempre tiene torta fritas y torta de manzana, tibia, recién salida del horno. Liliana tiene dos ojos claros que iluminan muchos kilómetros y una sonrisa que es un sol. Todos paran acá por varias razones, una de ellas porque se puede comer comida bien hecha, y sabrosa, el guiso de cordero es sagrado, tomar sopa, café con leche, comprar ropa, ungüentos con recetas magistrales, tomar una ginebra y algo asombroso: libros. Vende libros de temática local. Nos alegramos de vernos. Y hablamos, por horas. Se me hace que una arteria importante de ese corazón que busco está en la sonrisa y en la mirada de Liliana. Somos los únicos seres humanos que nos animamos a vivir acá, somos pueblo de dos habitantes que no tiene capilla ni calles ni escuela, pero si tenemos muertos enterrados. Algo es cierto: no hay nada cerca nuestro. Es la tercera generación a cargo del parador, que tiene las señales propias de un almacén de ramos generales austral, está al sur de Chubut, a 630 kilómetros de Rawson, la capital provincial y a 120 de Gobernador Costa, el pueblo más cercano, aunque a 50 de Facundo, una pequeña comunidad de 200 habitantes. Aislados, ella y uno de sus hijos, Maximiliano Morales, son los únicos ocupantes de una extensa porción de este territorio del mapa chubutense. Tienen electricidad por generador, no hay señal telefónica, el agua la obtienen por un pozo que hicieron sus abuelos tardaron tres años- a pico y pala hasta hallar la napa a 42 metros de profundidad. Tres años bajo tierra buscando agua. Por año caían diez gotas del cielo y eso es lo que tomaban -dice Liliana sonriendo. Un refugio para los viajeros ¿Por qué te gustan estos lugares solitarios? -me pregunta mientras me ofrece una ginebra. Siempre hay gente en el parador, por unos minutos estamos solos. Porque siento que estoy lejos. No sé de qué lugar o con respecto a cuál hogar. Pero me gusta sentir que estoy lejos. Mientras más lejos, siento que más me acerco a algo que sé que me está esperando. Un detalle en el parador es el epitome de la relación que tiene Los Tamariscos con la modernidad: una pantalla solar alimenta una antena que capta una señal de internet. Vaya uno a saber de dónde viene esa señal. El Wi Fi es libre, aclara Maximiliano, y no se corta cuando apagan el generador a la medianoche. Esa señal es la única conexión con el afuera. Es usada para dar señales de vida. Los camioneros y los viajeros necesitan oír voces familiares. Un audio puede hacer la diferencia entre un mal y un buen sueño. Pequeñas emociones en tierras desguarnecidas. Somos un servicio para los solitarios, estamos siempre abiertos. No podemos cerrar, y cuando lo hacemos todos saben que vivimos acá. Y salimos al auxilio. Abren de 8 hasta las 23 horas, oficialmente. Para las fiestas algunos deben seguir sus labores incluso viajeros que recorren el mundo, o puesteros que viven en soledad se acercan al parador para compartir voces que no sean las que emite una radio y algo muy valorado en estas irredentas regiones: la comida de Liliana. Todo se hace a mano y bajo el calor de la madera y el hierro fundido. Elementos nobles, cuchillos y cucharas que cortan y revuelven automatizados por el imperio del recuerdo. En un helado sótano guarda las bebidas, verduras, salames, quesos y algunos lácteos. Las manzanas de la cordillera duran en buen estado hasta cinco meses. Es nuestro freezer, me cuenta Prieto, siempre sonriente. Incluso los panes de manteca se mantienen duros como piedra. La piel de la estepa es fría, con sangre de tiempo y un latir misericordioso. Toca la tierra, la roca, están gélidas. Subimos al salón y veo bombachas, cigarrillos, ropas térmicas, alpargatas, pegamento, pomadas para calmar dolores con recetas magistrales, un hepatoprotector casero, latas, conservas, hierbas que recolecta Liliana y una estantería con caña, ginebra y esos libros de autores patagónicos que están a la venta. Una librería en la nada misma. Es un refugio de humanidad. Está abierto desde 1938. En una sala más grande, una salamandra entibia las paredes. Están colgados cuadras de artistas que han retratado al parador. Al fondo, un museo con la historia de la familia y de las cosas que han juntado con el paso del tiempo. La historia de la familia es la de esta porción de tierra. Es un portal hacia historias extraviadas en tormentas de polvo y nieve de almanaques usados. De muertes y fotos proyectadas al neutro sentimiento de aquello que pasó hace tanto. Pero me llaman la atención algunas cosas: cuchillos, flechas tehuelches, sables de la conquista del Desierto y una sidra que regalaba Perón en su primer gobierno. Piedras, y máquinas de escribir. La joya es una victrola que aún gira con un disco de pasta de Gardel. En este bucle temporal, todos los días madre e hijo viven el mismo guion. Amasar, hacer bifes, huevos fritos y atender a los camioneros chilenos y a los viajeros. Sus bisabuelos llegaron en 1907 a la costa del rio Senguer, a 8 kilómetros de la actual ubicación del parador. Sus abuelos decidieron construir un almacén y lo iban a hacer sobre el río donde pasaba la huella de las carretas, pero la abuela vio un día el avión del legendario Casimiro Szlápelis, que volaba la región con su Pipper Chimango para diseñar la traza de la ruta 40, aterrizó y le dijo que iba a pasar por donde está en la actualidad y levantaron el almacén donde hoy se halla Los Tamariscos. ¿Conoces la historia de Casimiro? -me pregunta Liliana. Me la cuenta. Casamiro se manejaba en avión por la estepa. Fue