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  • La Guerra del Paraguay y la geopolítica del siglo XIX

    Concordia » Lanotadigital

    Fecha: 19/01/2026 11:47

    El siglo XIX suele presentarse como el momento en que el mundo encontró su forma definitiva: mercado, Estado, progreso, civilización. Esa gramática, en parte aún vigente, no emergió de manera pacífica ni consensuada: se impuso. Toda imposición requiere violencia, aun cuando se disfrace de necesidad histórica. La hegemonía británica no fue solo liderazgo económico, sino un dispositivo global que convirtió el capitalismo inglés en norma universal. En ese escenario irrumpe la Guerra del Paraguay (1864-1870) como un acontecimiento incómodo, difícil de integrar en el relato armónico del siglo. No fue un accidente ni un exceso, sino una guerra ejemplar: un momento en que el orden se afirmó mediante la destrucción. La violencia fue total porque total era la disonancia: no se castigaba una amenaza real, sino que se eliminaba un desvío inaceptable. Como advertía Alberdi lúcido analista contemporáneo- la guerra funcionó como un dispositivo pedagógico del orden: no se atacaba a Paraguay por su poder militar, sino por mostrar que ningún Estado podía existir y organizarse fuera de la lógica hegemónica. La soberanía se conservaba formalmente, pero se vaciaba en su contenido; la apertura de ríos y mercados al circuito internacional se presentaba como necesidad histórica, mientras la población sufría la devastación. La hegemonía británica operó sin necesidad de dominar territorios. Gobernó condiciones de posibilidad: hizo del comercio una norma, de la navegación una regla política y del crédito un criterio de legitimidad estatal. El poder no apareció como mandato explícito, sino como marco de racionalidad: ciertas decisiones parecían necesarias; otras, impensables. Así se desmonta la ficción liberal del mercado autorregulado. El orden mundial del siglo XIX no surgió del intercambio espontáneo, sino de intervenciones políticas sistemáticas. América del Sur se integró bajo una función definida: modernización condicionada a apertura, especialización y dependencia. La guerra se justificó en nombre de la civilización, pero produjo devastación social, empobrecimiento y destrucción demográfica. El progreso dejó de ser promesa y se volvió trampa. Paraguay condensó los límites de ese poder global. Su sola existencia cuestionaba el orden regional: no fue destruido por lo que hacía, sino por lo que mostraba: que el orden vigente no era inevitable. La Triple Alianza actuó como mediación regional de una racionalidad que la excedía. La reorganización de la Cuenca del Plata y la apertura forzada de economías no fueron consecuencias imprevistas, sino resultados coherentes con la lógica del conflicto. Londres, centro político y financiero de la hegemonía británica, escribió la partitura de una guerra que lo dejó fuera de escena, pero no fuera de la historia: actuó como autor intelectual de un conflicto ejecutado por otros, legitimado por la universalidad del orden y resuelto mediante la destrucción de lo que no podía ser absorbido. A diferencia de aquel momento, hoy Estados Unidos, en franco declive de su hegemonía mundial, ya no logra hacer que otros peleen plenamente por él: se ve obligado a implicarse de manera directa en los conflictos, a exponerse militar y políticamente, a asumir costos que antes podía delegar. Tal vez esa sea la contrastación más evidente con nuestro tiempo: cuando la hegemonía se debilita, el poder pierde la capacidad de ocultarse y la violencia deja de ser mediada para volverse explícita. J. Noriega imagen. archivo de «El Manco» López

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