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  • La historia de la mujer que a los 14 años fue raptada y abusada hasta cuatro veces al día y hoy lucha contra la explotación infantil

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 21/01/2026 10:37

    Cualquiera que la vea por la calle se daría vuelta. A sus 38 años Elizabeth Smart es de una belleza despampanante. Podría ser una estrella de Hollywood. Si fuera con su marido, Matthew Gilmour, y con sus tres hijos, Chloé (10), James (8) y Olivia (6), nadie dudaría de que conforman la estampa de una familia perfecta. Podríamos decir que todo lo anterior es totalmente cierto porque ella es una estrella de la pantalla por los documentales que se han hecho sobre su vida (Netflix acaba de estrenar Secuestros: Elizabeth Smart, donde se cuenta su historia en un relato del que también participan sus familiares) y, además, efectivamente es parte de una familia feliz. Pero para arribar a este punto luminoso hubo antes una historia de terror. Una tragedia donde el espanto no logró frenar la esperanza, donde la vida le ganó segundo a segundo a la muerte, donde la violación repetida y la tortura no pudieron doblegar la voluntad de una menor por sobrevivir, donde quien era la víctima consiguió convertirse en la heroína que sorprendió al mundo y en la activista que trabaja en defensa de todos los niños. Una de seis Elizabeth Ann Smart fue la segunda de seis hermanos: dos mujeres y cuatro varones. Nació el 3 de noviembre de 1987 en Salt Lake City, dentro de una familia sumamente religiosa. Edward y Lois educaron a sus hijos de manera estricta, como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Al momento que cambió su vida, Elizabeth concurría al colegio Bryant Middle School donde era una alumna aplicada, alegre, que tocaba muy bien el arpa. Transcurría el otoño del año 2001 cuando Lois Smart, quien paseaba por el centro de la ciudad con su hija Elizabeth, observó a un hombre pidiendo limosna. Comprometida con sus valores quiso enseñarle a su hija la faceta solidaria: se acercó al mendigo y charlaron con él. El hombre sostuvo llamarse Emmanuel. Antes de irse, Lois le dio cinco dólares y le preguntó si estaba dispuesto a realizar algún trabajo para ganar dinero. Emmanuel respondió que sí. Lois le ofreció reparar el techo de su casa y quedaron que haría ese trabajo en noviembre, antes de que llegara el frío. La casona de los Smart era impresionante y estaba ubicada en medio de una naturaleza descomunal en el exclusivo barrio Federal Heights de la ciudad de Salt Lake City, en el estado norteamericano de Utah. Contaba con varias plantas, era de color tiza con techos de pizarra gris oscuro. Cuando llegó la fecha Emmanuel se presentó y comenzó con las reparaciones necesarias. El trabajo le llevó varios días. Nadie podía adivinar que esa maniobra empática de Lois iba a cambiar sus vidas para siempre. Robada de su propia habitación La tarde del miércoles 5 de junio de 2002 fue la ceremonia de fin de clases en el colegio secundario Bryant. Cuando la familia Smart volvió a casa, los chicos se prepararon para irse a dormir a sus respectivas habitaciones. Edward chequeó que las puertas estuvieran cerradas, pero no activó la alarma. A veces, no lo hacía porque sus hijos se levantaban varias veces por la noche para ir al baño y los movimientos disparaban las alarmas haciendo gran bochinche. Después de todo, nunca pasaba nada en ese barrio tan cuidado. Elizabeth Smart, 14, compartía su cuarto con una hermana menor, Mary Katherine, 9. Después de charlar de leer Ella Enchanted (en español, Ella encantada), la novela juvenil de Gail Carson Levine, apagaron la luz y charlaron en la oscuridad. Al final ambas se durmieron en la seguridad absoluta de su habitación. Sus padres descansaban a unos pocos pasos. Poco después de las dos de la mañana Elizabeth se despertó con algo que le presionaba la garganta. Abrió los ojos y distinguió en la oscuridad a un hombre blanco, de pelo oscuro y con una gran barba, íntegramente vestido de