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» Clarin
Fecha: 02/02/2026 06:38
En abril de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, viajará a Beijing para reunirse con Xi Jinping, en un encuentro ya confirmado por ambas partes, aunque aún sin fecha exacta dentro del mes. No se trata de una cumbre más. Será, probablemente, el evento bilateral más relevante del año y uno de los hitos geopolíticos de la década. Estados Unidos y China concentran juntos más del 42% del PBI mundial medido en paridad de poder adquisitivo, explican cerca del 30% del comercio global, lideran la carrera tecnológica en inteligencia artificial, semiconductores y espacio, y destinan sumados más de 1,2 billones de dólares anuales en gasto militar. El solo hecho de que sus líderes se sienten a negociar altera expectativas, mercados y alineamientos estratégicos en todo el planeta. China, el competidor central en la visión de Trump Para Trump, China no es un rival circunstancial ni un problema sectorial. Es el competidor estratégico principal. Así lo fue durante su primer mandato, cuando inició la guerra comercial imponiendo aranceles que llegaron a afectar más de USD 370.000 millones en intercambios bilaterales, y así lo vuelve a ser ahora, con una agenda explícita de reindustrialización estadounidense, control de cadenas de suministro críticas y disputa por la supremacía tecnológica. En 2025, el déficit comercial de Estados Unidos con China volvió a ubicarse por encima de los USD 250.000 millones, pese a años de desacople parcial. China sigue siendo el principal proveedor de bienes industriales del mercado estadounidense, mientras Washington intenta limitar el acceso chino a tecnologías clave como chips avanzados, computación cuántica y sistemas de IA de uso dual. En ese contexto, la reunión de Beijing aparece como el punto de convergencia de una estrategia mucho más amplia. ¿Una sobreactuación global como mensaje estratégico? Desde su regreso al poder, Trump ha desplegado una política exterior hiperactiva, confrontativa y, en muchos casos, deliberadamente exagerada. Tensiones comerciales con aliados, presiones sobre Méjico y Canadá, advertencias a Europa, movimientos duros en Medio Oriente y África, redefiniciones en Ucrania, gestos de fuerza en América Latina y declaraciones altisonantes sobre territorios estratégicos como Groenlandia o el Canal de Panamá. Leídas de manera aislada, estas acciones parecen desordenadas. Observadas en conjunto, sugieren otra lógica: construir una narrativa de poder global sin restricciones, demostrar que Estados Unidos conserva la capacidad de influir o desestabilizar en múltiples teatros simultáneamente, y que ningún actor regional o global puede ignorar su voluntad. El mensaje implícito parece dirigido menos a aliados circunstanciales que a un destinatario central: China. Trump necesita llegar a Beijing no solo con propuestas, sino con credenciales de dominación, mostrando que Washington sigue siendo el actor capaz de imponer costos, condicionar decisiones y alterar equilibrios. El factor militar y tecnológico Los números refuerzan esa lógica. Estados Unidos mantiene un presupuesto de defensa cercano a los USD 900.000 millones, con presencia militar directa en más de 70 países. China, por su parte, supera ya los USD 300.000 millones oficiales, con una Fuerza Naval que es numéricamente la más grande del mundo y un acelerado proceso de modernización nuclear y aeroespacial. En tecnología, ambos países concentran más del 55% de la inversión global en inteligencia artificial, y lideran el registro de patentes estratégicas. La disputa ya no es solo económica: es civilizatoria y sistémica. Xi Jinping: firmeza, paciencia y largo plazo Xi Jinping llega a esta cumbre con otra lógica. China piensa en décadas, no en ciclos electorales. Su prioridad es sostener estabilidad interna, evitar una confrontación militar directa y seguir expandiendo su influencia económica mediante infraestructura, financiamiento y comercio. Pero Beijing no está dispuesto a aceptar imposiciones unilaterales ni a resignar sus líneas rojas, especialmente en temas como Taiwán, el Mar del Sur de China o el control tecnológico. Davos y los límites al poder de Trump Aunque Trump intenta proyectar una imagen de liderazgo sobre la escena global, su paso por Davos dejó al descubierto ciertos límites. Lejos de encontrar un foro complaciente, se enfrentó a una audiencia que, si bien reconoce su capacidad disruptiva, empieza a mirar más allá de su figura. El América Primero choca allí con un Mundo Conectado que, aunque golpeado, no se ha rendido. Un punto de inflexión para el mundo La reunión de abril de 2026 no resolverá la competencia entre Estados Unidos y China. Pero puede definir su intensidad y su forma. Un entendimiento mínimo podría estabilizar mercados, reducir tensiones y abrir espacios de negociación. Un fracaso, en cambio, aceleraría el desacople, profundizaría la fragmentación global y aumentaría el riesgo de conflictos indirectos. Para el resto del mundo incluida la Argentina el resultado no es neutro. Cada gesto, cada palabra y cada foto en Beijing tendrá consecuencias en comercio, inversiones, financiamiento y seguridad internacional. Trump parece decidido a llegar a esa mesa mostrando que todavía puede mover el tablero global. Xi buscará demostrar que China ya no se deja amedrentar. Entre ambos, se juega mucho más que una relación bilateral: se juega el equilibrio del orden mundial que viene. Sobre la firma Newsletter Clarín
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