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» Clarin
Fecha: 24/01/2026 09:12
Esta es la historia de un niño correntino que quería ser famoso. Y que, al cabo de andar con pasos cuidadosos, entre hilvanes y costuras, descosiendo y volviendo a coser, cumplió su sueño. De Corrientes a Paraguay, de allí a México y a Buenos Aires, hoy está en la Meca de la moda, en París. Más aún, tiene una vidriera de luxe en el Hotel Ritz -donde viviera la inigualable Cocó Chanel-, a la que accedió por puro talento. El estilo de Javier Saiach es único, con diseños de alta costura, géneros intervenidos, cortes originales y terminaciones impecables. Cuando supo que su ropa estaría en esa vidriera, junto a otras donde se exhiben las marcas más famosas del mundo fashion, escribió un poema, El vuelo inesperado, que sintetiza su vida. Aquí un breve fragmentos: Era un ave del litoral argentino, acostumbrada a los ríos dorados, al verde de los esteros, al aire tibio Su vuelo siempre fue breve, entre las ramas familiares y los cielos que conocía. No era un ave migratoria. No lo sabía Un día el viento cambió (...) A veces hay que cruzar cielos lejanos para comprender quién es uno. Efectivamente, Saiach se siente como un ave -hizo el dibujo- que ha volado, subido y descendido para volver a alzar el vuelo. El ave migratoria que soy, con una vida de grandes cambios que mi alma atesora, voy a tatuarla en mi piel. Los tatuajes me gustan, son huellas visibles de mi historia, dice con lágrimas en los ojos. Soy un ave migratoria: mi alma atesora grandes cambios. Lo emocional, la sensibilidad extrema, atravesarán toda su narrativa. Abre su corazón, se apasiona y relata los pasajes más crudos de su vida, con la perspectiva y la altura del ave que lo identifica, ave que no tiene el dramatismo del Ave Fénix. Aquí no hay cenizas ni resurgimientos. Aquí, el vuelo es constante. Como la sonrisa de Saiach. Aquel niño correntino Lleva el apellido libanés de su madre y nació en el pueblito correntino de Itá Ibaté. Para su mamá, Yoli, sólo tiene palabras amorosas de elogio. Cuenta que su abuela Paula murió a los 32 y Yoli, con 12, quedó a cargo de sus tres hermanitos. Pronto todos se mudarían a Corrientes capital. Creo que cuando me tuvo, 14 años después de mi hermana Patricia, fui más un nieto que un hijo. Nací el 5 de julio de 1974 en la Clínica Modelo de la ciudad ¡Modelo! ¡Ya estaba destinado a la moda!, dice entre risas. Allí hizo el primario, en la Escuela Manuel Belgrano, con sus primeros amores y dolores; su maestra de jardín lo enamoró, pero iba a morirse pocos años después. Fue mi primer contacto con la muerte. Tenía 4 años y en casa me hacían la vida mágica, pero afuera había otra cosa. Después fui al Instituto Salesiano Pío XI para cursar el secundario, colegio privado, sólo de varones, donde habían ido mis tíos que tenían fama de buenos alumnos, especialmente Miguel. Él fue mi papá postizo, porque se hizo cargo de mí cuando mis padres se separaron, a mis 5. Dice que durante su pubertad empezaba a mostrarse como un chico muy simpático, que agradaba a los padres de sus amigos, a los amigos de su madre. Pero y aquí hace su autocrítica aunque cordial, imponía cierta forma dictatorial para transmitir sus gustos y sus ideas. Esa personalidad y esa forma de presentarse al mundo le trajo las burlas de sus pares, lo que hoy llamamos bullying. Había que ser de un modo, entrar en un molde tradicional correntino y yo no encajaba. A mí me gustaban marcas como John Cook y Osh-Kosh. Ponerme un pantalón escocés -algo que para mí era básico- para la gente resultaba un escándalo, porque denotaba un tipo de sexualidad. Me encantaba la ropa, no cualquiera, y mostrarme distinto pero, sobre todo, crear un impacto, cuenta. De chico había que ser de un modo, entrar en un molde tradicional correntino y yo no encajaba. Él era consciente de su excepcionalidad: Yo llegaba a un lugar y se notaba, aunque nunca quedé como un ridículo. Se asombraban al ver mi pantalón