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  • Una mirada desde la alcantarilla. Dormir pegados - 9 Digital - Mi 9

    Paraná » 9digital

    Fecha: 16/01/2026 17:29

    Dormir pegados Dormir pegados es bailar, me refiero a estar entre dos chiquitos que se escurren entre almohadas. ¿Hacemos un campamento, mami?, pregunta Francisca y enciende la linterna diminuta del chino. Es la hora de sus cuentos, los inventados por ella que atrapan nuestra atención por la entonación y la trama. El nene aporta onomatopeyas. Lo mío es papel de público curioso y columna de la sala, tengo las piernas como centro del techo de esta tienda. Hablemos ahora de las canciones que nos gustan, porque al Puchi Cucú cucú cantaba la rana no le gusta. Es cierto. Solo podemos cantar Noni Noni. O canciones de películas. Fran dirige las sesiones ordinarias de sueño y vigilia, pregunta, explica y se responde. Mueve las manitos y articula los gestos en su cara de una manera única. Habla hasta con las pestañas. ¿Para qué meter más contenido? Son vacaciones pero estamos ocupados. Escribimos, leemos, estudiamos, hacemos gimnasia, miramos series. Aprovechamos el desacelere de otras actividades y le metemos a las suspendidas. Estos hijitos tienen una rutina nueva: colonia, paseos más largos, dibujos para pintar por cada rincón, recorrido de calles y plazas. Nos van arriando y seguimos su juego. Con la mamá de Sofi hablamos de no viajar y descansar del estrés de salir de viaje. Nos excusamos calmas en las frustraciones económicas. Las nenas pintan en el hall del shopping un unicornio con salvavidas. Salvavidas, pienso. Y sin darnos cuenta, como un cierre que nos pasa siempre, suspendemos las charlas porque los hijos se desparraman. Y salimos tras ellos. Era una promesa este armatoste moderno. Ahora en un ala cinco negocios cerraron, del otro lado tres más. Los empleados miran con cara de aburrimiento desde el mostrador. Reviso percheros con la misma ropa hace cuatro meses. Las mesitas del patio de comida exhiben mates que la gente apoya mientras charla bajo el aire acondicionado del shopping. Lo único fresco es la brisa eléctrica. La respiración es vieja y bufa un desastre que ya vimos. Me da tristeza. Rodamos como hámster. Esto se viene abajo, nadie compra, nadie vende. Todos miran la miseria sin asombro. Chupan un sorbo y siguen. Por eso en la noche de piernas que se pegan y caminan contra el techo, mientras mis hijos duermen y se desvelan, piden memi o se levantan a hacer pis, se rascan y dejan escapar sílabas nuevas de su sueño pienso en la fortuna y la desesperación. Tenernos esta unión que no se rompe y estamos atados con alambre siempre. Pienso en temblar no solo por fiebre, en el espasmo cuando revisamos la cuenta del banco, en la ansiedad por los proyectos que pueden desmoronarse. Los propios, los ajenos. En la familia que camina por la vereda y frena en cada contenedor de basura como otros lo hacemos en vidrieras. En ese margen finito que se vislumbra ya cayendo. Nuevos pobres por todos lados. Nuevos hambres. La liquidación de los liquidados. Y no duermo, casi nada. Porque además de nosotros tres en esta misma habitación, están pegadas las escenas. La familia como refugio, el amor como consuelo, la obligación de encontrar cómo sobrevivir a la época. La parte que está del lado de afuera de la comodidad de la casa se filtra como la humedad de la lluvia. Pequeños helechitos en las grietas que no desesperan a nadie.

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