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» TN
Fecha: 11/01/2026 06:13
En estos días se generalizó la idea de que a Donald Trump no le interesa la reinstauración de la democracia venezolana sino el petróleo. Estaría incluso inclinado a arreglar con lo que queda del chavismo antes que con la oposición, y que el régimen entonces tendría altas chances de sobrevivir, con simples retoques en a quiénes favorece en sus acuerdos petroleros (ya no serían cubanos, chinos, rusos o iraníes, sino Chevron, Exxon y compañía), y qué excusas utiliza para seguir persiguiendo a los disidentes. Cambiaría de collar, pero Venezuela seguiría siendo una dictadura colonizada por algún poder imperial. Incluso algunos directamente homologan la conducta de Trump en este asunto con la de Vladímir Putin en Ucrania: es lo que acaba de escribir Slavoj Zizek en un artículo que es un canto a la soberanía perdida, esos buenos viejos tiempos en que supuestamente estas intervenciones en territorio ajeno no sucedían. Curioso, porque la soberanía venezolana hace años que no existe, ni para los cubanos que controlan el aparato de inteligencia y seguridad, más buena parte del ejército, y tenían verdaderamente secuestrado a Nicolás Maduro antes de que Trump lo volviera a secuestrar (por lo que aplicaría a su caso eso de que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón), ni para chinos y rusos, que trafican petróleo venezolano a cambio de armas con una shadow fleet que no entrega facturas. Otros, más sutiles, advierten que si no se pusiera sobre la mesa bien pronto un cronograma de transición, con elecciones libres en un plazo cercano, cualquier esfuerzo por reanimar la explotación petrolera y la economía fracasará. Porque el escenario venezolano tenderá a parecerse más y más al de Irak post segunda guerra del Golfo. Es lo que escribió Thomas Friedman esta semana, con un marcado escepticismo hacia la estrategia de la Casa Blanca, motivado en su aparente desprecio por la oposición democrática del país caribeño, y por la democracia en general. Hay que reconocer, sin embargo, que la Casa Blanca parece haber aprendido de la experiencia en Irak, así como de la suerte de otras intervenciones de sus marines en el pasado reciente: voltear un régimen autocrático, cuando no se puede asegurar el orden con la colaboración de otros actores, es la vía más sencilla para poner al país intervenido en manos de bandas armadas en pugna y extraviar las posibilidades de un cambio de régimen más o menos rápido e incruento. Invadir militarmente es, por eso mismo, también inconveniente: porque al destruir al gobierno autocrático se arroja al bebé junto al agua sucia, se destruyen resortes imprescindibles del Estado que es muy difícil recomponer. Es cierto que invasión y transición democrática se combinaron en los casos de Granada y Panamá, en los años 80. Pero ambos eran países muy pequeños, la proliferación de bandas criminales que pudieran descomponer la autoridad estatal en ninguno de los dos casos era un riesgo serio, y recordemos que en ambos, de todos modos, la intervención provocó muchas muertes civiles. Por algo, Trump y su administración no están repitiendo esos errores: tal vez hayan aprendido más de lo que parece. Con ese aprendizaje surge, de todos modos, un problema que se vuelve más difícil de manejar: el tiempo. Esto que empezó con la rutilante extracción de Maduro puede durar años en madurar, valga la paradoja. Es curioso, porque la diplomacia de redes sociales que ejecuta Trump suele consistir en puros golpes de efecto, la búsqueda de réditos inmediatos acompañada de un aparente o real desprecio por las consecuencias mediatas. En este caso, solo si se despliega una estrategia bien calculada de mediano y largo plazo, se va a poder evitar que ese éxito rutilante inicial se convierta pronto en un papelón y motivo de escarnio para su presidencia. Hay de todos modos un factor que juega a favor de una salida democrática en Venezuela, que puede en alguna medida contrarrestar las inconsistencias y la improvisación trumpista, pero que análisis como los de Friedman o Zizek no tienen suficientemente en cuenta: es muy difícil que, de iniciarse un acomodamiento de lo que queda del chavismo en el poder a las nuevas circunstancias creadas por la intervención norteamericana, se vaya a poder detener el proceso de cambio en un estadio intermedio, autocrático pero ya no totalitario, o algo por el estilo. Porque es muy difícil que ese estadio intermedio logre cohesionar a suficientes actores, civiles y militares, internos y externos. Leé también: Brasil informó que dejará de representar a la Argentina en Venezuela y el Gobierno redefine su estrategia diplomática Si Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y Vladimir Padrino López, los tres actores que parecen ser claves en la negociación en curso con Washington, logran sacarse de encima a Diosdado Cabello y su sector, referentes del castrismo puro y duro, tanto el partido como las fuerzas armadas van a quedar muy divididos y debilitados, y en consecuencia van a necesitar más que nunca garantías externas e internas para asegurarse retener algo del poder y el dinero que han venido acumulando, alguna fuente alterna de legitimidad que les asegure no perderlo todo. Tal vez el desorden se prolongue por un tiempo, pero eso mismo ayudará a convencerlos de que la revolución terminó y hacen falta elecciones. En el medio, un golpe intestino podría presentarse como una opción tentadora para generales asustados con el cambio, preocupados ante la perspectiva de perder sus privilegios, sus negocios y las fortunas que acumularon. Pero el resultado más probable va a ser, como en la transición de la URSS de Mijaíl Gorbachov a la Rusia de Borís Yeltsin, el fracaso de esos manotazos de ahogado del autoritarismo. Una democratización que, si prospera o decae, dependerá más que nada de los actores domésticos, no del Imperio y sus ansias de coloniaje. ¿Dadas estas condiciones, importa tanto lo que Trump diga hoy sobre el petróleo, la oposición democrática y quién prefiera tener de interlocutor? Lo que más importa es el castillo de naipes que tambalea en Venezuela. El modo en que se impulse y administre su caída. Las lecciones que eso arroje para futuras transiciones, tanto en nuestra región como en el mundo. Que no serán exactamente iguales a las que pusieron fin al bloque soviético, pero puede que se parezcan más a ellas que a las frustradas experiencias que Estados Unidos vino acumulando desde entonces en otras regiones del globo.
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