cuadrillé, pero decían: A él no le queda mal, tiene onda. Tenía esa cosa de putito y a la vez de cool, de audacia y desenfreno. Sufrí el bullying, pero no fue condenante para mí. Cuando cumplí 51, viajé a Ibiza donde hicimos una producción de fotos. Miré el teléfono y era un WhatsApp de una profesora de historia del secundario. Decía: Hola, Javier querido, soy la profe Yaye; un compañero tuyo escribió una carta y quiero hacértela escuchar. Le pregunté quién, me dijo Carlos, y me mandó el audio. Era el 28 de junio, día del orgullo gay. Javier interrumpe su relato y busca su teléfono celular. Quiere compartir el texto con Viva. Y lee: Carlos fue compañero tuyo y vive desde hace muchos años en Barcelona, está casado y es titular de la cátedra de Matemáticas en la Universidad (UB). A lo que yo le pregunto, ¿Casado con un hombre o con una mujer? Y ella me responde: Con un hombre llamado Don que es amoroso. ¿Qué decía esa carta? La voz de Saiach trae su mensaje a la charla con Viva: Estoy orgulloso de la vecina drag queen a la que le tirábamos piedras, a veces me pregunto por ella Estoy orgulloso de ese compañero afeminado del Instituto con el que salíamos una y otra vez. Sé que se convirtió en un profesional brillante y brillante persona. Y no hay un solo día en el que me gustaría decirle que lo siento, por todo lo que le hicimos. Y también decirle que ni siquiera soy capaz de volver atrás en el tiempo y cambiar lugares, porque eso me hubiera roto en pedazos. Él era, y es, más fuerte que todos nosotros Javier termina de leer, y sonríe, se emociona y relata que le respondió a Yaye contándole lo cruel que Carlos había sido con él y cuánto daño le había hecho. Pero yo siempre fui luz -dice-, y a pesar de eso tan horrible, era feliz, sabía sonreír. Yaye me contestó: Qué bueno, Javier, se notaba que siempre esquivabas toda burla y seguías para adelante. Y claro, yo siempre fui y soy muy positivo. Terminé el Instituto en 1990 y esta carta es del 2024; pasaron 35 años. ¡Tanto tiempo debió sentir culpa o arrepentimiento! Siempre fui luz. Siempre fui y soy muy positivo. El diseñador tomó esa carta como una manera de revisitar su pasado: Conversé con amigos y concluimos que tal vez esa ira despiadada hacia mí era por su propio miedo a ser descubierto o aceptarse gay. Porque yo era un espejo y él no podía desenmascarar su identidad. Con el tiempo todo fue sanando. Sostengo que todo es pasajero y todo es parte de mi historia. Yo siempre busqué una explicación por ese bullying y llegó Como dicen, este tema ya es cosa juzgada. En nombre de papá y mamá Estos episodios de su vida forman parte del libro que está escribiendo, El cuento que me cuento. El prólogo me costó mucho porque se hizo desde la emoción. Pero mi vida es una emoción constante. Tengo una sensibilidad extrema y el llanto es mi expresión genuina. Puede pasar que un amigo me llame y me pregunte qué hacés, y yo le contesto: Lo mejor que sé hacer, llorar porque extraño. Llorar fue y es una catarsis para resistir, admite. Hacemos una pausa y surge el tema de su padre, a quien perdonó después de la separación de su madre. Y se casó con Margarita, el otro gran amor de mi vida, recuerda. Papá: simpático, buen mozo, posadeño. Muy picaflor, le gustaban las mujeres tanto pero tanto que no podías entender cómo podía ser tan seductor, estar en modo conquista permanente. Y al contrario de muchos hombres, le gustaban las mujeres finas, femeninas. Él se fue de este mundo sabiendo que soy gay, sin habérmelo escuchado, pero los padres siempre saben si el hijo lo es. Mi madre lo sabía, pero era algo de lo que no se hablaba. Mamá era como el personaje de Verónica Castro de La casa de las flores. Que en medio del desastre donde todo está mal, golpea las manos y dice: Vamos, vamos, que aquí no pasó nada. Una vez quise decirle cara a cara que era gay, y me pasó la charla para el día siguiente al mediodía. La escena tiene lugar en un banco de cocina. Su madre está preparando la