negro que mantenía un cuchillo apretado contra su cuello. ¡¡Ouch!! dijo en voz alta asustada pero el intruso murmuró amenazante que no gritara, que se quedara quieta si no quería que las lastimara a ella y a su hermana. Mary Katherine también se había despertado al escuchar al sujeto. Le sonó una voz conocida, pero aterrada simuló seguir dormida. El hombre de negro le exigió a Elizabeth salir de la cama. Mary Katherine intentó ver algo con sus ojos entrecerrados. Creyó que el tipo tenía un arma de fuego. Luego oyó levantarse a su hermana y cómo crujían las maderas del piso bajo el peso del intruso y de Elizabeth. Los pasos se fueron alejando. Temblando se introdujo bajo su cama y esperó allí con el corazón desbocado. ¿Podría ese hombre horrible volver para llevársela a ella también? Demoró dos horas en vencer el miedo para salir de su escondite e ir a avisarle a sus padres. El secuestrador llevaba una notable ventaja. Entró al cuarto de Lois y Edward y los despertó: un señor con barba se había llevado a Elizabeth hacía rato. Edward creyó que su hija estaba teniendo una pesadilla. No le creyó y fue corriendo hasta el cuarto de las chicas. Elizabeth no estaba. Siguió buscándola por cada ambiente y cada piso. Abajo halló el mosquitero de una ventana rasgado. La adrenalina comenzó a abrirse paso por su cuerpo: alguien había raptado a Elizabeth. Llamaron al 911 a las 4.01 de la madrugada. Y enseguida se disparó la alerta. La noticia de una menor sustraída de su propia casa comenzó a circular por radio y televisión. Era una bomba mediática por el perfil de la secuestrada, el barrio y que estaba en su dormitorio, un sitio considerado sumamente seguro. La familia ofreció una recompensa de 250 mil dólares y la policía 10 mil dólares más. Una legión de voluntarios formada por 700 personas más 25 policías y el FBI encabezaron la búsqueda. Las pistas que llegaron eran muchísimas a razón de un llamado por minuto. Pero no condujeron a nada ni a nadie. En medio de la angustia y la locura Edward Smart tuvo que ser hospitalizado por el estrés que estaban atravesando. Pavor en marcha Minutos después de ser secuestrada, mientras la adolescente era arrastrada por su captor en medio de la oscuridad, un auto de policía pasó cerca de ellos. A punta de cuchillo, el hombre la obligó a tirarse al piso: Si te movés te mato acá mismo. Elizabeth no dijo nada, pero ya se había dado cuenta quién era su secuestrador. Era aquel mendigo rescatado por su madre, que meses atrás les había reparado el techo: Emmanuel. Su captor la empujó montaña arriba. No veía ni dónde pisaba. Llegaron a un campamento improvisado en medio de un bosque. Allí estaba Wanda Barzee, la mujer de ese hombre que ella creía se llamaba Emmanuel. En realidad les había mentido a ella y a su madre: su verdadero nombre era Brian David Mitchell. Y era un delirante que se autoproclamaba predicador de la palabra divina y se hacía llamar Isaiah. Esa misma mañana, sin dormir, en medio de una desquiciada ceremonia que condujo Wanda, cautiva y captor fueron casados. Era una pesadilla. Terminada la celebración Mitchell le anunció que había llegado el momento de consumar el matrimonio. Elizabeth no sabía de qué le estaba hablando. Lo iba a comprender en breve. A menos de cinco kilómetros de su anterior vida, de sus adorados hermanos y sus padres, ya nada se parecía a lo conocido. En su nueva y espantosa realidad, los días siguientes, llegó a escuchar las voces de quienes la buscaban entre las colinas. Pero luego esas voces se perdían. ¿Qué podía hacer? Mitchell, que decía experimentar revelaciones religiosas y expresaba su deseo de tener hasta 350 esposas, empezó con sus horrendas violaciones. Hasta cuatro veces al día. Elizabeth no quedó embarazada porque todavía no había menstruado. Algunas veces la encadenaban a un árbol donde pasaba frío y hambre. Otras, la dejaban en un agujero oscuro en el suelo y le daban basura para comer. También fue obligada a tomar alcohol hasta emborracharse. Todos los días tenía que mirar pornografía. La realidad