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  • La brújula de Donald Trump: "Mi moralidad, mi mente"

    » Clarin

    Fecha: 20/01/2026 06:26

    Sobre el carácter derogatorio del derecho internacional y nacional de la acción militar de Trump en Venezuela se ha dicho todo, en particular por parte de los estadounidenses que resisten a los despiadados intentos de derrocamiento de un régimen político del cual el país supo ser ejemplo preclaro. Señalo, entre los muchos, como palpable muestra de anticuerpos, el enciclopédico ensayo de Michael Schmitt, Ryan Goodman y Tess Bridgeman, publicado en tiempo real en Just Security, revista online de la Escuela de Derecho de la New York University. Lo que me interesa hacer aquí es hablar de una inesperada palabra que Trump pronunció en un encuentro de hace pocos días a la Casa Blanca con algunos periodistas del New York Times: moralidad. Lo hizo al final de un largo circunloquio sobre la naturaleza de su acción en Venezuela y, en general, sobre el empleo de la fuerza como modo de operar en el ámbito internacional. Invitado a expresarse sobre los límites de dicho empleo, Trump selló Yeah, there is one thing. My own morality. My own mind ("Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. mi propia mente"). No necesito el derecho internacional, añadió poco después. Se trata de un reclamo espeluznante, pero útil. Espeluznante porque finge ignorar lo que el uso arbitrario de la violencia siempre conlleva: muerte, injusticia, caos y, sobre todo, más violencia. Útil porque indica dos fallas cruciales en el obrar de Trump que nos permiten cobijar cierto optimismo para el (¿lejano?) futuro. Primero: incluso él se da cuenta de la importancia de la moral como respaldo a toda actividad militar, máxime para aquellas que salen de la rutina jurídica. Segundo: no tiene idea de donde agarrarse para encontrar una, afuera de su propia mente. Partamos del primer punto: ¿por qué el presidente estadounidense no hizo referencia en su entrevista a lo que nos ha acostumbrado a esperar, o sea al interés de los Estados Unidos? Porque su abducción violenta del presidente del país y de su mujer, por donde se la mire, es una dudosa extensión del America first. Aunque, en su destartalada conferencia de prensa del 3 de enero, el presidente nombrara la lucha al narcotráfico y la futura explotación del petróleo venezolano como objetivos de su acción, en su posterior entrevista prefirió hablar de amenazas, por lo que tuvo que tachar el petróleo e introducir la llegada masiva de personas. ¿Serian drogas e inmigrantes tales como para justificar semejante operativo? Tampoco Trump pudo aclarar al New York Times cuál sería la postura moral asociada a su intervención armada, ya que se rehusó utilizar el lema neocon del cambio de régimen, que, sí, podría representar una postura tal -aunque discutible. La ausencia de toda alusión a un posible regreso a la normalidad democrática en el país fue un amargo despertar para los muchos venezolanos que habían acogido con alivio el derrocamiento de un presidente autoritario. Una pista de los planes estadounidenses para el futuro de Venezuela se encuentra en una hoja informativa del Departamento de la Energía del 7 de enero: Los fondos procedentes de la venta del crudo venezolano y sus subproductos se lee en ella [] serán desembolsados en beneficio del pueblo americano y del pueblo venezolano, a discreción del gobierno de los Estados Unidos. En la America Latina de Simón Bolivar, el Libertador de Venezuela e impulsor del congreso anfictiónico de Panama (1826), esta última mención no puede sino sonar ofensiva, además de amenazante, frente a la memoria de lo ocurrido en las muchas intervenciones militares abiertas o encubiertas del poderoso vecino. El tema de la legitimación del empleo de la violencia a nivel internacional es delicadísimo -porque no existe una instancia trascendente que pueda respaldarlo con una moral universal e incontrovertible y porque el apoyo a toda acción coercitiva por parte de las Naciones Unidas (versión laica de la Iglesia tradicional) es muy difícil de obtener en el mundo polarizado de hoy. Enfrentar esta doble imposibilidad con la tentativa de obtener una legitimación con la victoria militar contra la víctima de un ataque, sin embargo, es una decisión irresponsable. Tan solo los vasallos y los insensatos pueden estar dispuestos a otorgársela a esta condición -los unos, convencidos que, al servir el amo, él les perdonará la vida, los otros, apostando a una muy aleatoria fortuna propia, que les permitiera, a raíz de su posición geográfica, ideológica u otro, salvarse del próximo arrebato. Se trata de una falsa suposición y de una dudosa legitimación, ya que, como bien lo explicó Trump, su sentido último no radica en un principio universal, duradero y comprensible a todos, substancial o formal, sino en los partos solitarios y arbitrarios de su mente. Y, al parecer, el máximo que pueda pasar por su mente en este ámbito es la exhumación de viejas visiones, sean éstas la doctrina Monroe o aquella de los grandes espacios (o esferas de influencia); adoptada en tiempos de auge del colonialismo la primera y por regímenes fascistas y nazistas la segunda, no sólo son detestables por su propia naturaleza, sino, más importante aún, por no lograr responder a los más temibles desafíos contemporáneos. Que sean las incertidumbres del sistema capitalista financiero, las incógnitas del cambio climático y de la inteligencia artificial o los peligros de las armas nucleares y de la militarización del espacio, ninguno de éstos podrá ser atendido provechosamente con recetas retrógradas, ni por una potencia aislada, por poderosa que sea. Sobre la firma Newsletter Clarín

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