comida. Y ahí llega el Mamá, tengo que decirle algo. Lo recuerda con lujo de detalles: Nos sentamos para hablar mirándonos a la cara. Yo tenía treinta y largos; ella, setenta y largos de otra época, no de hoy. ¿Qué es lo que tanto querés decirme? Y respondí: Mamá, soy gay. Bajó la vista a la fuente y me preguntó: ¿La milanesa de carne o de pollo? Y yo: Pero, mamá, te estoy diciendo algo. Y ella: ¿Ensalada o arroz? Y yo: Mamá, ¿vos escuchaste lo que te dije? A lo que respondió: No soy sorda. Y un día, pasados varios meses, me preguntó por un novio que sabía que tenía, pero que para ella era un amigo. Ahí entendí que lo estaba aceptando, usando palabras que eran más benignas para su modo de ser. A mi sexualidad le ganó mi genialidad. Y lo digo convencido. Nunca me definió la sexualidad. Primera parada: Paraguay Como muchos diseñadores, Saiach también estudió Arquitectura. Fue en Resistencia, Chaco, en la UNE, al terminar el secundario. Rememora aquellos días de estudiante: El primer año me fue bien, pero yo tenía 17 -porque me hicieron adelantar un año-, y una novia en Corrientes que estaba en quinto año. Me la pasé divirtiéndome y perdí la cursada. No quise decir nada en casa -ni mamá ni mi tío lo hubiesen aceptado-, y les dije que me iba a vivir a Paraguay con papá. ¡Mi tío Miguel, ingeniero civil, con 9.75 de promedio, maestro agrimensor, lo contrario de mí, un vago! -¿Cómo hiciste para dejar a tu mamá y a quien fue tu tutor, tu tío? -Mi mamá y mi tío me hicieron la cruz: no entendían cómo me iba con ese padre. Cuento esto y sé que muchos de mi familia no van a estar de acuerdo, porque lo ven como que los estoy exponiendo. Pero no lo hago para ventilar, sino para narrar cómo se sale a pesar de las vicisitudes. Y te ven viajando en ejecutiva o trabajando en el Hotel Ritz de París y piensan cómo lo hiciste Lo cuento porque lo hice con mi trabajo en la moda. Y no es que no se me presentaron otras oportunidades... -¿Como cuáles? -Para ser acompañante. Más de un hombre -gente grande- me proponía que estudiara, que me comprara la ropa que quisiera, que saliéramos por el mundo y sonriera siempre. Y dije que no. Tuve pilares. Mi tío y mi madre en cuanto a la moda, la fe y la bondad. Fui un muy buen hijo, aunque muchos me criticaban porque no iba cada dos semanas a visitarla. Pero ella estaba tan orgullosa de mí que con eso compensaba no verme. Hablábamos por teléfono seguido, con buena comunicación dentro de lo que era su cabeza rígida. Ella sufrió dos separaciones traumáticas, de hombres alcohólicos y golpeadores. El primero, mi padre. Y después, el papá de mi hermano. ¡Es increíble cómo se repite el modelo! Añade a Margarita como otro pilar de su vida quien, al llegar a Paraguay, le abrió las puertas de su casa. Lo primero que hice fue comenzar a sonreír desde adentro, porque ella logró que sacara la alegría de mi alma. Una risa genuina. Reconvirtió mi vida -que ya era maravillosa- pero vivida desde la seriedad. Porque mamá y mi tío me marcaron la formalidad y no existía margen de error. Y Margarita era como un tiro al aire, donde el error era parte del proceso y lo divertido, un momento esencial de la vida, que era para comérsela y bebérsela, que vivía disfrutando. Estar a las 3 de la mañana mirando tele y decirte: ¡Dos huevos fritos, un poco de arroz y un bife ya!. No tenía dobleces, era frontal. Dios fue generoso porque aquellos hogares tan diferentes fueron la cal y la arena con las que fui construyendo mi vida. Javier llega a Asunción sin una vocación definida, aunque dando pasos por el camino del arte. Hacía decoración, ropa, cosas de arquitectura y todo me salía bien. Pero elegí la ropa. A mamá le encantaba diseñarse vestidos que mandaba a confeccionar a la modista. Y tenía una frase: Lo que está de moda ya no es moda. Todas usaban el rosa y mamá el turquesa. Era chiquita, medía 1 metro y medio, pero muy llamativa y muy histriónica. Yo, igual. Pero soy muy tímido y, por eso, muy cauto. Mi carrera tardó un