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  • Cuando el aroma a victoria huele a Napalm

    » Clarin

    Fecha: 18/01/2026 07:30

    La cultura es un fenómeno históricamente transitorio, reflexionaba Thomas Mann en su imponente Doctor Faustus, obra que escribió para exorcizar el dolor, el terror y la vergüenza que sentía de ser alemán en plena locura hitleriana. Esa cultura que había penetrado y desenmascarado los enigmas de la creación (física, música, psicología, arte, literatura, filosofía, química, matemáticas, todo) cegada por la soberbia, desató su furia contra una parte de la humanidad que percibía como ajena, arrasándola sin piedad, con la violencia y el ingenio de la que solo son capaces los dioses o los iluminados. No debería sorprender que la civilización que degradó la vida, fuese la misma que había llegado a estar tan cerca del sol, hasta que sus alas se derritieron y se desplomó, y con ella su pueblo y las naciones que la conformaban. La humanidad deambula por la historia empujada por modas. Tan básico y tan vergonzoso de aceptar como eso. Y los dioses y sus mesías se mueven exclusivamente por caprichos. La naturaleza se manifiesta en un lenguaje que desconocemos, que nos es tan ajeno como reticente, donde las leyes de la causalidad dejan de tener sentido. No hay certezas, solo aproximaciones. Con la persistencia de un remordimiento vuelve a mi cabeza ese monólogo descomunal de Robert Duvall en Apocalipisis Now (la colosal criatura de Francis Coppola) aquella mañana soleada en esa versión del paraíso a orillas de un rio y un mar, bajo un cielo sereno, interrumpido por la coreografía de helicópteros y aviones que eyaculan napalm sobre las aldeas vietnamitas, mientras la belleza inigualable de las walquirias de Wagner musicaliza la muerte. La supremacía tecnológica y militar del mundo libre huele a Napalm, y posee una seducción irresistible; el coronel Kilgore (Robert Duvall) lo sentía. Yo soy el que es, así se presentaba Dios a Moisés en el Éxodo. No doy explicaciones ni me justifico, solo impongo mis leyes. Yo soy el que es, así se presentan las versiones absolutas de las verdades geopolíticas.Las teocracias en el siglo XXI se visten de Prada, en un mundo fascinado por los monjes mutantes de las tecnologías de la información. El planeta se llenó de figuras inexplicables y absurdas, como si los personajes de algún tren fantasma de un olvidado y oxidado parque de diversiones hubiesen salido a recorrerlo. Una irrupción brutal, de esas que rompen con el ritmo amable de lo conocido. Una fisura en nuestro espacio-tiempo habilitó esta invasión. Ahora están entre nosotros y es inútil que le busquemos una explicación, simplemente existen. Atolondrados por la banalidad y el entretenimiento para los que fuimos educados durante décadas, descuidamos nuestra civilización (occidental), que resquebrajada y aturdida buscó refugio en una nueva cultura que como un escape de gas se desparramó por todas partes, sin llamar la atención, hasta que fue letal. Hoy la Tierra huele a Napalm, como el olor de la victoria que excitaba a Robert Duvall. Pero tanto la victoria como la cultura son fenómenos históricamente transitorios. This is the End, susurra Jim Morrison (The Doors) mientras Marlon Brando recita los hombres huecos de T.S. Elliot, en ese poema que llegando al final nos recuerda que el mundo no se acabará con una explosión, sino con un gemido, quizás por un simple descuido . Sobre la firma Newsletter Clarín

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