10/01/2026 18:19
10/01/2026 18:19
10/01/2026 18:18
10/01/2026 18:18
10/01/2026 18:14
10/01/2026 18:13
10/01/2026 18:13
10/01/2026 18:08
10/01/2026 18:08
10/01/2026 18:08
Parana » Analisis Litoral
Fecha: 10/01/2026 01:37
En Concordia se discute hoy el síntoma, pero se evita el diagnóstico. Se llora el despido siempre doloroso, siempre traumático pero se esquiva la pregunta central: ¿por qué esas personas estaban ahí, bajo qué reglas ingresaron y quién se hizo cargo de advertirles que el Estado no es una beca vitalicia ni un botín electoral? Porque hay una verdad incómoda que durante años nadie quiso decir en voz alta: el empleo público municipal fue utilizado como moneda de pago político, como retribución por militancia, como premio por lealtad partidaria. Un sistema perverso que no nació ayer, que no es patrimonio exclusivo de un nombre propio, pero que en Concordia alcanzó niveles obscenos durante las gestiones peronistas, particularmente en los últimos años. El Estado benefactor para la política Muchos de los trabajadores hoy despedidos no todos, pero sí una parte significativa ingresaron al municipio no por concurso, no por idoneidad, no por planificación, sino por pertenencia política. Esa es una verdad que incomoda, pero ocultarla es una forma más de estafa social. Existía una regla no escrita, conocida por los viejos militantes y deliberadamente ocultada a los más jóvenes: el que entra con la política, se va con la política. Una lógica injusta, sí, pero históricamente asumida dentro del propio sistema que hoy se pretende negar con lágrimas tardías y comunicados sindicales selectivos. Cresto: el poder eterno y la tropa que no se llevó El primer gran responsable de esta crisis tiene nombre y apellido: Enrique Cresto. No por los despidos actuales, sino por haber sobredimensionado la planta municipal, haber inflado contratos, haber jugado a ser eterno. Endulzado por el voto popular y convencido de que el sillón de Zorraquín era un trono hereditario, hizo y deshizo a libre albedrío, sin pensar en el día después. Y cuando perdió el poder, no se llevó su tropa. No se hizo cargo. No ordenó la retirada. No asumió el costo político ni humano de su propio modelo clientelar. Dejó una bomba activada y se fue, como tantas veces lo hizo el peronismo en Concordia: dejando el problema al que viene. Azcue: la motosierra sin relato y el miedo a mostrar los papeles Pero el actual intendente Francisco Azcue tampoco puede esconderse detrás de la herencia recibida. Gobernar no es solo ajustar números; es explicar, transparentar y asumir el conflicto. Azcue llegó sin un plantel técnico propio para reemplazar de inmediato a quienes debían ser desafectados. Llegó con temor o cálculo para no tocar de entrada la cuota peronista enquistada en el municipio. Y cuando finalmente lo hizo, lo hizo mal comunicado, mal explicado y tarde. Peor aún: encargó una auditoría a la Universidad del Litoral con la expresa instrucción de no hacerla pública. Un dato gravísimo. Porque si el discurso oficial es ordenar el desastre, la pregunta es inevitable: ¿Qué es lo que no se debía saber? ¿Qué números, qué contratos, qué irregularidades no resistían la luz pública? Como suele decirse: no aclare que oscurece. Los trabajadores, los contribuyentes y el pueblo de Concordia no necesitan relatos edulcorados, necesitan datos. La ciudad más pobre del país: la gran hipocresía Todo esto ocurre en la ciudad que ostenta un título vergonzoso: la más pobre de la Argentina. Un rótulo que ningún intendente peronista quiso asumir como fracaso propio. Gobernaron durante décadas y jamás cambiaron el perfil estructural de pobreza. Eso sí: supieron utilizar a los más humildes como base de sustentación electoral, como mano de obra militante, como número para la foto. Nunca tomaron el toro por las astas. Nunca apostaron seriamente al desarrollo productivo, a la educación estratégica, al empleo privado genuino. Prefirieron el atajo: dependencia, contrato, plan, silencio. El cambio de paradigma que nadie quiere explicar Hoy, nos guste o no, estamos ante un cambio de paradigma. Brutal, incómodo, doloroso. Pero necesario. La Argentina y Concordia en particular ya no soporta un Estado inflado, ineficiente y utilizado como refugio político. El mensaje que debe empezar a instalarse y que nadie se anima a decir sin eufemismos es que el futuro no está en el contrato municipal, sino en el estudio, la formación, el mérito, el emprendimiento individual. Un camino que sí debe ser acompañado por el Estado, con crédito, capacitación y reglas claras, cuando este logre recuperarse del desastre provocado por 20 años de desidia y corrupción estructural que hoy se intenta corregir a los hachazos. La síntesis incómoda Esta crisis tiene dos grandes responsables: - Cresto, por no llevarse su tropa y por haber construido un Estado municipal como aparato político. - Azcue, por no animarse a mostrar con claridad los desmanejos heredados, por comunicar mal, por administrar sin un plan visible y por dar señales de incapacidad para sacar a Concordia del ostracismo histórico. La motosierra llegó, sí. Pero llegó sin relato, sin verdad completa y sin horizonte claro. Y cuando el ajuste no se explica, cuando la corrupción no se exhibe, cuando el pasado no se desnuda con nombres y cifras, la motosierra deja de ser una herramienta de saneamiento y se convierte, simplemente, en castigo para los de siempre. La pregunta final queda abierta, como debe quedar en toda sociedad madura: ¿Concordia quiere seguir siendo rehén del clientelismo o está dispuesta a pagar el precio bien explicado y con justicia de salir, de una vez por todas, de la pobreza estructural? Alejandro Monzón para https://www.analisislitoral.com.ar/
Ver noticia original