era demasiado para tolerar y el miedo no colaboraba. Mitchell repetía: si se le ocurría escapar o pedir ayuda, la mataría sin titubear. Si gritaba también podría ir y matar a toda su familia. Elizabeth sabía perfectamente que él conocía todos los recovecos de su casa y conocía a sus hermanos. Claro que le creyó. Y calló. Wanda presenciaba las violaciones de Mitchell en esa carpa a la que la pareja llamaba: El altar de Emmanuel. Elizabeth contaría en una entrevista años más tarde: Estaba en shock. Pensé que no podía ser en serio. No podés simplemente secuestrar a una menor y decir que es tu esposa. Nunca dije que sí. Nada estaba bien Siempre pensaba en escapar, cómo volver con mi familia. Nunca dejé de pensarlo (...). En otros reportajes relató: Recuerdo cuando me obligaban a tomar alcohol (...) Una vez me hicieron tomar tanto que vomité, perdí el conocimiento, y ellos me dejaron tirada allí toda la noche, y cuando me desperté a la mañana siguiente todavía tenía la cara y el pelo pegados al suelo, y se reían, y ella se reía tanto como él, si no más que él (...) la sensación que ella irradiaba: era oscura, malvada". Tres meses después, en septiembre de 2002, Mitchell, Wanda y Elizabeth subieron a un ómnibus con destino a California. Llegaron a la ciudad de San Diego. Allí se pasaron varios meses más moviéndose entre campamentos y hogares para gente sin recursos. Comían los tres en refugios para los sin techo. Fue entonces que Mitchell volvió a intentar secuestrar a otra chica más. No tuvo suerte. Muchas veces la joven estuvo en sitios públicos. Ellos la vestían con ropa blanca de pies a cabeza y le tapaban la cara con un velo que la cubría totalmente. Nadie se fijaba en ella. Aunque lo hubieran hecho ella estaba muteada por el pavor a Mitchell: jamás se animaría a pedir ayuda. El calvario y la angustia Mientras Elizabeth vivía su calvario, su familia atravesaba la angustia asfixiante de no poder dar con su paradero. ¿Estaría viva?¿La habría matado? ¿Dónde podría haberla llevado su secuestrador? Los detectives de homicidios no descartaban nada ni a nadie. Tanto Edward, su padre, como otros miembros de la familia fueron sometidos al detector de mentiras. El 14 de junio la policía arrestó al primer sospechoso en el caso: Richard Ricci, de 48 años. Este delincuente que estaba en libertad bajo palabra había trabajado en la casa de los Smart. Les había robado joyas y dinero, y había hecho lo mismo en otras casas del barrio. Pero Ricci aseguraba no saber nada de la adolescente. A pesar de ello fue detenido. El 24 de julio de 2002 sucedió otro hecho inquietante: la policía fue llamada a la casa de la hermana de Lois Smart. Una prima de Elizabeth, Olivia Wright de 15 años, se había despertado cuando un hombre intentaba cortar el mosquitero de su ventana. Reaccionó rápido y el hecho quedó trunco. El temor de las familias de la zona se exacerbó. Los Smart no podían creer la casualidad: el intento de secuestro y el mosquitero roto. Nadie podía saberlo, pero ese hombre que pretendió repetir la operación de un secuestro nocturno, era el mismo que tenía cautiva a Elizabeth. En realidad el audaz Mitchell había decidido raptarla porque había escuchado a Elizabeth hablar de ella. Las novedades siguieron sucediendo mientras más de seis mil pistas eran revisadas. En agosto, dos meses después, los hermanos de Elizabeth volvieron al colegio. La vida debía continuar para ellos. El 30 de agosto, Ricci, el sospechoso detenido, tuvo un ACV en prisión y murió. La policía seguía pensando que podía ser el culpable. En octubre por presión de la familia las cosas llegaron hasta el presidente Bush que alentó personalmente para que se implementaran los sistemas rápidos, tempranos y unificados de alertas para las desapariciones de menores. Cuando la televisión salva El 12 de octubre de 2002, a cuatro meses del secuestro, la niebla mental de Mary Katherine sobre lo sucedido empezó a disiparse. De pronto, la pequeña pudo recordar al captor de su hermana: se iluminó y dijo que la voz que había