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  • Cambios de estación y sus efectos en la salud

    Parana » Uno

    Fecha: 04/02/2026 20:47

    No vivimos igual un día de enero que uno de agosto. El cuerpo lo sabe incluso antes de que miremos el pronóstico: cambia la luz, los horarios, se modifican las comidas, el movimiento y el humor. A lo largo del año vamos ajustando rutinas casi sin pensarlo, pero por dentro se activan mecanismos muy concretos para adaptarse a cada estación. Cambios de estación y sus efectos en la salud Cómo afectan las estaciones al cuerpo y por qué cambian nuestras defensas, el ánimo, la digestión y el descanso según la época del año. El efecto del verano en nuestras defensas En verano suele aparecer una sensación general de mayor bienestar físico. No es solo cuestión de buen humor por el sol. La ciencia ha demostrado que en los meses cálidos confluyen varios factores que juegan a favor del organismo. Por un lado, la alimentación tiende a volverse más ligera, con protagonismo de frutas, verduras frescas y preparaciones frías. Esa combinación aporta fibra, vitaminas y minerales que ayudan a mantener en buen estado la microbiota intestinal, ese ecosistema de bacterias que vive en el intestino y que se vincula con la digestión y sistema inmune. (Esta combinación aporta fibra, vitaminas y minerales que ayudan a mantener en buen estado la microbiota intestinal, un ecosistema de bacterias que habita en el intestino y que está estrechamente relacionado tanto con la digestión como con el sistema inmunológico) Al mismo tiempo, los días largos invitan a moverse más y pasar tiempo al aire libre. Caminar, nadar, andar en bicicleta o simplemente estar fuera de casa favorecen la circulación, el tono muscular y también el estado de ánimo. La exposición razonable al sol, sin descuidar la protección de la piel, estimula la síntesis de vitamina D, relacionada con la salud ósea y la respuesta inmunológica. El frío, los días cortos y la sensación de baja energía Otoño e invierno traen otra cara de la historia. Aun cuando el frío por sí mismo no sea un enemigo directo de las defensas, sí modifica el escenario donde se mueve nuestro organismo. Las bajas temperaturas enfrían el aire y las mucosas de nariz y boca, lo que favorece que ciertos virus respiratorios se reproduzcan con más facilidad. A eso se suma que pasamos más horas en espacios cerrados, compartiendo ambientes con poca ventilación, algo que facilita los contagios. En paralelo, los días se acortan y la exposición a la luz natural disminuye. Ese simple hecho puede alterar ritmos hormonales vinculados al sueño y al estado de ánimo. No es extraño que en pleno invierno aparezcan mayor cansancio, falta de motivación o cambios en el patrón de descanso, fenómenos que algunos médicos asocian con variaciones estacionales en neurotransmisores como la serotonina. Primavera y ese cansancio difícil de explicar La llegada de la primavera tiene una doble cara. De un lado, más horas de luz, temperaturas suaves, ganas de retomar actividades al aire libre y una vuelta marcada a alimentos frescos. Del otro, un periodo de transición en el que el cuerpo necesita recalibrar su reloj interno. En esa etapa muchas personas describen una mezcla de agotamiento permanente, dificultad para concentrarse, sueño poco reparador, cambios de apetito o irritabilidad. Es lo que se conoce como astenia primaveral: un cuadro en el que no hay una enfermedad de base concreta, pero sí una sensación persistente de falta de energía que se vincula con ajustes hormonales propios del cambio de estación. En paralelo, la floración de las plantas y el aumento de partículas de polen en el aire pueden provocar que personas predispuestas desarrollen síntomas respiratorios, oculares y cutáneos, a veces de larga duración. Cuando el sistema inmune interpreta el polen como una amenaza, reacciona de manera exagerada y se desencadena la conocida alergia, con estornudos, secreción nasal, picazón y molestias que interfieren con la vida diaria si no se manejan adecuadamente. Cómo acompañar al cuerpo en cada temporada No es posible controlar el clima, pero sí construir hábitos que amortigüen los efectos de las estaciones sobre el organismo: - Dar prioridad a una alimentación variada, con presencia diaria de vegetales y frutas, adaptando las preparaciones al clima, pero sin perder calidad nutricional. - Mantener rutinas de movimiento realistas para cada momento del año: tal vez en invierno no sea el mejor momento para largas caminatas nocturnas, pero sí para ejercicios puertas adentro que mantengan activo al cuerpo. - Cuidar la higiene del sueño, respetando horarios más o menos estables, reduciendo pantallas antes de dormir y aprovechando al máximo la luz natural durante el día. - Proteger la piel con hidratación y fotoprotección adecuadas, incluso en jornadas nubladas, para evitar que las variaciones de temperatura y radiación pasen factura. - Vigilar la conservación de los alimentos en épocas de calor y no subestimar síntomas digestivos persistentes. - Acudir a un profesional de la salud cuando los cambios de estación traen cada año los mismos cuadros reiterados, ya sea respiratorios, digestivos, cutáneos o de ánimo, para evaluar estrategias preventivas y tratamientos a medida. Las estaciones funcionan casi como un lenguaje silencioso que el cuerpo interpreta mejor de lo que creemos. Observar cómo respondemos personalmente a cada periodo del año puede convertirse en una herramienta útil para anticipar molestias, ajustar conductas y pedir ayuda profesional en el momento oportuno.

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