01/02/2026 06:57
01/02/2026 06:54
01/02/2026 06:46
01/02/2026 06:45
01/02/2026 06:33
01/02/2026 06:27
01/02/2026 06:15
01/02/2026 06:08
01/02/2026 06:08
01/02/2026 06:08
» TN
Fecha: 01/02/2026 05:54
A Nadia no le alcanzan las palabras para describir lo que vivió. Desde el desamparo de dormir en la calle hasta el pánico de tener al lado a su abusador. Sin embargo, fueron las palabras las que la salvaron. Leé también: Se conocieron de vacaciones, usan el traductor para comunicarse y decidieron casarse: Él es diferente Así como los cuentos de hadas terminan con vivieron felices para siempre, Nadia Cornalino hoy hace suyas esas palabras. Con el paso del tiempo, su esfuerzo y una lapicera en mano, logró construir una vida feliz. A los cinco años, su papá y su mamá la abandonaron y quedó al cuidado de su abuela. Extrañaba a su familia y, por esa razón, empezó a escribirles mensajes que no iban a ninguna parte. Sin embargo, escribir la aliviaba. La soledad, el frío y el miedo El desamparo empezó cuando vivía en la calle con su madre, con frío y muchas veces sin comer. Por hambre, se había acostumbrado al dolor de panza y el frío le entumecía los dedos. Después de haber sido abandonada, Nadia pasó por tres institutos de menores. "Estábamos todo el día en la calle, vagabundeando, solos", recuerda. Su mejor recuerdo son los meses que vivió con Eva, la abuela paterna. Durante ese tiempo, Nadia siente que fue cuidada con amor. Hasta planearon vacaciones que nunca llegaron: Gloria, la pareja de su papá, no quiso que Nadia siguiera en la casa y decidió enviarla a un instituto de menores. Leé también: Tenía una banda, tuvo un accidente que lo dejó en coma y hoy enseña diseño en una cárcel: Ahora soy feliz El recorrido por los institutos de menores Un día sacó los recuerdos del baúl. Con mucha fuerza de voluntad, y más de treinta años después, publicó su historia de vida en el libro Salir del Sótano. Nadia llegó al primer instituto de adolescentes mujeres con apenas seis años. Sufrió violencia y acoso por ser la más chica: Ellas eran mucho más grandes que yo, me golpeaban y yo lloraba mucho. Fue allí donde la escritura empezó a convertirse en refugio. Le escribía a mi papá, a mi abuela, como era niña yo sólo ponía un te extraño papá como una carta. Pasó luego por otro hogar, de una comunidad evangélica. La obligaban a trabajar en una huerta y a pelar verduras bajo el sol. Sabía que no eran tareas para una nena de su edad. El tercer instituto fue distinto. Llegó en taxi y lo recuerda como el mejor de todos: El Hogar Carlos Arenaza. No le faltó comida, y tuvo vacaciones en Chapadmalal. Ese hogar me hacía sentir cuidada con amor, algo que ningún familiar hizo en esos años. El principio de la pesadilla En 1994 le informaron que sería trasladada a lo de una familia sustituta. Fue llevada a San Miguel, a la casa de un matrimonio que tenía cinco hijos; Nadia la bautizó el sótano: un infierno. Ahí sufrí más violencia que en ningún otro lugar, contó. El infierno se repetía cada día. La mujer la castigaba duramente y el hombre abusaba de ella. Un día recurrió a la psicóloga que tenían designada y le escribió una carta al juez. Pero no llegó, ese mismo día el hombre le dio una paliza y abusó de ella: Me quería morir, deseaba la muerte. Algunas veces escribía llorando, otras no, pero siempre para que el dolor no tuviera la última palabra. Con cada expresión sentía que sacaba algo de adentro, pero la incertidumbre seguía: A veces me preguntaba: ¿Alguien leerá esto algún día?. Con el pasar del tiempo y los episodios en la casa, Nadia se enteró de que sus hermanos la estaban buscando. Contó los días con miedo y esperanza. El reencuentro con sus hermanos Cuando la abuela paterna la llevó a vivir con ella, la separó de sus hermanos. Sin embargo, ellos no dejaron de buscarla. El esfuerzo valió la pena porque pudieron rescatarla del infierno del hogar sustituto. Hubo que hacer muchos trámites antes de que pudiera abandonar ese lugar y su abusador intentó entorpecer el proceso. Pero nada de eso sirvió. Leé también: Tenía 11 años, pidió ser adoptada y no dudó: Quiero que seas mi mamá La justicia estuvo de su lado y autorizó la salida. El padrastro no pudo hacer nada para impedirlo. Resiliencia como bandera La resiliencia no llegó como concepto, sino como necesidad. Desde chica, Nadia encontró en la escritura una forma de sostenerse cuando nadie la escuchaba. Escribir era una manera de mitigar el dolor, de sacarlo del cuerpo y ponerlo en palabras, aun cuando no sabía si alguien iba a leerlo. Durante la adolescencia, la escritura dejó de ser solo un refugio íntimo y empezó a mostrarse. Participó en concursos escolares, compartía textos en clase y recibía una devolución distinta: sus amigas la alentaban, le decían que escribía bien y que su historia merecía ser leída. No se animó a contar en el primer intento. El miedo, la vergüenza y el recuerdo de no haber sido escuchada la hicieron callar durante años. Guardó sus escritos, cerró el baúl de la memoria y siguió adelante con su vida. La escritura permaneció, pero como algo privado, lejos para que el juicio no pudiera dañarla. Un día el dolor se hizo libro Décadas después, con más herramientas y otra mirada sobre su propia historia, Nadia reabrió ese baúl. Volvió a escribir, esta vez sin cambiar nombres ni esconderse detrás de la ficción. Con esfuerzo y convicción, publicó Salir del sótano, no como un acto de exposición, sino como una forma de reparación, pedido de justicia y una herramienta para acompañar a los que vivieron una historia como la suya. El libro de Nadia no es uno más, no por lo que cuenta, sino porque en algún lugar hay alguien que seguramente lo necesita para salir adelante.
Ver noticia original