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» TN
Fecha: 30/01/2026 08:21
Cada vez que mordemos un trozo de pizza o nos comemos una hamburguesa o abrimos una bolsa de papas fritas, se activa en nuestro cerebro algo que no ocurre cuando comemos una manzana, por muy bonita, fresca y ecológica que sea. Si bien sabemos que la fruta es más saludable, cuando tenemos que elegir en medio del cansancio, de un momento de estrés o cuando estamos tirados en el sofá, casi siempre gana la comida basura. Aunque podemos creer que el problema lo tenemos por nuestra falta de voluntad o escaso autocontrol, la respuesta puede resultar incómoda, ya que, no comemos lo que queremos sino lo que nuestro cerebro aprendió a desear y en esa ecuación entran la neurociencia, las emociones y una maquinaria de marketing que lleva décadas afinando el antojo perfecto. El cerebro no elige lo más saludable, sino lo que le aporta placer y energía rápida, explica la psicóloga española Beatriz Barrios y añade que, desde el punto de vista neurológico, la pizza es una bomba perfecta: grasa, sal y carbohidratos en una combinación que activa con fuerza los circuitos de recompensa y dispara la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y al deseo. En tanto, la manzana, aunque nutricionalmente es impecable, genera una respuesta mucho más moderada y lo mismo pasa con un brócoli o un filete de pechuga a la plancha, ya que, no compiten en intensidad, resume Barrios. A esto, se suma algo clave: el aprendizaje emocional. La comida basura y los ultraprocesados suelen estar asociados a celebración, descanso o premio, mientras que la comida sana, como frutas y verduras, está ligada a control, dieta o deber. ¿Puede entrenarse el deseo por lo saludable? Vivimos rodeados de estímulos que favorecen la inmediatez y el placer rápido y, en ese entorno, los ultraprocesados no son una tentación casual, sino una respuesta aprendida. No es una debilidad personal, es una adaptación, explica Barrios. Además, la culpa juega en contra y, cuanto más nos castigamos por comer, menos capacidad tenemos para regularnos y escucharnos. Una buena relación con la comida no nace del control ni de la exigencia ni de la fuerza de voluntad, sino del autoconocimiento, la compasión y el respeto por los propios ritmos emocionales, dijo. La buena noticia es que el deseo por lo saludable puede entrenarse, pero no desde la imposición y, según indicó Barrios: El cerebro puede aprender a desear alimentos saludables cuando dejan de vivirse como obligación o castigo. Para la psicóloga, comemos movidos por emociones, recuerdos y cultura, no solo por salud. Si la fruta formara parte de celebraciones y experiencias positivas desde la infancia, nuestras elecciones cambiarían. Lee también: Por qué no es buena idea cenar mientras vemos nuestra serie favorita Además, planteó que, si la publicidad de comida basura funciona, ¿por qué no usar esos mismos formatos para promover hábitos más saludables? En su opinión, se debería usar storytelling y estética atractiva en campañas de alimentación saludable, al nivel de cualquier marca comercial y usar los mismos canales y formatos que las marcas de ultraprocesados.
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