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  • Honestidad brutal, en un mundo sin ilusiones

    » Clarin

    Fecha: 16/01/2026 06:37

    En 1989, George H. Bush defendió la invasión militar a Panamá y la captura de Manuel Noriega como necesarios para reestablecer la democracia y el estado de derecho. George W. Bush justificó la invasión de Iraq en el 2003 para eliminar una amenaza mundial, liberar al pueblo de una dictadura y ayudar a construir una sociedad libre y estable, aclarando que el propósito no fue conquistar o explotar al país. En el 2013, Barack Obama declaró que el objetivo de la intervención en la guerra civil en Siria fue contrarrestar el asalto a la dignidad humana causado por el uso de armas químicas por el régimen de Bashar al-Assad, la violación de derechos humanos, y la situación humanitaria. Brillan por su ausencia similares referencias a la democracia y causas humanitarias en la justificación que Trump dio sobre el secuestro de Nicolás Maduro. En su primera aparición pública después de la decapitación del chavismo, Trump mencionó petróleo veintisiete veces y omitió mencionar democracia. A diferencia de sus predecesores, ni siquiera intenta apelar a la clásica narrativa que Estados Unidos es un faro de democracia mundial. No menciona ideales democráticos para explicar sus acciones en el tablero geopolítico. No necesita arroparse en propósitos nobles. Echa mano al realismo y el pragmatismo que, con pocos pelos en la lengua, apela a la única convicción que guía su realpolitik: business es business. Con su habitual retórica, que enhebra divagaciones y disquisiciones en una espiral interminable de libre asociación, Trump anunció que Estados Unidos va a controlar Venezuela, que no hay plazos, y que vamos a ganar dinero con el petróleo. Hablar sobre el estado de derecho le es tan natural como hablar esperanto. Ni siquiera se molesta en hablar poéticamente sobre la oposición democrática. Despechó y rebajó a María Corina Machado e ignoró supinamente a la oposición. No hay lugar para el platonismo democrático en el realismo MAGA trumpista. Este giro no solamente refleja el ADN personal de Trump, quien ha desechado las normas del buen decoro de la diplomacia y los discursos sobre intervenciones humanitarias en su fulgurante década política. Por una parte, refleja el sentimiento de su base política contraria a guerras eternas como Afganistán e Irak. Por otra parte, la visión trumpista refleja la marcha hacia el loteamiento en áreas geográficas de influencia en la geopolítica contemporánea. Lo que está en disputa no es la supuesta superioridad de modelos de sociedad o ideologías políticas capitalismo, democracia, socialismo, comunismo. Los conflictos son simplemente sobre poder, influencia, negocios, relación de fuerzas, capacidad de disuasión. Stephen Miller, prominente asesor de Trump, lo dijo sencilamente: Vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que uno quiera sobre lindezas internacionales y el restopero vivimos en el mundo realgobernado por la fuerza, es decir por poder. La presencia dominante de Trump, el firmante del libro El Arte de la Negociación, simboliza justamente el espíritu de época. El mundo de Trump está más cerca de Hobbes que el de Rousseau la vida es desagradable y feroz más que poblada por seres generosos y pacíficos. Los críticos han acusado que el propósito real de la incursión norteamericana es controlar el petróleo venezolano. Subyace en esta línea de pensamiento la idea que la pretensión norteamericana de apelar a valores virtuosos, como la humanidad o la civilización, disfraza la constante intención de controlar recursos. La crítica se monta sobre la premisa que la maraña discursiva deber ser desentrañada y mostrada como hipocresías y dobles discursos. La novedad es que, con honestidad brutal, Trump dice con todas las letras justamente lo que sus críticos acusan de ocultar. Trump no se esmera por insistir que su objetivo es sentar las bases de la democracia, devolver la libertad al sufrido pueblo venezolano, o asegurar la provisión de arepas para el pueblo norteamericano. Esto no implica que Trump tenga un plan cuidadosamente elaborado para el futuro de Venezuela. La única certeza es su reciente confesión al New York Times que está limitado por su propia moralidad y que no precisa leyes internacionales, observación similar a la convicción expresada por una nutrida lista histórica de emperadores y dictadores. Ciertamente, Trump es afecto a tejer ficciones. Cotidianamente pinta un mundo inexistente sobre una cantidad de temas la situación económica, la seguridad pública, el impacto de la inmigración, el resultado de la elección presidencial del 2020. De hecho, su catarata de fantasías mantiene ocupados al periodismo que a diario rebate con datos sus versiones antojadizas y falsas. Sin embargo, sobre temas puntuales de geopolítica, Trump suele transparentar objetivos, más allá de exageraciones y bravuconadas retóricas que son marca registrada de su estilo de negociación. Con Trump a la cabeza, hoy en día domina el nihilismo y el realismo crudo en un mundo en rápidatransición. Cuando el poder no tiene pretensiones de acciones morales virtuosas, las revelaciones de supuestas mentiras no tienen la misma resonancia que en el pasado. No hay cruzada ideológica para justificar o encubrir objetivos políticos o económicos. Cuando el idealismo es descartado, denunciar falsedades es descubrir lo obvio. El lenguaje descarnado y las acciones brutales hablan por sí solas. Sobre la firma Newsletter Clarín

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