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Fecha: 25/01/2026 05:38
El malestar emocional en niños, niñas y adolescentes dejó de ser una excepción para convertirse en una escena cada vez más frecuente en consultorios, escuelas y hospitales públicos. La depresión, la ansiedad persistente, la irritabilidad, el retraimiento y, en los casos más graves, la ideación suicida aparecen hoy a edades más tempranas y con manifestaciones que no siempre coinciden con los modelos clásicos con los que el mundo adulto aprendió a reconocer estos cuadros. En la Argentina, los servicios de salud mental infantil y adolescente registran un incremento sostenido de consultas. En la División Pediatría del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, los equipos advierten un aumento cercano al 30% en la demanda por problemáticas vinculadas a la salud mental, con niños y adolescentes cada vez más chicos. A nivel local, el Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires informó que se registra más de una internación diaria de niños, niñas y adolescentes por riesgo suicida, y que en más del 90% de los casos se trata de adolescentes. Leé también: Ludopatía, pantallas y apuestas: cómo determinar el momento en el que el juego deja de ser juego El fenómeno no es aislado ni exclusivamente local. Según la Organización Mundial de la Salud, que conmemoró el pasado 13 de enero e Día de la lucha contra la Depresión, uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno mental, lo que representa el 15% de la carga mundial de morbimortalidad en ese grupo etario. Dentro de ese universo, la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento se ubican entre las principales causas de enfermedad y discapacidad. El suicidio, además, figura como la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. Los datos internacionales permiten, además, afinar la lectura por edades. La OMS estima que la depresión afecta al 1,3% de los adolescentes de entre 10 y 14 años y al 3,4% de los de 15 a 19 años, mientras que los trastornos de ansiedad alcanzan al 4,1% y al 5,3% respectivamente. Se trata de cifras que muestran una progresión del malestar a lo largo de la adolescencia y que refuerzan la idea de detección temprana como una dimensión central del abordaje. Cuando los trastornos de salud mental no reciben atención adecuada durante estas etapas, sus consecuencias no se limitan al presente. La evidencia internacional indica que los cuadros no tratados tienden a extenderse hacia la adultez, afectan la salud física y mental, deterioran las trayectorias educativas y laborales y limitan las posibilidades de llevar una vida plena a largo plazo. En este contexto, especialistas, organizaciones sociales y equipos educativos coinciden en un punto: el malestar no surge en el vacío. Se construye en un entramado que combina transformaciones sociales profundas, una presencia creciente de entornos digitales diseñados para la permanencia constante y una retracción del tiempo, la disponibilidad y la escucha adulta. Nuevas formas de expresar el malestar Desde la práctica clínica cotidiana, los cambios son visibles. Las consultas por malestar emocional hoy son claramente distintas a las de hace cinco o diez años, señala la psiquiatra infanto-juvenil Silvia Ongini, médica del Hospital de Clínicas de la UBA. Según explica, el acceso permanente a dispositivos con internet y a respuestas instantáneas modificó de manera profunda los tiempos subjetivos, las dinámicas familiares y las formas de tramitar la frustración y la angustia. En muchos niños y niñas, la depresión no se expresa como tristeza sostenida o desgano extremo, tal como ocurre con frecuencia en adultos. Aparece, en cambio, a través de irritabilidad constante, baja tolerancia a la frustración, berrinches reiterados, impulsividad, alteraciones del sueño y de la alimentación, dificultades en el aprendizaje o cambios bruscos en el rendimiento escolar. No todos los chicos deprimidos están tristes, y no todos los que están tristes están deprimidos, aclara Ongini. En la adolescencia, las manifestaciones suelen adoptar otras formas: repliegue, ensimismamiento, pérdida de interés por actividades que antes generaban disfrute, cambios abruptos en los hábitos, aislamiento progresivo y una sensación persistente de vacío o desmotivación. A esto se suman alteraciones en el sueño, en el peso y en el estado de ánimo general. En muchos casos, son las escuelas las primeras en advertir señales de alerta. Crisis de llanto, conflictos reiterados con pares, dificultades para sostener la atención o cambios de conducta llevan a convocar a las familias. En otros, son los propios adolescentes quienes piden ayuda de manera indirecta, a través de amigos o adultos cercanos, cuando el malestar ya se volvió difícil de tolerar. Leé también: Los mejores hábitos diarios para cuidar la salud cerebral y mental, según un neurofisiólogo La OMS advierte que los trastornos emocionales y del comportamiento afectan de manera directa la asistencia a la escuela, el rendimiento académico y los vínculos sociales. El retraimiento y la pérdida de