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  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: El otro Pascasio

    » Clarin

    Fecha: 30/01/2026 06:32

    En estos más de quince años que llevo publicando relatos en esta misma sección he acuñado la esperanza de un lector igual de perseverante e irredento como para leer todas las columnas que no he dejado de publicar cada sábado. A ese inverosímil seguidor le dedico el presente. Pero no del todo desinteresadamente, puesto que me gustaría desafiarlo a retomar el escenario que dejé plantado la semana anterior. Nos encontrábamos en un bar de La Habana, la capital de la tiranía cubana, dos disidentes y un servidor, cuando se nos impuso la presencia de un intruso, Palomino, y su perro, Burako, portadores de una historia de amor. Los disidentes se ocultaban tras los respectivos seudónimos de Turguenev y Caimán. La influencia rusa en la isla, ya finiquitada la ingesta de rublos -en 1997, seis años después de la desintegración de la URSS, transcurre la acción-, aún perduraba en nombres, gestos y hábitos. Mientras que caimán ha sido el animalito asignado para metaforizar la forma del país en el mapa. Acabada la historia de Palomino, el susodicho continuó su derrotero, no sé a dónde, y la confabulación -finalmente inocua e inútil- con los dos arriesgados cautivos de Castro (como todos en aquella gigantesca cárcel a cielo abierto), siguió su curso. Aquí comienza mi episodio de hoy. La reunión secreta en sus contenidos que manteníamos con aquellos dos balseros en tierra consistía en que me informaran sobre un movimiento subterráneo de opositores y la improbable organización de un periódico clandestino. Por entonces, impreso. Llegamos a la locura de considerar publicarlo en código, y que cada suscriptor contara con un libro X que le permitiera descifrarlo. Se nos había ocurrido El viejo y el mar, de Hemingway. Yo transmitiría las minutas de la tertulia al resto de los conjurados en Madrid. Finalmente, como ya anticipé, ninguno de nuestros desvelos llegó a buen puerto. La parábola de Elián, el niño cuya madre murió intentando liberarlo, y luego fue secuestrado para reintegrarlo a la esclavitud junto a su padre, sería una buena parábola de nuestro propio emprendimiento. Podemos contentarnos incluso hoy, con no haber sido apresados ni asesinados mis compañeros de mesa, y con haber podido retornar a casa, un servidor. Pero el coprotagonista de seudónimo Turguenev cobró un sentido muy distinto casi treinta años después de acaecido aquel caluroso cónclave. Entre algunas de las palabras y expresiones que me provocan tirria contemporáneamente puedo citar resignificar. No me molesta tanto como el neologismo La otredad; pero casi como la expresión El Otro aplicada con mayúscula y pretensión, y la también remanida Poner en valor. Pero si cuando un lugar común dice la verdad no hay más remedio que utilizarlo, otro tanto con las expresiones en boga, por muy desagradables que me resulten. La historia de Turguenev se resignificó para mí. Cuando dimos por terminado el mitin, en ese paladar de tragos de la capital junto al malecón -los paladares eran de los pocos locales no completamente estatales, los únicos donde se podía beber o comer algo decente-, Turguenev me comentó sin aclaraciones: -Yo soy el otro Pascasio. De hecho, Pascasio se llama mi hijo cubano. En ese momento, con las prisas de la conspiración y el temor urgente, seguí de largo rumbo a mi hotel Meliá sin preguntar. Asterix solía repetir que sólo temía que el cielo cayera sobre su cabeza. En La Habana era perfectamente posible que se te cayera alguno de los cochambrosos edificios que agonizaban frente a la rambla. Despintados, sudorosos, ruinas contemporáneas, sin celebridad ni mantenimiento. Todo era rancio y mohoso. Parecía una pesadilla fabricada, un tren fantasma comunista para asustar a los desavisados. Un enemigo no lo hubiera diseñado mejor. Finalmente embarqué para Buenos Aires vía Cancún. Escalé solo un par de horas en México, pero todos modos