escuchado aquella noche era la del hombre que les había reparado el techo casi un año antes. La policía paró todas sus antenas y confeccionó un identikit. Pero no encontraron a Emmanuel. No sabían tampoco si ese era su verdadero nombre. Para este momento Mitchell ya se había trasladado con su mujer y Elizabeth a California. El 3 de noviembre de 2002 fue el cumpleaños número 15 de Elizabeth. La familia estaba desesperada, llevaban cinco meses sin noticias. En enero de 2003, Mary Katherine y los otros cuatro hermanos de Elizabeth, fueron entrevistados por Jane Clayson, del programa 48 Hours Investigates de la CBS. Los Smart estaban apostando fuerte para producir algún avance. El 3 de febrero, la familia decidió jugar una carta más agresiva: difundir el rostro dibujado de ese hombre que alguna vez dijo llamarse Emmanuel. Llegaron al programa America s Most Wanted (Los más buscados de América) que conducía John Walsh, un hombre que había vivido en carne propia el drama de un secuestro que terminó mal, el de su propio hijo Adam de 6 años. Apenas emitido el episodio donde se mostró esa cara dibujada, hubo cataratas de llamadas. Los hijastros de Mitchell lo identificaron claramente con nombre y apellido: la persona que buscan se llama Brian David Mitchell. Ahora había que encontrarlo. Las autoridades tenían suerte: todo el país conocía su cara y su nombre. Cada ciudadano oficiaba de detective. Al mismo tiempo, Mitchell y Wanda empiezan con otro divague: quieren trasladarse a Boston o a Nueva York. Elizabeth se anima y les dice que Dios querría que volvieran a la ciudad de Salt Lake City. Increíblemente sus dichos surten efecto. Convence a la lunática pareja quienes emprenden con ella el regreso. Hacen autostop, le piden a la gente que los lleve. En el estado de Utah, en la ciudad de Sandy, muy cerca de Salt Lake City, dos parejas observan al estrafalario trío caminando por la calle. Van empujando unos carros llenos de cosas como basura, bolsas de dormir y otros cacharros. Los tres están sucios, tienen puestas unas pelucas y las dos mujeres llevan, además, velo. Nancy y Rudy Montoya, fanáticos del programa de televisión emitido, apenas los ven se comunican con el 911. Anita y Alvin Dickerson, otra pareja, también han visto el programa de America s Most Wanted y alertan a las autoridades. Nancy dijo después: Era increíble. Estaban en la calle principal ¡a un tiro de piedra de la comisaría!. El programa de tevé tenía una audiencia de más de diez millones de espectadores y se habían dado dos capítulos sobre Elizabeth Smart. El caso conmovía al país entero. El 12 de marzo de 2003 a la una de la tarde la policía llega hasta el trío. Sin mucha ceremonia rescatan a la adolescente. Al verla no dudan: es Elizabeth Smart. Avisan a su familia que la han encontrado viva y que vayan a esperarla a la comisaría de su barrio en Salt Lake City. La llevan en su patrullero. Adoración, sexo y ángeles El 16 de noviembre de 2009, después de miles de idas y vueltas sobre la salud mental para definir si los acusados eran o no competentes para ser juzgados, Wanda Barzee llegó a un acuerdo para declararse culpable por colaborar en el secuestro de Elizabeth Smart. Le pidió perdón públicamente a la familia. En mayo de 2010, el juez la sentenció a pasar 15 años en prisión. Mitchell, por su lado, fue juzgado por secuestro y reiterados asaltos sexuales contra la menor. Los peritos psiquiátricos le diagnosticaron desórdenes de la personalidad: antisocial y narcisista. Curiosamente, Mitchell provenía, como su víctima, de un hogar mormón donde era el tercero de seis hijos. En la adolescencia se había vuelto tan problemático que había terminado viviendo con su abuela. Mitchell se casó por primera vez a los 19 años y tuvo a sus dos primeros hijos. Se separó y se convirtió en miembro activo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y dejó de consumir drogas por un tiempo. En 1981 Mitchell se casó por segunda vez con una mujer con tres hijas. Con ella, tuvo dos hijos más que terminaron viviendo en