interés pueden profundizar el aislamiento y reforzar la sensación de soledad, un factor que aparece de manera recurrente en adolescentes que atraviesan cuadros depresivos. Pantallas, inmediatez y subjetividad Uno de los factores que atraviesa de manera transversal estas consultas es el uso intensivo de pantallas. No como causa única, sino como parte de un ecosistema que reorganiza tiempos, vínculos y expectativas. La lógica de respuestas inmediatas y satisfacciones rápidas reduce el espacio para la elaboración simbólica y el pensamiento crítico, explica Ongini. En la clínica, esto se traduce en una menor tolerancia a la espera y en dificultades para identificar y poner en palabras lo que se siente. En la adolescencia, etapa clave para la construcción de la identidad, los dispositivos digitales ocupan un lugar central. Ante la incomodidad o el malestar, la búsqueda de alivio se desplaza rápidamente hacia el dispositivo, dejando poco lugar a la palabra, señala la psiquiatra. Allí se construyen imaginarios sobre el éxito, el cuerpo, el futuro y el deseo, muchas veces desconectados de las condiciones reales de vida. Desde el trabajo territorial y educativo en entornos digitales, Andrea Urbas, directora de la organización Chicos.net, describe un escenario similar. El ecosistema digital tiene hoy un lugar tan importante como la familia o la escuela, afirma. En ese espacio, explica, se potencian derechos, pero también se reproducen desigualdades, violencias y mandatos que impactan de lleno en la subjetividad. Las plataformas, diseñadas para el consumo continuo, promueven un uso pasivo. El contenido aparece de forma automática, sin búsqueda activa, guiado por algoritmos que priorizan la permanencia. Esto limita la exploración autónoma de intereses y puede generar apatía, desmotivación y desgano, señala Urbas. Frases como todo me da paja o no tengo energía se repiten en talleres y espacios de escucha. Los informes sobre bienestar digital advierten que esta dinámica también incide en los patrones de sueño, en la capacidad de concentración y en la regulación emocional. La exposición prolongada a estímulos constantes puede contribuir a estados de alerta persistente, cansancio emocional y dificultad para sostener actividades que requieren esfuerzo sostenido. Autodiagnósticos y falsas respuestas Otro fenómeno que preocupa a los equipos de salud es la creciente llegada de niños y adolescentes con autodiagnósticos previos. Buscadores, redes sociales y herramientas de inteligencia artificial funcionan como primer interlocutor frente al malestar. Muchos pacientes llegan convencidos de que tienen determinado diagnóstico y con una idea cerrada de tratamiento, explica Ongini. Trastornos como el déficit de atención o la hiperactividad aparecen con frecuencia como respuestas automáticas, aunque no siempre se correspondan con una evaluación clínica integral. En otros casos, los adolescentes atribuyen su malestar a una supuesta baja autoestima ligada al cuerpo y solicitan medicación específica, basados en recomendaciones algorítmicas. Este recorrido previo impacta en el vínculo terapéutico. Parte del trabajo clínico pasa a ser desarmar esos diagnósticos, lo que puede generar resistencias y desconfianza. Algunos pacientes rotan entre profesionales hasta encontrar quien confirme lo que esperan escuchar, señala la psiquiatra. En el caso de la depresión, la búsqueda de soluciones rápidas suele demorar el abordaje adecuado y profundizar la frustración. Desde Chicos.net, los relevamientos con adolescentes muestran cómo el lenguaje digital y la divulgación fragmentada de discursos científicos atraviesan la forma de nombrar el malestar. Términos como brainrot, batería social o bedrotting circulan para describir cansancio emocional, aislamiento o desmotivación. Conceptos como adicción a la dopamina o picos de energía se usan para explicar estados anímicos complejos, muchas veces sin mediación adulta que ayude a traducir esas experiencias en palabras propias. La comparación constante es otro eje central. La exposición permanente a vidas idealizadas, cuerpos hegemónicos, éxitos rápidos y consumos inalcanzables genera angustia y sensación de insuficiencia. En la adolescencia, cuando la identidad está en construcción, estos mensajes impactan con mayor fuerza. Leé también: Flourishing, la unidad de medida que utiliza Harvard para evaluar los niveles de felicidad Según estudios de la OMS, chicos y chicas tienden a ser más influenciables por sus pares y por los modelos que circulan en redes. Las dudas sobre la apariencia física y la autoestima aparecen de manera recurrente. En los talleres y producciones creativas relevadas en el Concurso Zoom a tus Derechos 2025, organizado por Chicos.net muchos adolescentes expresaron sentirse atrapados entre el deseo de pertenecer y la imposibilidad de alcanzar esos estándares. En este contexto, la OMS advierte sobre la coexistencia frecuente entre depresión, ansiedad y trastornos de la conducta alimentaria. La anorexia y la bulimia suelen aparecer durante la adolescencia, se asocian a una fuerte preocupación por el cuerpo y