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Fecha: 04/02/2026 06:14
Soy esclavo de tu carne. Tiemblo mientras lo digo, siento fiebre al pensar en tu cuerpecito delicioso que me quiero comer entero a besos. Y tú tienes que adorar mi cuerpo, el de tu gigante. Te deseo como un loco, escribió Benito Mussolini en una de las cartas que le enviaba a Clara Petacci. Hay hombres que hacen de la historia un escenario y de su vida privada un campo de batalla. Benito Mussolini fue uno de ellos. Antes de convertirse en el dictador fascista que llevó a Italia al desastre, fue un hombre amado, sostenido, pensado y deseado por mujeres muy distintas entre sí. Mujeres que no solo revelan su intimidad, sino también la lógica profunda de un poder que no admitía reclamos, verdades incómodas ni límites afectivos. Leé también: Marie Curie: la científica ganadora de dos Nobel que recibió una condena pública por amar a un hombre casado Las mujeres de Mussolini provenían de distintas clases sociales, aunque la mayoría pertenecía a la burguesía. Las aristócratas lo incomodaban; las mujeres de origen demasiado humilde no le resultaban funcionales. Prefería a aquellas que combinaban independencia con admiración, carácter con entrega. En su vida hubo cuatro figuras decisivas: Ida Dalser, Margherita Sarfatti, Rachele Guidi y Clara Petacci. Cuatro maneras de amar al mismo hombre. Cuatro destinos atravesados por el mismo final simbólico: el sacrificio. Ida Dalser: el amor que el poder hizo desaparecer Antes del Duce hubo un Mussolini joven, errático, socialista, sin dinero ni prestigio. En ese momento apareció Ida Irene Dalser. Había estudiado medicina estética y tenía un salón de belleza en Milán, un detalle clave: era una mujer económicamente autónoma en una época en la que eso era una rareza. Ida no solo lo amó: lo sostuvo. Financió sus proyectos, creyó en su talento político, apostó cuando todavía no había nada que ganar. Con Ida tuvo un hijo, Benito Albino Mussolini, al que reconoció oficialmente en 1915, antes de partir al frente. Durante un tiempo, Ida ocupó un lugar legítimo en su vida. Pero cuando el poder empezó a consolidarse, ella se convirtió en un problema. Ida hablaba, reclamaba, mostraba documentos. Exigía reconocimiento. El fascismo no podía permitirse grietas en el mito del líder. La solución fue brutal y eficaz. Ida fue vigilada por la policía, aislada y finalmente internada en un manicomio. Murió allí en 1937, sola, silenciada, convertida en un error que había que borrar. Su hijo corrió la misma suerte: perseguido, internado, destruido psicológicamente hasta morir joven. El primer gran amor de Mussolini no terminó en abandono: terminó en eliminación. El poder había aprendido su lección. Margherita Sarfatti: la mujer que lo convirtió en mito Después de Ida y antes de Clara hubo otra mujer decisiva, aunque su lugar no fue el del hogar ni el de la devoción romántica. Margherita Sarfatti fue su amante, pero sobre todo fue su arquitecta intelectual. Nacida en una familia judía riquísima de Venecia, Margherita era culta, sofisticada, crítica de arte, habituada a los salones culturales y al debate político. Cuando conoció a Mussolini, él todavía no era el Duce, pero ya quería serlo. Ella vio en él algo que otros no veían: un material en bruto capaz de convertirse en personaje histórico. Leé también: El amor gay prohibido de Oscar Wilde por el que fue a la cárcel, perdió su dinero, su carrera y a sus hijos La relación fue intensa y prolongada. Compartieron camas, ideas y estrategias. Margherita lo ayudó a pulir discursos, a construir una imagen, a pensarse como líder. Fue la autora de Dux, la biografía oficial que lo presentó al mundo como el hombre destinado a gobernar Italia. A diferencia de otras mujeres, no lo adoraba: lo discutía, lo corregía, lo interpretaba. Mussolini aceptaba ese juego porque sabía que ella lo engrandecía. La ironía fue cruel. Margherita era judía. Cuando el fascismo viró hacia el antisemitismo y Mussolini firmó las leyes raciales, ella dejó de ser útil. Como Ida, fue desplazada. Como Ida, fue borrada. El poder ya no necesitaba a la mujer que pensaba: necesitaba obediencia. Rachele Guidi: la mujer de la infancia Hay un dato incómodo que vuelve más compleja la historia entre Rachele Guidi y Mussolini: durante su infancia, Rachele fue literalmente su hermanastra. Compartieron casa y rutina en Predappio, un pueblo pequeño donde nada se explica y todo se naturaliza. No eran hermanos de sangre, pero crecieron como familia ensamblada. Rachele no fue una mujer conquistada: fue una presencia constante. Tal vez por eso su lugar nunca fue el de la pasión exhibida, sino el de la raíz. Ella misma contó años después que nunca había tenido relaciones sexuales y que Mussolini la forzó brutalmente sobre una butaca. El inicio del vínculo estuvo marcado por la violencia, una marca que se repetiría en su modo de amar. Con Rachele vivió la pobreza, los embarazos, la espera. Tuvieron cinco hijos y encarnaron, puertas adentro, la familia numerosa que el fascismo exaltaría como modelo. Cuando Mussolini llegó al poder, su lugar no cambió: se volvió más invisible. No fue una primera dama glamorosa. Representaba la Italia tradicional, fértil y silenciosa. Rachele sabía de Ida, de Margherita, de las amantes. Eligió callar. Eligió quedarse. Años después diría que solo tres mujeres le habían hecho verdadero daño: Ida Dalser, Margherita Sarfatti y Clara Petacci. Ella sobrevivió a todas. Clara Petacci: el amor absoluto Clara Petacci nació en 1912, en una familia burguesa y católica. Desde adolescente, Mussolini fue para ella una figura casi providencial. Cuando se conocieron en 1932, ella tenía 20 años y él 49, todo el poder y una vida ya armada. La relación fue desigual desde el inicio: admiración, deseo, entrega. En la intimidad, el vínculo fue profundamente carnal. Las cartas revelan un lenguaje posesivo, febril, excesivo. Mussolini necesitaba dominar incluso en el deseo. Clara aceptó ese lugar como consagración. Ser deseada por él era existir. Leé también: La relación abierta más provocadora: el día que Simone de Beauvoir rechazó casarse con Jean-Paul Sartre Para Mussolini, Clara fue refugio. Para Clara, la espera fue destino. Vivió pendiente de sus llamados, de sus silencios, de su cuerpo. Mientras Italia se incendiaba, ella seguía creyendo en el hombre íntimo, incomprendido, distinto al dictador que el mundo odiaba. Cuando el régimen cayó, Clara tuvo la oportunidad de salvarse. No lo hizo. Eligió quedarse. Eligió morir con él. Fue fusilada junto a Mussolini el 28 de abril de 1945. Se interpuso entre las balas y su cuerpo. Murió como había vivido: aferrada a él. Cuatro mujeres, un mismo hombre Ida fue el amor sostenedor que el poder eliminó. Margherita, la mente que lo construyó y fue descartada. Rachele, la mujer que resistió y sobrevivió. Clara, la devoción que eligió morir. Ninguna fue responsable del fascismo. Todas pagaron el precio de amar a un hombre incapaz de separar el deseo del dominio. Porque incluso los dictadores aman. Pero no todos saben amar sin destruir. Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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