hogares de tránsito. Mitchell hablaba demasiado de Satanás y habría abusado de sus hijastras y por ello su mujer lo denunció en la Iglesia. Los pastores le recomendaron que lo dejara pasar, pero ella escogió separarse. Así fue que llegó el tercer matrimonio de Mitchell con la divorciada con seis hijos Wanda Barzee. Si bien los amigos de la pareja no sospecharon su locura, intramuros todo era un desquicio. Mitchell se volvió cada vez más excéntrico y sostenía que hablaba con los ángeles. Los hijos de Wanda no lo aguantaron y se mudaron con otros familiares. En los años ´90, Mitchell cambió su nombre a Emmanuel y rompió definitivamente con la Iglesia. Anunciaba el apocalipsis, se dejó una barba eterna y se puso una túnica. Wanda se contagió la locura y empezó a denominarse a sí misma Adoratriz de Dios. Era su discípula más ferviente. En ese contexto se produjo el secuestro de Elizabeth Smart. Corazón valiente Al momento de celebrarse el juicio contra su captor Elizabeth estaba en una misión mormona internacional en París, Francia. Volvió porque quería dar su testimonio. En su conmovedora declaración dio detalles sobre los abusos sexuales que sufrió durante esos nueve meses y de las condiciones horrorosas de su cautiverio. Contó, además, que una vez estuvo a punto de ser rescatada en una librería por un detective, pero tuvo tanto miedo que no pudo pedirle ayuda. Wanda Barzee testificó contra su marido. Dijo que él manifestaba el deseo de secuestrar mujeres jóvenes y relató cómo preparó el campamento para recibir a Elizabeth aquel día. Mitchell (hoy tiene 72 años y está recluido en la cárcel Terre Haute en Indiana luego de haber sido atacado por otros reclusos) fue encontrado culpable de todos los cargos y en mayo de 2011 condenado a dos cadenas perpetuas. Elizabeth no se privó de decirle en la cara: Sé que sabés que lo que hiciste está mal. Me quitaste nueve meses de mi vida que nunca me podrán ser devueltos. Pero en esta vida o en la próxima, tendrás que hacerte responsable por tus acciones, espero que estés preparado para cuando lleguen esos tiempos. Wanda que, al momento de su condena, ya llevaba siete años de cárcel, en 2018 quedó en libertad bajo palabra con 72 años. Para acceder a esto tuvo que cumplir dos requisitos: registrarse como delincuente sexual e inscribirse en un programa para tratar enfermedades mentales. Elizabeth dijo en ese momento sentirse mortificada con su liberación: Creo sinceramente que es una amenaza. Se trata de una mujer que tenía seis niños, y aún así conspiró para secuestrar a una niña de 14 años y no solo se sentó al lado de ella mientras estaba siendo violada, también animó a su marido a que continuara violándome (...) se sentaba junto a mí mientras él me estaba violando y un lado de su cuerpo tocaba el mío. Así que no había ningún secreto, ella sabía lo que estaba pasando. Era retorcida, malvada. En mayo de 2025 Wanda fue arrestada brevemente en Utah por violar las condiciones de su libertad condicional y entrar a espacios restringidos para personas que han sido delincuentes sexuales. La luz sobre las tinieblas Elizabeth demostró tener un carácter excepcional. Se despegó de su situación de víctima y comenzó a actuar. Quería encontrar un sentido a lo vivido. No pensaba quedarse quieta. El 8 de marzo de 2006 habló en el Congreso de los Estados Unidos para apoyar una ley sobre los predadores sexuales y la instrumentación del Alerta AMBER, un protocolo que se instrumenta hoy cuando hay un menor desaparecido. Presentó libros, dio conferencias y habló de cómo sanar las heridas de las víctimas. En 2009, en la Conferencia de Mujeres de California, disertó sobre cómo superar los obstáculos de la vida. En 2011, creó una fundación que lleva su nombre para combatir la violencia sexual. Su idea fue siempre brindar esperanza y terminar con la victimización y la explotación sexual con prevención y recursos legales. Ese mismo año, Elizabeth fue distinguida con el premio Diane von Furstenberg Award. La cadena ABC News anunció que ella trabajaría como