minero, emprendedor y un romántico aventurero. Cuando pasaba por las escuelas de la estepa, en vuelo rasante, la bombardeaba con caramelos para los niños y cuando murió su esposa, dicen en el camino, que pasaba por el cementerio con una lluvia de flores. Historias como estas son las que sobran. En una mesa está Alejandro Aguado, es el escritor que ha pasado gran parte de su vida caminando por puestos y estancias, caminos solitarios y oyendo historias. Me interesan las fantásticas. La Trauca es una mujer de aspecto fantasmal que está vestida con un vestido largo y emite una luz azul tenue, secuestra hombres y nunca más se los vuelve a ver. El Hombre de Negro es una de las apariciones más vistas en la estepa. Aparece en parajes alejados y deshabitados. Aparece, saluda y desaparece. La Sombra es temida porque es una entidad demoníaca que se manifiesta como un ser con forma humana, pero en realidad es un espíritu maligno que busca al brujo a la bruja que lo invocó dice Aguado y me señala en la estantería su libro, Patagonia Fantástica. Oasis. Alpargatas, sidra y compañía, en Los Tamariscos los camioneros encuentran un refugio a la soledad Me sigue contando, mientras Liliana sirve un plato de huevos fritos con un café con leche a un camionero chileno. Muchos han visto los autos fantasmas, que andan por los caminos sin conductor, ranchos que desaparecen, las piedras que caminan. ¿Cómo una piedra puede caminar? -le pregunto. Es la Patagonia -me contesta apretando sus labios y levantando los hombros. Esas piedras se mueven solas y los puesteros les clavan una madera al lado a la noche y al otro día se dan cuenta cuánto se movieron. El Calcú es un hombre que tiene el poder de comunicarse con el mal. El más famoso de los lugares embrujados es el puesto de Moyano. Está bien conservado, sólo tiene unos vidrios rotos, y podría ser habitado, es una casa casa grande pero está en el medio de la nada, ningún gaucho pasa la noche porque los que lo hicieron dicen haber visto fantasmas que corren por los pasillos, aparecen por las puertas y gritan y aúllan. Nadie pasa cerca del puesto de Moyano. En el mostrador no es inusual oír relatos sobre presencias y leyendas. En la dilatada geografía esteparia, muy dispersos e inaccesibles se hallan los puestos de algunas estancias. Son habitados por hombres solos. Los parajes y accidentes geográficos sugieren historias, como el Matasiete, la Aguada Loca, la Meseta La Yeta, el cerro Las Calaveras y la Puerta del Diablo. Yo quiero fundar un pueblo, hace casi 100 años que estamos acá -dice Liliana. Mi madre iba a buscar a los muertos, dice. Desde 1997 hasta el 2013, atendió el parador, se llamaba Herminia Böhme, pero le decían Trudy. Mujer de gran personalidad, curtida por el viento, el polvo y la nieve, cuando ocurría un fatal acontecimiento salía en su auto para traer al fallecido y llevarlo al pueblo más cercano. Recibía hasta los años 70, cueros y plumas de puesteros y aborígenes. Siempre fue muy solidaria, jamás dejó a nadie sin comer. Tuvo un sueño: una vez que no estuviera en este mundo, ser enterrada en el parador. Cumplieron su deseo. El día se va cerrando, y la noche se descubre abrupta. Los camioneros cenan temprano. Los chilenos son los principales clientes del parador. Sin poder hacerlo por tierra en su país, la ruta 40 es el corredor oceánico que usan para trasportar toda clase de cargas hasta Punta Arenas. En ruta es un viaje de cuatro días, pero entre las aduanas y la espera para cargar o descargar cada trayecto dura de entre 8 a 12 días. Hacen dos viajes por mes. Cargan combustible en Chile y luego de regreso en Punta Arenas, no lo hacen en nuestro país. Llevan una mochila de 1200 litros extras, y un segundo motor que alimenta un sistema de calefacción para hacerle frente al clima extremo. Los camiones son como casas rodantes con habitación, baño, televisión satelital y todas las comodidades. Viven allí. Uno me cuenta que cuanto está más de tres días en su casa extraña el camino. Desayunan bistec (un bife) con huevos fritos y una gran taza de café, los que llegan a la tarde, le agregan al menú calórico torta frita. Manejan gran parte del día, en invierno salen a las 8 hasta las 21 y en verano de 5 a 23 hs. Llevan plata chilena, dólares y pesos argentinos. Algunos hace años que paran y el parador los reúne. Son una familia de almas en movimiento. Liliana me invita a comer un guiso, es casi la medianoche. Su cocina está a un costado del almacén. De vez en cuando alguien entra a buscar algo. Hace frío. Pero la cocina a leña caliente el ambiente, también el vino. Hablamos de nuestras vidas, cosas intimas y sueños que queremos cumplir. El guiso es muy sabroso, sólo una madre puede llegar a elevar el sabor de elementos tan simples dentro de una olla. A veces la luz parpadea. El parador es una isla en un océano de viento. Sin ser un faro, lo es. Es la única luz en la desusada noche. Si ves luces, son las luces que vienen de a estepa y se quedan flotando en la ruta, pero son buenas. -Así me despide Liliana. Me acuesto en la pequeña habitación. La cama, de resortes y las cinco cobijas, me hunden en un estado de alucinación, siento el principio del frío. Las paredes tiemblan, el vidrio cruje. Me siento finalmente lejos de todo, y de todos. Me duermo. Créditos - Edición fotográfica Aníbal Greco - Infografía Alejandro Bogado - Diseño María Rodríguez Alcobendas Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados

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