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Concordia » Diario Junio
Fecha: 11/01/2026 11:58
La política como tragedia en carne propia En estos días aciagos en nuestro país, hemos leído, visto y escuchado una infinidad de consignas respecto a quién deberíamos adjudicar o responsabilizar por la actitud de los votantes que llevaron al poder a este engendro fascista.¿Será que debemos entender su bronca y justificar su elección en virtud de la crisis prolongada que seguimos prolongando y profundizando, etc., etc.? Y quizá tengan razón quienes enarbolan gestos comprensivos o absolutorios. Después de todo, poco importa haber tenido razón cuando nos lanzamos a vociferar nuestros argumentos más sólidos. Sin embargo, si renunciamos a comprender tanto el funcionamiento de los dispositivos neofascistas como los mecanismos psíquicos que regulan esas pulsiones, deseos y reacciones convulsivas que aquellos aparatos de captura procuran propiciar e inflamar, no acertaremos a la hora de ensayar estrategias de reconstrucción del campo popular. Comencemos por admitir que ni el candidato anarcocapitalista, ni sus aliados macristas de entonces, se ocuparon de disimular sus intenciones más aviesas: todos dieron rienda suelta a sus pretensiones más descaradas, como si se tratara de una competencia en la que triunfa la propuesta más violenta y cruel por sus consecuencias. Pero si incorporamos a este vendaval de consignas a legisladores simpatizantes, comunicadores pagos y trolls rentados, se podría contabilizar expresiones democráticas de tolerancia extrema consistentes en reivindicar el genocidio, demoler garantías y derechos humanos, exterminar a los K, tanto de parte del periodismo rentado como de las máximas autoridades gubernamentales, por ese complejo de superioridad nacido de uno de inferioridad. En síntesis, lo más democrático que proponían era meter bala, implosionar el Ministerio social. En síntesis, que vuelvan los Falcon verdes, las capuchas, con la nueva SIDE, que son capaces de arrestar a una sombra que no se parezca a su dueño: misoginia, homofobia, capuchas, bolsas mortuorias, motosierras en todos los ámbitos; un verdadero arsenal (no solo simbólico) empuñado por la derecha vernácula. Estamos muy lejos de desestimar, en honor a la honestidad intelectual, los factores socioeconómicos a la hora de ensayar alguna explicación de aquel esperpento electoral. Es tan absurdo negar que allí donde crece el desierto puede adivinarse una tempestad, como aventurar una causalidad inevitable porque la Historia así lo marca. Porque entre la angustia y el resentimiento desatado, la precariedad y la vida miserable como destino final, surge el fascismo larvado. La crisis del 2001, más profunda desde el punto de vista estructural, con 31 muertos y ciudades arrasadas, no culminó por eso en la conformación de un orden autoritario y hostil a toda posibilidad de regreso del Estado constitucional, sino, por el contrario, en la instauración de uno fundado en los cuidados, la reparación social y la protección de los más vulnerables, que algunos llaman populismo con intención clasista de degradar a las mayorías populares que habían perdido sus derechos, como en la actualidad. No surgió luego de esa épica histórica. No arrojaron como corolario acciones y actitudes fascistas, resentidas ni extraviadas. Tan es así que, al cabo de una década de salarios más elevados, semiplena ocupación, amplia cobertura previsional, desendeudamiento con el FMI y altísima participación de los trabajadores en el ingreso del PBI, en síntesis, ni el saqueo ni la desesperanza del 2001 nos condenaron al fascismo, ni el bienestar emprendedor y endeudador de 2015 pudieron evitar el vendaval arrasador de lo que luego vino de la mano del neoliberalismo ultraderechista que le sucedió. Pero en este modelo arrasador de nuestra derecha ultraliberal se conjugan a la perfección una pasión por el mercado en desmedro de cualquier intervención estatal; una pulsión autoritaria casi enfermiza y punitivista, alentada por disposiciones clasistas, en menor medida étnicas, y un conservadurismo clerical, moralista y tradicional. Este modelo exige la más absoluta libertad para los negocios privados, los lícitos y los ilícitos con participación gubernamental, pero la más decidida condena a los caídos del sistema, y encima reivindica el derecho a evadir y fugar divisas (?), pero reclama cada vez más austeridad para las cuentas públicas: salud, educación, PAMI, etc. A su vez, demanda la reducción de impuestos a los patrones, pero propugna la flexibilización del trabajo, condenando a la clase trabajadora a la condición de una nueva esclavitud sin cadenas. Le repugna la defensa de los derechos laborales con el pretexto de la industria del juicio, para no pagar la indemnización completa como marca la ley hasta ahora. Minimiza el genocidio, pero reclama mano dura para quienes protestan. Simbólicamente prefieren la autoayuda a la ayuda mutua, el egocentrismo a la solidaridad, lo individual a lo colectivo, la autosuficiencia a la autonomía, la distinción a la vulgaridad de las multitudes. Esta derecha no es nacionalista, sino cipaya y vendepatria; no ama la independencia, sino la sumisión y la dependencia. Practica la pasión por la ignorancia, desde el Ejecutivo hasta sus bases. Sostiene bases anticientíficas y hasta terraplanistas. Reduce los asuntos públicos a cuestiones maniqueas; aman el disparate, el show, el absurdo y el frenesí. Eso sí: reclama disciplinamiento a una prensa obediente, rayana en la obsecuencia, y persecución a los que no se atienen a sus reglas. Pero quizá el rasgo más distintivo es la pulsión por la crueldad, la ira, la mentira diaria y la manipulación política del odio. Pero esto no es nuevo. La Historia nos muestra que, desde mediados del siglo XX, analizar la conflictividad social meramente a partir de los intereses económicos en pugna, sin ponderar los ritmos emocionales de la sociedad, puede llevar a conclusiones equivocadas. El fascismo necesita penetrar en las masas para alcanzar cierto éxito como movimiento político. Necesita de la sumisión a través del miedo, como de la cooperación activa. Hay que alertar sobre los gestos discursivos, que son la fuerza que despierta la ilusión de una participación, de una regresión hacia un estado de éxtasis, de una actuación, de una puesta en escena por las fuerzas que lo promueven.
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