poquito más en empezar y desarrollarse. Siempre di el paso aplomado para subir cada escalón. Siempre di el paso aplomado para subir cada escalón El primer escalón fue poner un perchero en una casa de moda multimarca en Asunción. La primera noche vendió 16 prendas y no paró. Pronto Araceli González -de paso por Paraguay- le compraría el vestido que iba a lucir en la conducción del Martín Fierro. Lo vio en la vidriera y preguntó de quién era. Javier le contó que él era el diseñador y Araceli le comentó que había visto algo parecido en Dolce & Gabbana. No había redes, no había información al instante. Y eso lo motivó. Entró al Fashion Week de Asunción, soportó la crisis del 2001, se quedó en aquel país decidido a hacer ropa. Y funcionó. Vendió a los pocos días los tres vestidos que cerraron el desfile del FW y con el dinero hizo otros tres, pero más a su gusto, sin brillos. Al año siguiente, tenía una sala de 400 personas y afuera una cola con 600 para ver su pasarela. Cuando vi el público pensé: ¡Esto multiplicado por mil es lo que debe sentir Madonna! ¡Me sentía un rock star! El 27 de abril de 2001 hice mi primer desfile, día del cumpleaños de Margarita, siempre inolvidable. Por eso en abril del año próximo celebraré mis 25 años como diseñador. De México a París A México llegó de la mano de E-Entertainment TV. Grabó varios programas e hizo 87 viajes por Latinoamérica con este canal. Después, conoció a Héctor Vidal Rivas que le dijo: Saiach, tu ropa es de locos. Tenés que ir a vivir a Buenos Aires. Y lo invitó a participar de algunos Fashion Week porteños. Salió en diarios y revistas: Vogue lo señaló como la nueva promesa. Hizo un vestido para Mariana Fabbiani, obtuvo el Martín Fierro de la Moda 2019 en la categoría Mejor Producción Desfile, cinco premios como Mejor Diseño y el Premio a la Trayectoria Internacional otorgado por la Asociación Alta Costura de España. Para vestir a las celebrities, funcionó el boca a boca. En 2020, vistió a Juana Viale cuando reemplazó a Mirtha; también a Valeria Mazza, Patricia Della Giovampaola, Pampita, Susana Giménez y a Juliana Awada. Esta última, como Primera Dama, asistió al Teatro Colón en ocasión del G20 con un vestido icónico, hecho totalmente a mano, bordado con hilos de seda natural y con la técnica Richelieu (un método europeo tan minucioso como antiguo). La tela se enriqueció con aplicaciones de hojas y flores en organza y seda natural. Estuvo en septiembre en París, en la comida de Dior en Le Grand Colbert y me pidió un conjunto confeccionado en tul de seda italiana, con blusa de mangas largas, cuello polera y pollera con volados. Y me mandó un audio diciéndome que Delphine Arnault, presidenta de Dior Couture, la había elogiado. Juliana no solo es una embajadora de la moda sino una excelente persona. Ella me dio una de las alegrías más grandes de mi carrera. La vidriera del Hotel Ritz estaba ocupada y cuando se liberó, había 28 marcas esperándola. Unos amigos de Saiach alcanzaron carpetas con sus trabajos a la persona a cargo y ella pidió el IG de Javier. Confirmó que lo seguía desde que vio aquel vestido del G20 y lo calificó como alguien que tiene lo que nos interesa: gusto, lujo, diseño, es artesanal, es latino, tiene una historia y nos gusta su gráfica. Y le dio la vidriera que Javier armó con pájaros y una solera calada en tul, en Richelieu, que tiene ramas y flores en volumen. Puso piezas de pret-a-couture que el hotel ofrece a las clientas que piden shopping service a la habitación. Al mismo tiempo, vestía a Natalia Oreiro para los Martín Fierro, a Rita Ora (la cantante y modelo británica de origen albanokosovar) y a Juliana Awada para la citada comida de Dior. Ahora quiero entrar a la próxima Fashion Week de París. Son muy exigentes, tenés que tener un número de desfiles realizados y de piezas. Pero sé que lo voy a lograr, concluye convencido, y explotando de alegría. Sobre la firma Newsletter Clarín
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