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» Clarin
Fecha: 10/01/2026 07:13
Hay palabras que Adriana Irma Vitale ya no recuerda en español. Le salen en portugués, se le enredan en la punta de la lengua. Habla en portuñol, un idioma propio, improvisado. Se detiene un segundo, piensa y se ríe. No me sale ahora¿Cómo era en español?, pregunta la mujer que vive en Canasvieiras desde hace seis años, mientras trata de recordar. Aunque los pasillos del supermercado Skina son angostos y parecen un laberinto, la panadería se encuentra fácil, siguiendo ese perfume a pan recién horneado y a manteca derretida. Ahí trabaja Adriana, del otro lado del mostrador, con las manos llenas de harina y jornadas largas. Tiene 66 años y toda una vida atravesada por la cocina. Habla con Clarín mientras acomoda bandejas y vigila el punto justo del pan. Los alfajores de maicena son su especialidad. Suaves, tiernos, con dulce de leche que se desarma en la boca. Adriana los hace sin pensar, sus manos recuerdan todo el procedimiento. También prepara budines, medialunas y tartas saladas, pero son sus alfajores los que atraen filas de turistas y desaparecen apenas llegan al mostrador. La receta la aprendió en algún lugar que ya no recuerda, siguiendo los pasos de su abuela, aunque ella nunca cocinó cosas dulces. A las siete de la mañana, Adriana ya está en movimiento. El pan tiene que salir caliente, porque los primeros clientes esperan. Más tarde, cuando el sol empieza a bajar y la playa de Canasvieiras se vacía, la gente vuelve por algo dulce o salado. Quizás para acompañar el mate, si el turista es argentino. Cuando el reloj marca las cuatro de la tarde, su horario termina, pero Adriana siempre se queda. En temporada, la panadería no descansa. La cocina es su idioma desde siempre. "Cuando vivía en Argentina trabajaba con comidas también para colegios, oficinas. Después, me mudé y en el barrio nuevo tenía gente que me compraba para el freezer. Me gustaba más porque no tenía horarios", cuenta. Trabajaba sola, con ayuda de su marido. Era mucho trabajo, pero le daba la libertad de organizar sus propios horarios. Adriana es una cocinera autodidacta e intuitiva. No aprendió en escuelas ni institutos, sino mirando, probando, equivocándose. Brasil apareció en su vida por una circunstancia familiar. En 2019, su suegra, que tenía casa en Florianópolis y siempre se iba en verano, sufrió un infarto y no pudo viajar a Buenos Aires. Adriana y su marido vinieron a acompañarla. "Todos vivíamos en Argentina, solamente mi suegra venía en temporada, le agarró un infarto y los médicos no la dejaron volver porque no podía viajar en avión. Tuve que venir con mi marido en auto, es un viaje muy largo para hacerlo solo, explica. El viaje fue cansador y el destino, inesperado. La pérdida que no se olvida En 2020, la pandemia los sorprendió en Florianópolis. Mientras la mayoría de los países se cerraban, Brasil siguió funcionando, aunque con algunas restricciones. Acá fue distinto, recuerda. Dos semanas de encierro y después, la vida continuó con algunos cuidados. Supermercados abiertos, gente mayor circulando con tapabocas. Nada que ver con lo que sucedió en Argentina. Adriana se vacunó en Brasil e intentó volver cuando su mamá enfermó, pero no pudo. No había vuelos directos. Los pocos pasajes disponibles eran imposibles, caros, con escalas absurdas. No quiero hablar mucho porque me pongo mal. No conseguía pasaje y tenía que hacer el test y la cuarentena cuando llegabas y no pude ir. El único pasaje que había me hacía viajar a Estados Unidos, de Estados Unidos a San Pablo y de San Pablo a la Argentina. No había directo y tampoco tenía visa para Estados Unidos, recuerda con la voz quebrada. Su mamá murió y Adriana no llegó a despedirse. Una situación que todavía la atormenta. Viajé después, cuando ya mi mamá había fallecido, estaba enterrada. Me quedé sin cierre, no pude estar con ella. Eso fue en 2021, mirá todavía cómo estoy, dice, mientras llora. Después de eso, nada fue igual para ella. Decidieron quedarse una temporada tras otra. Vivían de alquileres y trabajos informales hasta que llegó la oportunidad de la panadería. Incluso, su marido estuvo internado. Ya llevan seis años en Florianópolis. Casi sin darse cuenta, Brasil se convirtió en su casa. Hoy Adriana tiene residencia permanente. Sin embargo, aclara que extraña la cultura argentina. Los encuentros con amigos, la confianza, las visitas inesperadas. Acá son más distantes. Por ejemplo, nosotros somos más amigables. Voy a tu casa y te digo; 'Traje unas facturas. Tomamos un mate, o tengo que ir a hacer unas compras, me acompañás'. Acá no te podés presentar sin avisar, explica. Además, sus dos hijos varones viven en Argentina. Uno ahora está con ella, recuperándose de una fractura de tibia y peroné. Hablo por cámara y todo. La tecnología acorta un poco la distancia, dice. Fuera de temporada, Florianópolis es un pueblo grande y silencioso. En invierno, hay muy poco movimiento. Aunque vivir a 30 metros del mar tiene sus ventajas: seguridad, tranquilidad y acceso a productos que en Argentina se volvieron un lujo, como almendras, camarones, palmitos o leche condensada. Para alguien que ama la repostería, eso importa. "Le tengo fe a Milei" Desde la distancia, Adriana mira a la Argentina con una sensación de esperanza, aunque reconoce que hay cosas por mejorar. Yo le tengo fe a Milei, porque me parece que logró muchas cosas en poco tiempo, pero hay cosas que no me gustan, cosas que se descubren", dice. Según ella, el presidente es muy estricto en temas importantes como dar mejor salario a los jubilados. "Yo no estoy en la parte de la economía, si sé que el país está destruido porque así lo dejó la otra (Cristina Kirchner) y los otros (el gobierno de Alberto Fernández), pero no me arrepiento. Si miro para atrás, fue una buena decisión venir a Brasil, reconoce. Y agrega: "La calidad de vida acá es buena. El tema es que no puedo ir a la playa, estoy encerrada todo el verano. Voy a tomarme vacaciones en invierno. Hasta mayo más o menos tenés lindos días, hasta las Pascuas acá trabajas, después se murió todo". La mujer de 66 años tiene claro que debe trabajar duro y que muchas veces el sueldo no alcanza si no se suman horas extras, o si su marido no realiza viajes para conocidos. El sueldo promedio en Florianópolis ronda los 2.200 reales, unos 600.000 pesos argentinos. Con eso no podés vivir. Tendrías que ganar más. Imaginate que un alquiler está arriba de 1.000 reales más o menos. Nosotros no pagamos alquiler, entonces zafamos un poco más". La panadería se volvió su cable a tierra. Sabe qué quiere cada cliente habitual. Sabe que el brasileño es más de lo salado y sabe cómo manejar jornadas interminables. Ayer entré a las 7 de la mañana, pero a las 4 de la tarde era imposible irse. Ellos quieren tomarse un mate, un cafecito y empiezan a caer y es pam pam pam, dice entre risas. Mientras tanto, el horno sigue trabajando. Sale una tanda de pan caliente que vuelve a llenar de olor el local. Entre harina y días de playa, encontró un modo de seguir adelante. Adriana vuelve a pasar del español al portugués sin darse cuenta. Lamentablemente, no lo hablo tan bien, hablo en portuñol. Lo que pasa es que le entiendo a la gente y trato de esmerarme para seguir aprendiendo", cierra. AS Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín
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