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  • Una mirada desde la alcantarilla. Dormir con un ojo abierto - 9 Digital - Mi 9

    Paraná » 9digital

    Fecha: 02/02/2026 09:42

    Dormir con un ojo abierto Words are events, they do things, change things. They transform both speaker and hearer; they feed energy back and forth and amplify it. They feed understanding or emotion back and forth and amplify it. Úrsula K. Le Güin No creo que podamos precisar el punto de partida en el que la escritura se vuelve medio para procesar el mundo, antes de que ella se hiciera trazo estuvo su música, la entonación de las palabras, el balbuceo del decir que se renueva, la perseverancia de la falla en la lengua. Creo que hablamos por error y por insuficiencia, creo que por eso el encantamiento está en el léxico ajeno del que nos apropiamos imitando y haciendo uso único. Un léxico familiar que se amplía y se quema. Escribimos para conocer qué pensamos, de qué somos capaces de imaginar, por descubrimiento y sorpresa, por necesidad de quitarnos la costumbre y la norma, por rebeldía y por identidad. Y ahí, en esos vaivenes las palabras se colocan como un balde lleno de piezas que podemos encastrar o combinar sin que calcen a simple vista. Arrojamos lo que contiene el recipiente que nos dan para que hablemos y empezamos a formar palabras y a deformarlas. Siento siempre que escribir es darle al corazón un latido más entre los pálpitos. Cuando era chica imaginaba locuciones, cosas que podría haber dicho, conversaciones inexistentes me perseguían día y noche. Todos los fantasmas que tuve fueron buenos con las palabras, pronunciaron discursos que cambiaban mi percepción pero que a su vez se olvidaban como los sueños reconfortantes. Entonces creo que la búsqueda de ese latido es la que nos mantiene, a quienes inevitablemente escribimos, con el ojo abierto. En la ferocidad de los textos aparecen todos los miedos y todos los conjuros. La burla al tiempo y a la vida, la insolencia ante la muerte. El cuerpo después de escribir se transforma, marchita, decae, se tonifica o se amputa. Nunca salimos ilesos de la escritura y sin embargo, incurrimos en que nos atropelle una y otra vez, para que los sucesos sean otros, para que la lengua despunte como una planta que después del invierno permite a los brotes que se asomen. Me enamoran las palabras, las sueltas cuando parecen una burbuja que flota, las encadenadas como dientes que mastican el oído. La forma que tienen en una u otra boca. La manera de dejarse arrastrar con otras que nunca antes las habían escoltado. Las épocas que contienen, la venganza de clase, la melodía, el aroma, su rugosidad, la cáscara que abren ser escuchadas. Yo pienso que tenemos un lenguaje íntimo y que al compartirlo quien se lo apropia lo convierte en extraño para nosotros mismos. Dice Úrsula K. Le Güin que las palabras crean eventos, que hacen cosas, que las cambian. Las palabras, para ella, transforman. Virginia Wolf aseguraba que las palabras nunca hacen nada útil y que las palabras son las únicas cosas que dicen la verdad y nada más que la verdad. Creo en eso de lo cierto, en esa uña que parece despegarse de la carne: ahí está la verdadera llaga. Las palabras en su fuga interminable, en su capacidad de condensar emoción y de hacer estremecer hacen visible su poder. En la literatura, en la producción de textos en donde el desafío es decirlo lo mejor posible (y que ese mejor no sea eficiente ni comunicativo, ni legible, ni útil, ni más cercano a la intención del autor) las palabras muestran su posición de despegue. Como si fueran patos a la noche sobre un lago, con el sueño apenas incorporado al descanso. Los patos, los que padecen insomnio, los traumados, las ballenas y quienes escribimos vivimos el sueño con una alerta: quizás eso sea escribible. Escribible como vivible, algo que no me quiero perder, algo que no puede dejar pasar desapercibido y que se escurre. Entonces, como las hembras a las que le han quitado un hijo, dejamos de entregarnos a todo excepto a la desesperación por la huella, a la búsqueda de la semilla justa entre las toneladas del silo. Eso que buscamos que germine, eso que sabemos que en cualquier momento se desvanece o muere, eso que si brota y crece demasiado puede que nos invada como un cáncer o una hiedra, eso que regamos a diario y que regalamos en gajos para que otros también tengan: las palabras y lo que se escurre entre ellas. El drenaje y su poder. Y corremos atrás, en la fila de los patos insomnes, persiguiendo el corazón rengo y eso que dijo Margaret Atwood tiene más fuerza: Palabra tras palabra tras palabra es poder.

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