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» TN
Fecha: 11/01/2026 05:41
Lian Cabrera tenía un día normal para un adolescente de 14 años. Hasta que, a la noche, después de cenar, el cuerpo le avisó de la peor manera que las cosas no estaban bien. Calor repentino, falta de aire, mareos, el piso. Su mamá alcanzó a verlo caer. En el hospital no hubo rodeos: lo internaron de urgencia. El médico me dijo que si llegaba treinta minutos después, por ahí no me salvaban, recuerda y asegura: Ahí toqué fondo. Leé también: Estigmas y realidades: la importancia de hablar sobre los trastornos de la conducta alimentaria Lian comía poco, se exigía demasiado y entrenaba sin descanso. Gimnasio, handball, caminatas de 20 kilómetros. Mucha actividad, casi nada de comida. Y una obsesión constante con el cuerpo y la mirada del otro. Me autoengañaba diciendo que era por salud, pero el fin era bajar de peso. Bajaba y nunca me veía flaco: siempre igual o peor, cuenta en una charla con TN. Durante años, nadie ni siquiera él mismo identificó que lo que le ocurría tenía un diagnóstico: anorexia nerviosa, un trastorno habitualmente asociado en el imaginario a chicas adolescentes. Una tendencia en alza La licenciada Eliana Gioia, directora de Salud Mental CEDA (MN 48541) es clara sobre esta tendencia: Se cree que los desórdenes alimentarios se presentan en mujeres, pero es erróneo. Cada vez hay más prevalencia en varones: anorexia, bulimia, trastorno por atracón, vigorexia. El prejuicio no solo invisibiliza: sino que retrasa diagnósticos y la posibilidad de acceder a un tratamiento. Mariano Ferreyra tiene 37 años. Recién a los 28 pudo ponerle nombre a lo que cargaba desde la infancia. El mismo reconoce el punto de quiebre: El detonante fue la decisión de quitarme la vida. Ya no podía más. La comida pasó a ser una fuente permanente de tensión: no comía en público, evitaba reuniones, cumpleaños y cualquier plan que incluyera sentarse a la mesa. Se aislaba, se comparaba, se exigía en el trabajo y con su cuerpo. Cuando su familia intentaba ayudar, él lo vivía como una agresión: El síntoma se hacía más fuerte. Leé también: Cómo detectar las primeras señales de un trastorno alimentario en adolescentes Para la licenciada Olga Ricciardi, directora y fundadora de CEDA (MN 10500), ahí está uno de los mayores riesgos: Esta enfermedad no permite conciencia de enfermedad. Quien la padece no se siente enfermo, incluso defiende el síntoma a capa y espada. Por eso, insiste, el abordaje debe ser interdisciplinario: medicina, psicología, nutrición, psiquiatría y trabajo con la familia, a cualquier edad. La idea de que los trastornos alimentarios no existen en la infancia también cae. Noelia De Belder lo aprendió de la forma más dura: su hijo Manu comenzó a restringir alimentos desde muy pequeño. Las primeras señales de alerta aparecieron cuando ella volvió al trabajo tras la licencia por maternidad y se intensificaron al momento de incorporar nuevos alimentos. Durante años, Manu comió únicamente fideos con queso, algún tipo de carne muy específica y banana. Comenzó entonces un largo recorrido de consultas y tratamientos fallidos: pediatras, consejos bienintencionados y diagnósticos que no llegaban. Recién a los 9 años, una nota periodística logró ponerle nombre a lo que estaban viviendo: TERIA, trastorno por evitación y restricción de la ingesta alimentaria. Leé también: Los trastornos alimentarios son una patología que no discrimina: causas e importancia de la detección temprana Ese conocimiento les permitió acceder al abordaje adecuado y comenzar un tratamiento específico. Hoy Manu tiene 11 años, se alimenta de manera más saludable y variada, comparte comidas con amigos, realiza actividades y puede disfrutar tanto de la vida como de la comida. Detrás de cada trastorno alimentario hay una persona. No importa la edad ni el género. Importa llegar a tiempo. Lian, Mariano y Manu muestran que se puede salir, que hay tratamiento y recuperación posibles. No se puede comparar la calidad de vida de tener un trastorno alimentario a no tenerlo, dice Lian, ya del otro lado. Hoy se anima a decir lo que estaba guardado y se permite sentir. Ya no vive pensando solo en la comida ni en la mirada ajena. El bullying que alguna vez sufrió es una herida sanada. El prejuicio mata en silencio. Nombrar, escuchar y consultar a tiempo salva. Y esa urgencia no entiende de estereotipos. Lian llegó al hospital al límite. Mariano pidió ayuda cuando ya no quería vivir. Manu pasó nueve años sin que nadie pudiera nombrar lo que le pasaba. No son excepciones: son el resultado de una imagen preconcebida en la que todavía se cree que los trastornos alimentarios tienen género y edad. Reconocer que también afectan a varones, adolescentes y niños no es solo una cuestión de información: es una urgencia vital. Porque llegar tarde puede costar la vida.
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