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  • Las vacaciones y el sentido de la vida

    » Clarin

    Fecha: 02/02/2026 06:38

    No sé si volver de vacaciones despierta mis más profundas inquietudes filosóficas, o retomar la rutina laboral agiganta mi sed de verdades existenciales, pero hallarme una vez más aquí sentada delante de la compu, tan bronceada para este cuarto cerrado, tan salada para mi actual distancia al mar, me fuerza a preguntarme, cual adolescente con flequillo emo que no quiere empezar las clases, ¿cuál es el sentido de la vida? Yo sé que este tipo de dudas son para etapas especiales, como la pubertad o la crisis de la mediana edad, pero la verdad es que a mí me atacan cada media cuadra. Y, digamos todo, el virtuoso ciclo capitalista de mulear todo el año para juntar tres monedas, reventarlas en dos semanas en la costa y arrancar otra vez el yugo, no desfavorece esta inclinación. Cuando entro en este loop trato de recordar mis clases de filosofía del secundario. Pienso primero en los griegos: para Platón el sentido de la vida era usar la razón para encontrar la verdad. Aristóteles hablaba de buscar el florecimiento. Después estaba ese eterno River-Boca entre estoicos y epicúreos: unos se sentían realizados por aguantar el sufrimiento y los otros por perseguir el placer. De entre los modernos me acuerdo de Kant, que apuntaba a vivir según la moral y la ética, y Sartre, el primero que se animó a blanquear que no había ningún sentido de nada. La verdad, ninguno me llegó demasiado. También tengo que admitir que filosofía fue una materia que zafé chamuyando y nunca estudié a fondo. En biología, en cambio, me tocó una profe muy exigente que me mandó a marzo y la tuve que preparar en serio. La estructura de las células, la variedad de los reinos, la riqueza de los organismos, me dio una perspectiva más amplia sobre el misterio de la existencia que todas las teorías elaboradas por las ciencias humanas. La naturaleza alberga un amplísimo repertorio de formas de vida completamente independientes de nosotros, igual de complejas y valiosas, que prosperan y se reproducen sin ninguna necesidad de andar cuestionándose el por qué de cada cosa. Quizás sea por eso que cuando salgo de la ciudad en el anhelado receso estival y camino por un bosque, chapoteo en la orilla del mar o miro las estrellas, las flores y las hormigas, esa angustia existencial que tanto padezco durante el año desaparece. En esos breves contactos silvestres me siento parte del Todo fabuloso que es la Tierra, el sistema solar, la vía láctea, y no necesito preguntarme cada cinco minutos para qué cuernos vivo. En fin, si pensaban que iba a cerrar con algún tipo de respuesta o reflexión sabia lamento decepcionarlos. Obviamente no tengo la menor idea de cuál es el sentido de la vida. Solo soy un vertebrado bípedo forzado a la sedestación, aporrenado las veintisiete letras de su viejo teclado para ganarse, como cada año, las próximas vacaciones. Sobre la firma Newsletter Clarín

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