la imagen y presentan tasas de mortalidad elevadas en comparación con otros trastornos mentales. Estos cuadros, además, suelen coexistir con estados depresivos y conductas autolesivas. Los mandatos de género también se reproducen en el entorno digital. Mientras que a las mujeres se les ofrecen modelos centrados en la estética y la belleza, a los varones se les propone el éxito económico rápido y el poder. En ambos casos, se trata de ideales que refuerzan frustraciones y limitan la construcción de proyectos personales sostenidos en el tiempo. El ecosistema digital no solo incide en el estado de ánimo. También amplifica conductas de riesgo. El acceso temprano y sin mediación a contenidos de pornografía, apuestas online o discursos de odio aparece como un factor adicional de vulnerabilidad. En el caso de las apuestas, informes recientes indican que una proporción significativa de adolescentes tuvo contacto con plataformas de juego online, a pesar de las restricciones legales. Estas prácticas, facilitadas por billeteras virtuales y publicidades encubiertas, pueden derivar en consumos problemáticos, endeudamiento, aislamiento y cuadros de ansiedad y depresión. La OMS señala, además, que el consumo de alcohol y cannabis en adolescentes suele funcionar como una forma de afrontamiento del malestar emocional. En muchos casos, estas conductas se inician en la adolescencia y se sostienen en el tiempo, con impacto negativo en la salud física y mental. Las conductas autolesivas no suicidas también aparecen como una forma de expresión del sufrimiento psíquico. Cortes, quemaduras u otras prácticas pueden cumplir una función regulatoria momentánea frente a emociones intensas, aunque incrementan el riesgo de daño y requieren abordaje profesional. La demanda de presencia adulta Frente a este escenario, el pedido que emerge con más fuerza desde niños y adolescentes no es la prohibición absoluta de la tecnología, sino el acompañamiento. De las iniciativas de Chicos.net se desprende que miles de chicos y chicas expresaron la dificultad de sostener la desconexión, pero también valoraron el tiempo compartido, el deporte, la creatividad y la conversación cara a cara cuando lograron pausar el uso de pantallas. Las demandas al mundo adulto son claras: más escucha, menos control punitivo, límites saludables y coherencia en el uso de la tecnología. No queremos que nos digan solo cuánto usar el celular, sino que nos pregunten cómo nos sentimos cuando lo usamos, expresaron adolescentes en distintos países de la región en el marco del Concurso Zoom a tus Derechos 2025 Para Ongini, la presencia adulta es un factor clave. Los niños y adolescentes necesitan de ese adulto que esté al cuidado, sin invadir ni sobreproteger, sostiene. Cuando ese lugar queda vacante, los dispositivos ocupan un espacio que no pueden reemplazar: el del vínculo, la palabra y la elaboración del malestar. La escuela aparece, en este sentido, como un espacio estratégico. No solo como lugar de detección temprana de señales de alarma, sino como ámbito cotidiano donde se pueden trabajar habilidades socioemocionales, pensamiento crítico y ciudadanía digital. Docentes y equipos educativos señalan la dificultad de abordar estas problemáticas sin formación específica y sin apoyo institucional sostenido. En un contexto donde el sufrimiento emocional aparece cada vez más temprano, los especialistas coinciden en un mensaje central: pedir ayuda a tiempo modifica trayectorias. La depresión es una de las entidades en las que más podemos ayudar desde la psiquiatría infanto-juvenil y la psicología, afirma Ongini. El miedo al estigma, a la etiqueta o a la internación suele demorar consultas que podrían aliviar el sufrimiento y prevenir desenlaces graves. La internación, cuando es necesaria, no constituye un castigo ni una marca permanente, sino un espacio terapéutico para cuidar y acompañar. Es un tiempo para el contacto consigo mismo y con otros desde un lugar de cuidado, explica la especialista. Leé también: Ni crucigramas ni leer: qué recomiendan aprender para tener un cerebro joven y activo El aumento del riesgo suicida en edades tempranas interpela no solo al sistema de salud, sino a toda la sociedad. Familias, escuelas, plataformas digitales, Estado y organizaciones sociales forman parte de una red que puede sostener o debilitar a quienes atraviesan momentos de mayor vulnerabilidad. Desde una perspectiva de derechos, el abordaje de la salud mental de niños, niñas y adolescentes implica reconocer su condición de sujetos, garantizar el acceso a cuidados adecuados y generar entornos que protejan su bienestar. Los propios adolescentes reclaman ser escuchados y participar en las decisiones que afectan su vida digital y emocional. En un escenario atravesado por la velocidad, la hiperconexión y la exigencia constante, la salud mental de niños y adolescentes vuelve a poner en el centro una pregunta incómoda para el mundo adulto: cuánto tiempo, presencia y escucha real estamos dispuestos a ofrecer antes de que el malestar encuentre otras salidas.
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