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» Clarin
Fecha: 16/01/2026 06:37
Acompañaba a un referí. Un partido de fútbol entre dos tribus enemigas. Se habían deseado la muerte desde antes de conocerse, en un rincón desmañado del África subsahariana. El manchón de arena en el medio del universo se había llamado de muy distintas maneras a lo largo de su fracasada y sangrienta historia, pero yo desconocía cada una de sus fundaciones, independencias y nominaciones. Había sido colonia belga, alemana, francesa y portuguesa. Por decisión de sus habitantes, en un plebiscito en el que los perdedores masacraron a los ganadores -pero de todos modos se impuso la opción de los que no vivieron para ejecutarla-, decidieron mantenerse leales al Führer con Hitler ya muerto, tras la firma de la derrota incondicional a cargo del almirante Dinitz, en 1945. Para cuando yo llegué, con Víctor, el referí, aquella insensata decisión era agua pasada. Por las dudas, de todos modos, preferí no preguntar. Víctor había sido comisionado por el Alto Botarate de Paz de la ONU para organizar el partido de fútbol e imponer la autoridad deportiva. La compulsa, en el estadio amateur Nené Do Santos, fungía como una suerte de tregua y reconciliación entre los dos contingentes enemigos. Ambos sabíamos que los equipos rivales, por razones socioculturales, se habían intentado exterminar unos a otros pocos minutos antes del partido, que lo seguirían intentando en el entretiempo y que probablemente, en algún tiro libre o penal, el arquero se lanzara a comerle el corazón al rival antes que a la punta adivinada. Pero la Unesco había pagado ingentes cantidades de dinero a Víctor, y yo estaba contratado por una revista cuya existencia era un enigma. Había perdido mi vuelo a París, varado en Dakar, y cubría la epopeya de Víctor para justificar mis viáticos. Víctor debía tener unos sesenta años, la edad que yo cumpliré este 2026. Nos habíamos conocido en el carril de migraciones, cuando un funcionario muy similar a Idi Amín nos pareció que intentaba violar a uno de los dos a cambio de dejar pasar al otro. Sumamos dólares y eludimos aquel destino. -No es cierto que el amor esté motivado por la reproducción -me comentó Víctor en el jeep-. De otro modo, nos daría lo mismo cualquiera. -Coincido -reconocí, y agregué-: por otra parte, ¿cuál es la motivación de la reproducción? -Nunca he escuchado una explicación al respecto -replicó Víctor-. Un buitre nos observaba como si fuera la reencarnación del oficial de migraciones. Estuve casado 35 años. En algún momento de aquel laberinto matrimonial, caí en una depresión espantosa. Lo llamé la deflación. Mi mujer no me deseaba, pero tampoco quería separarse. Yo la deseaba, la amaba. Hubiera necesitado que se fuera para poder prescindir de ella. Pero algo la mantenía atada a mí. Esa depresión derivó en una anorexia, y pronto en una escalera a la muerte. Yo adelgazaba de un modo ominoso. Mi mujer me obligó a consultar a una eminencia. Fuimos juntos. El doctor me revisó, me ordenó placas, análisis, me auscultó, me escuchó. -Señora -le dijo a mi esposa-, su marido necesita que usted lo atienda. No sé cuál es la frecuencia -Cuando tengo ganas -lo interrumpió Mercedes-. -Comprendo -siguió el médico-. Para que se recupere, por un período, deberá ser una vez por semana. -Eso es imposible -se soliviantó Mercedes-. Yo no me voy a obligar a satisfacerlo. -Pero señora -insistió el doctor-. Está en juego la vida de su marido. -Y mi dignidad -insistió Mercedes-. Además, eso que usted está recetando es completamente machista ¿Cómo sabe usted que? -Señora, me ofende. Mi diagnóstico, y mi tratamiento, obedecen a estrictos parámetros científicos. Me va en ello lo que más valoro: mi prestigio. No cobraré un centavo, por otra parte, hasta no presenciar el proceso recuperatorio. Pero le adelanto: no tengo dudas. Esa es mi prescripción. -Mercedes se negó -siguió Víctor-. No hubo caso. Incluso lo hicimos menos que antes, que ya eran pocas. Quedé en piel y huesos. Me restaban apenas días de vida. Siempre había querido conocer el Asia. El vuelo duraba veinticuatro horas y era probable que no sobreviviera. Embarcamos rumbo a Japón y China. En nuestra Primera Clase, porque tiré la casa por la ventana, viajaba un monje tibetano paradójicamente conocido como El Juez del Mundo. Se llamaba Sinig. -¿Por qué paradójicamente? -consulté-. -Porque se suponía que no juzgaba. Y de hecho, ni siquiera quería tomar mi caso. Pasamos una semana en el Himalaya con Mercedes y Sinig. Hasta que, en el alba del octavo día, luego de que yo me lanzara en carrera durante doce horas contra un páramo que terminaba en un abismo, dispuesto a terminar con todo, Mercedes me interrumpió con la noticia de que Sinig, el Juez del Mundo, había decidido mitigar mi desdicha. Su receta fue convertirme en referí. Yo debía mediar en partidos realmente significativos. La expresión es de Sinig. Me consiguió, como primer desafío, un referato en una prisión de alta complejidad, entre condenados a muerte y asesinos seriales. Era un hombre muy influyente, con terminales funcionariales en todo el planeta. Contemplar y arbitrar, continuó. También me separé de Mercedes. Desde entonces, recuperé el hálito vital. -¿Con la separación o con el oficio? -Para que Sinig me atendiera, Mercedes le había concedido. Me lo confesó y me pude separar. Fue mi decisión. -Pero ¿Mercedes se enamoró del Juez del Mundo? -No. No. Lo hizo por mí. Una suerte de soborno para que me atendiera. -Pero en ese caso -murmuré estupefacto-, ¿por qué no aceptó la prescripción de hacerlo una vez por semana con usted? -No hay una lógica de la especie humana -ponderó Víctor-. Los equipos rivales ocupaban el centro de la cancha, mal pintado, asimétrico, con una cal de un color similar al de la tierra misionera. Aguardaban con caras de pocos amigos el improbable sorteo sobre quién movería primero y quién elegiría arco. -Habló todo el tiempo en pasado sobre el Juez del Mundo -reparé-. -Falleció poco después de mi separación -comentó como al pasar Víctor, comenzando a calzarse la casaca negra y amarilla. Sobre la firma Newsletter Clarín
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