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» Clarin
Fecha: 28/01/2026 06:42
Debí de dar un barquinazo brutal, todavía succionando mi pulgar, dentro del útero, envuelta en el líquido nutritivo, cuando mi madre embarazada resbaló entre el borde del andén de Plaza Miserere y la puerta del vagón. Estuvimos a punto, ella y yo, de caer trituradas por la marabunta de pies que nos empujaban hacia abajo. Mamá fue izada a tiempo por los ángeles rudos que siempre existen en el tráfago de los trenes, en la confusión de los accidentes. La levantaron por las axilas, despejaron a empujones un asiento, la recostaron para que le diera el aire de la ventana. Los dos ventiladores por vagón no podían neutralizar los casi 38 grados que hacían juego con sus casi 38 ocho años de primeriza tardía y a punto de parir. Poco tiempo después de mi nacimiento los vagones todavía ingleses con carrozado de madera e incluso de acero, serían sustituidos por los Toshiba, los trenes japoneses que fueron variando de colores en los talleres argentinos. Los más duraderos fueron el rojo y el amarillo de la bandera española, separados por una delgada franja casi violeta. Pero la barbarie ferroviaria no dio muestras de cambiar con la llegada de los Toshiba, y mis padres, sobre todo papá, que salía muy temprano hacia la Capital, seguían padeciéndola, como la mayoría de los trabajadores de la zona Oeste. Al colapso humano de las horas pico, se sumó el deterioro progresivo de las unidades que no se renovaban. Viajar en nuestro tren suburbano fue durante muchas décadas una experiencia tan incierta como brutal: pasajeros apiñados sin aire ni para respirar en tiempos todavía de tabaco libre, asientos destartalados, ventilación y calefacción inexistentes, largas paradas en las estaciones, motivadas por desperfectos o accidentes. En Nosotros dos en la tormenta (2023), Eduardo Sacheri (vecino como yo de la ciudad de Castelar), imagina un atentado que se frustra en tiempos de los 70 por culpa de una demora del Sarmiento. Para los habitantes de esta zona, nada podría ser más verosímil. La tragedia del 2012 en Once, que se cobró 52 muertos, forzó un cambio que era, desde hacía mucho, impostergable. Llegaba tarde para tantos damnificados, que siguieron reclamando justicia, pero los trenes se renovaron y se repararon las vías. Hoy, aunque lento, es un servicio utilizable e incluso cómodo. Sin embargo, la gran obra de infraestructura que los trenes del conurbano necesitan sigue siendo una deuda que nadie ha saldado. El diseño básico se mantiene intacto desde los tiempos de los ingleses. Las circunvalaciones e intersecciones que podrían comunicar fluidamente el inmenso complejo demográfico del AMBA parecen ciencia ficción en la era de la Inteligencia Artificial, mientras que el soterramiento de nuestro tren acaba de ser cancelado en forma definitiva. No imagino mi casa en otro lugar del mundo. Quiero pensar que alguna vez mi espacio amado dejará de evocar al Lejano Oeste y será, para todos, un ámbito de cercanía hospitalaria. Sobre la firma Newsletter Clarín
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