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  • La voz que marcó un destino

    » Clarin

    Fecha: 25/01/2026 07:58

    Cuando escribió esa carta no sabía hasta qué punto iba a cambiarle la vida. No era la primera que enviaba. Ninguna de las anteriores había obtenido respuesta, pero su desesperación no le permitía bajar los brazos. Volvió a intentarlo y al cabo de dos años leyó lo que tanto anhelaba: su compatriota, la pianista venezolana Gabriela Montero, a la que admiraba pero no conocía, le pedía que le mandara un audio. Desde chico, en su Zaraza natal, Luis Magallanes supo que su mundo era la música. Pero cuando ya adolescente escuchó al tenor peruano Juan Diego Florez tuvo la certeza de que había nacido para cantar. Claro que parecía apenas un sueño imposible. Recibido de profesor de música, en una economía devastada, su sueldo alcanzaba para comer, mal, una sola vez al día. Todo fue empeorando. Como para tantos en la dictadura chavista, emigrar era la única alternativa y Montero, que ya había ayudado a otros en el exilio, era la suya. Después de escuchar el audio, cautivada por su voz, ella le pidió un video. Luis lo filmó como pudo: como contó a la BBC, juntó el dinero con lo que le donaron. Esa grabación casera sería el pasaporte a su futuro. Otra colecta, armada por Gabriela, pagó el pasaje para acceder a una beca en Valencia. No la ganó; físicamente no estaba en condiciones. A través de Sam, el marido de Montero, audicionó en Irlanda. Obtuvo la beca pero no consiguió la visa. Sam le escribió a un ministro narrando la historia de Luis; le dieron la visa. Al cabo de dos años, la Opernhaus de Zurich, Suiza, lo contrató para integrar el coro de la ópera, donde también actuó como solista. Casado con su novia venezolana, el recuerdo de sus familias, allá en su país, es lo único que empaña su presente y su increíble historia de resiliencia. Sobre la firma Newsletter Clarín

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