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Fecha: 15/01/2026 05:55
Mirta Astudillo nació en San Juan el 29 de agosto de 1934. Pero casi nadie la llama así. Para su familia, para sus maestras y para quienes la conocen desde chica, siempre fue y sigue siendo Tité. Tiene 91 años, vive en el barrio porteño de Caballito y es una de las tantas sobrevivientes del terremoto que el 15 de enero de 1944 destruyó San Juan y dejó una huella imborrable en la historia argentina. Tenía nueve años cuando la tierra tembló como nunca antes y cuando, por primera vez, sintió que el mundo podía terminarse en cuestión de segundos. Éramos nueve hermanos. Vivíamos con mi mamá, que era maestra, mi papá, que trabajaba como corrector en un diario y después empezó a trabajar en la Dirección Provincial de Vialidad, y una tía, hermana de papá, que era docente, cuenta. La familia Astudillo vivía frente a la Escuela Paula Albarracín de Sarmiento, en la esquina de Santiago del Estero y Santa Fe. Era una San Juan de casas bajas, muchas de adobe, con patios grandes y una vida de barrio que esa noche quedó sepultada bajo los escombros. Leé también: Aniversario con susto: a 70 años del terremoto en San Juan, se sintió un temblor El 15 de enero de 1944 había sido un día como tantos otros. Tité había ido al catecismo en La Merced y, al regresar, estaba jugando con su hermano Miguel en el patio de la casa. Sus dos hermanas menores jugaban en la vereda. Nadie imaginaba que, alrededor de las nueve de la noche, la ciudad entera iba a colapsar. El terremoto fue espantoso, anticipa y recuerda: Con mi hermano Miguel nos abrazamos en el patio, convencidos de que era el fin del mundo. El ruido era ensordecedor. Los muebles se sacudían, las puertas se trababan, los aparadores y roperos se abrían solos. Su padre intentó salir de la casa, pero no pudo: la puerta de calle se cerró con el movimiento. Dentro, el caos era total. En la cuadra de Tité no hubo muertos, algo que ella valora hasta hoy como un milagro. Pero la destrucción estaba en todas partes. Una de sus hermanas se encontraba en la casa de la abuela, en la calle Brasil, entre Alem y Sarmiento. La vivienda se derrumbó por completo. Una tía fue a buscarla en medio del desastre. No sabía dónde estaban las esquinas, se había caído todo, recuerda Tité. Su hermana y su tía quedaron atrapadas por una pequeña tapia que dividía dos patios. No fue grave, pero fue el primer contacto directo con la magnitud de la tragedia. La noche del terremoto no terminó con el último sacudón. Después vino el polvo, el adobe en suspensión, el miedo y, como si todo eso fuera poco, una lluvia persistente. Las primeras noches dormimos en un camión porque llovía mucho, dice Tité. La imagen se repite una y otra vez en su memoria: la lona, el ruido de la lluvia, la intemperie y la sensación de no tener un lugar seguro. En el barrio, la solidaridad apareció casi de inmediato. Un vecino, mayorista de frutas, instaló una carpa enorme. Todos en mi barrio nos fuimos a esa carpa, rememora. Era un espacio inmenso, lleno de camas, donde se refugiaron familias enteras. Cada uno llevaba lo que tenía: una cama, una manta, algo de comida. Esa carpa fue, durante días, el único techo para muchos. A los dos días del terremoto, la familia Astudillo se fue a Mendoza. Tité y sus hermanos partieron sin siquiera volver a salir a la vereda. El viaje fue parte del éxodo masivo de sanjuaninos que buscaron refugio en otras provincias. En Mendoza, Tité cursó tercer grado. También asistía a escuelas sanjuaninas que funcionaban de manera provisoria. Teníamos obligación de ir. En esas escuelas nos daban ropa, guardapolvos, zapatillas, que generalmente no coincidían con nosotros en tamaño. Vivían haciéndonos homenajes, recuerda. Mientras tanto, San Juan intentaba levantarse de entre las ruinas. El trabajo de su padre fue especialmente duro. Por su rol en Vialidad, tuvo que organizar camiones para retirar escombros y también cuerpos. En la familia, esas historias se contaron siempre con dolor. Su papá lo contaba con mucha pena, a veces hasta con lágrimas. La muerte se había vuelto cotidiana y brutal. Leé también: Sobrevivió a un terremoto, estuvo ciego, se convirtió en pintor autodidacta y retrató su propia tragedia Durante meses, la vida fue precaria. Cuando la familia pudo regresar, vivieron en una casa de emergencia construida en un terreno familiar. Era una solución provisoria, pero necesaria. Allí pasaron varios años, hasta que el Estado impulsó créditos del Banco Hipotecario para la reconstrucción. Dieron créditos para todo el mundo. Gracias a eso, pudieron levantar una casa nueva en la calle Brasil, en una zona que empezó a poblarse rápidamente de viviendas similares, todas fruto de una ciudad que se reconstruía casi desde cero. La adolescencia de Tité transcurrió en una San Juan distinta, marcada por la memoria del terremoto y por una infraestructura nueva. Cursó el secundario en el Colegio del Tránsito de Nuestra Señora, que también funcionaba en condiciones de emergencia. Aun así, la vida siguió. Se casó, formó una familia y tuvo tres hijos: Adriana, licenciada en Políticas Sociales; Laura, abogada y jueza del Tribunal Fiscal de la Nación; y Mario, licenciado en Grabación y Sonido. Hoy también es abuela de tres nietos y bisabuela de dos. Su esposo también fue profundamente marcado por el terremoto. Vivía en una casa nueva, en la esquina de General Paz y Entre Ríos, que se derrumbó por completo. Una columna golpeó a su madre en la cabeza y la hirió gravemente. Vivían a una cuadra de la Clínica San Juan, donde pudo ser atendida de inmediato. El padre de su esposo, de origen peruano, sufrió un colapso nervioso y lloró durante horas. La pasó muy mal, recuerda Tité. En 1974, la familia se mudó a Caballito, en Buenos Aires. Sus hijos, todos sanjuaninos, hicieron allí su vida y su carrera. En 2005, su esposo falleció. Desde entonces, Tité vive rodeada de recuerdos, de afectos y de una memoria que nunca se apaga. Durante años viajé mucho pero siempre en hoteles o establecimientos preparados para sismos. Caso contrario ni siquiera entraba, aclara. Leé también: Qué hacer antes, durante y después de un terremoto A 82 años del terremoto de 1944, Tité habla sin rencor, pero con una claridad que conmueve. No romantiza la tragedia. La recuerda como fue: miedo, destrucción, muerte. Hoy, con 91 años, es testigo viva de un San Juan que ya no existe, pero que sigue latiendo en quienes sobrevivieron. Es llamativo, tengo 91 años, era la enferma de la familia, pero hoy estoy absolutamente sana. No me acuerdo cuándo tuve algún resfrío, señala, entre risas. Su historia es memoria colectiva y es la voz de una niña de nueve años que creyó que el mundo se terminaba y que, sin saberlo, estaba siendo parte de una de las páginas más dolorosas y más solidarias de la historia argentina.
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