aproveché para salir del aeropuerto y lavarme los pies en esa playa paradisíaca, como siquiera desinfectarme de la opresión cubana, antes de regresar a tierra libre en mi patria. Olvidé por completo la tal referencia a Pascasio. Hasta literalmente 30 años después. Experiencias y lecturas se han concatenado sin solución de continuidad en mi acceso al conocimiento. Diferencio por supuesto los libros de los hechos; pero ciertas páginas modificaron mi percepción de la existencia y de mí mismo. No necesariamente me sirvieron para ser más feliz, pero sí para bucear en el origen de la infelicidad en general. En 2019 viajamos a Berlín media docena de periodistas latinoamericanos, invitados por las embajadas de Alemania en los respectivos países, con el propósito de cubrir los treinta años de la caída del Muro. En esa misión conocí al colega uruguayo Leonardo Haberkorn. Ya lo cité en mi columna Detrás de las paredes (febrero 2020), sobre la farsa documental que filmó Kusturica con el ya fallecido asesino Pepe Mujica, ex presidente uruguayo. Leí de Haberkorn el imprescindible libro Milicos y Tupas: narra cómo, en la tregua de 1972, Tupamaros y militares secuestraron a varios empresarios uruguayos, y de consuno los torturaron y extorsionaron, con la coartada de la corrupción económica y de salvar a la banda oriental de las iniquidades de la democracia liberal. Mujica fue parte de la organización que avaló esos crímenes de lesa humanidad. Las evidencias y pruebas son indiscutibles. Esos psicópatas, como Sendic o Rosencof, llegaron vía las urnas a dirigir los destinos del país. El asesino Mujica, disfrazado de viejo Vizcacha y bonachón, fue presidente. Nunca se arrepintió. En cualquier caso, yo no logro ponderar el arrepentimiento de los ejecutores de asesinatos a sangre fría. Este mismo año de 2026, leí y releí, en otros dos libros de Haberkorn, Historias Tupamaras y Caraguatá, sobre el asesinato de Pascasio Báez, en 1971. Pascasio era un peón uruguayo, sin más que su trabajo. Buscando un caballo extraviado, cruzó la superficie de un refugio subterráneo tupamaro, llamado tatucera. Por motivos impermeables a cualquier imaginación, los tupamaros habían emulado explícitamente la forma de resistencia de un general anticomunista chipriota, Geórgios Grivas. Los tupamaros establecieron una relación simbiótica con las cloacas. Uno de sus dirigentes se jacta de que allí haya nacido su primer hijo y comenta sonriente haber contraído hepatitis. Otro integrante de la organización declara: Después de leer Papillon, todos los que estábamos en Punta Carretas, y desde que apretaron con las requisas, nos hicimos especialistas en llevar las cosas en el recto. Cuando el peón Pascasio Báez se topó involuntariamente con el refugio de los topos tupas, lo asesinaron con dos dosis de pentotal. Un cuasi médico, Ismael Bassini, alias Falucho, con casi toda la carrera excepto la ética hipocrática, le asestó la muerte en las venas. Varios de los integrantes de la dirección tupamara que convalidó ese homicidio de los delirantes que vivían del delito contra un peón que subsistía de sus propias manos, llegaron a lo más alto del poder en Uruguay, paradójicamente con el retorno de la democracia. Antes de ultimarlo, especularon con mandarlo obligado a Cuba -todo en función de que no revelara el escondite-; pero preferían matar. Y recién en este tórrido 2026 recuperé, como esos sueños que recordamos años después, la referencia de Turguenev. ¿Sería un uruguayo naturalizado cubano, uno de los asesinos o cómplices, que sí había logrado exiliarse y le rendía homenaje a su víctima? ¿Otro peón perdido al que sí habían permitido salvar la vida a cambio de su libertad? Un Pascasio que había sobrevivido contra toda esperanza, y ahora luchaba por derrocar la ordalía castrista. Supongo que nunca lo sabré. O quizás... el destino aún me guarde un as en la manga, para cuando los déspotas caribeños encuentren su destino maduro. Sobre la firma Newsletter Clarín

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