comentarista en temas que tuvieran que ver con la desaparición de personas. En 2013, escribió sus memorias, Mi Historia, que fueron publicada por St. Martin s Press. Su padre también escribió un libro llamado Bringing Elizabeth Home (Trayendo a casa a Elizabeth). Hubo películas, varios documentales y más libros basados en su historia. Fue en París en 2011 que Elizabeth conoció a un escocés llamado Matthew Gilmour. Se enamoraron. El 18 de febrero de 2012, luego de un año de noviazgo, se casaron en la isla de Oahu, en Hawái, en una ceremonia privada en el templo Laie Hawái. El festejo se realizó en el hotel Turtle Bay Resort, donde estaban alojados frente al mar. Los invitados fueron doce familiares. Gilmour se casó vestido con la tradicional falda escocesa: usó la kilt de su propio padre que había muerto de cáncer cuatro años antes. La novia de 24 años estaba radiante y sonriente. Ese día todos intentaron olvidar el capítulo amargo de su vida. Ella le explicó después a la revista People que habían elegido la isla de Oahu para la ceremonia para evitar el acoso mediático. En mayo de 2013, en un discurso sobre el tráfico de personas en la prestigiosa universidad Johns Hopkins, Smart puso sobre el tapete la necesidad de disipar los mitos que rodean estos casos. Habiendo sido repetidamente violada Elizabeth recordó el impacto destructivo que eso tuvo en su psicología y cómo la hizo sentir que ya no valía nada: Yo pensé, oh mi dios, soy como un chicle usado, nadie vuelve a mascar un chicle usado, solo lo tirás a la basura Así de fácil, sentís que ya no valés nada () ¿por qué haría la diferencia ser rescatada? Tu vida no tiene valor. Por todo esto es que Elizabeth insiste en trabajar sobre la autoestima para poder dejar de mirarse como una víctima. En febrero de 2014, testificó en la casa de representantes de Utah a favor de crear una currícula para los colegios que provea entrenamiento a los chicos para prevenir los abusos sexuales. En 2015, el mismo año en que nació su primera hija Chloé, Elizabeth participó en un video donde explicó cómo su religión la había ayudado a atravesar el horror y a sanar. En 2016 trabajó para el true-crime show Crime Watch Daily. Y en 2017, en el aniversario número 15 de su secuestro, Lifetime puso en el aire Yo soy Elizabeth Smart, un filme narrado y producido por ella. Elizabeth era una máquina en acción. Ese mismo año nació su segundo hijo James. En 2018 escribió otro libro al que tituló There s Hope: Healing, Moving Forward, and Never Giving Up (Hay esperanza: sanando, moviéndome hacia adelante y jamás dándome por vencida). Y también nació Olivia para completar la familia de cinco que son hoy. Al año siguiente, en un vuelo de la compañía Delta Airlines regresando a su casa en Utah, tuvo una nueva mala experiencia de abuso. Se había dormido cuando se despertó con la mano de un pasajero masajeando la parte interna de su muslo. Dormir tranquila no es posible para Elizabeth. Reaccionó rápidamente y no solo reportó el incidente sino que lanzó un programa de técnicas para defensa personal para mujeres al que llamó Smart Defense (en español sería Defensa inteligente). Hoy es una luchadora contra la explotación sexual infantil, el tráfico y el abuso online. En 2019 sus padres se divorciaron después de 34 años de matrimonio. Para Elizabeth fue un trance doloroso porque sus padres fueron clave en la fortaleza que ella demostró durante su secuestro en 2002. Hoy Edward ya tiene 70 años, Lois 68 y Mary Katherine 33. Ha pasado la vida. Fue precisamente su madre quien al día siguiente del milagroso rescate le dijo seriamente y mirándola a los ojos: No dejes que esta gente te robe ni un minuto más de tu vida. Elizabeth escuchó con atención el consejo de madre y renunció desde ese momento a ser una víctima. En cambio, eligió convertirse en una estrella refulgente. De esas que nunca pierden su brillo y van iluminando la vida de los otros. Para que nunca nadie deje que las tinieblas venzan a la luz.

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