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» La Nacion
Fecha: 08/01/2026 16:32
El 8 de enero de 1989, hace exactamente 37 años, un falla en el avión desencadenó una serie de factores que terminaron en tragedia - 5 minutos de lectura' La noche del 8 de enero de 1989, el vuelo 92 de British Midland despegó desde Heathrow (Londres) hacia Belfast, Irlanda. A bordo iban 118 pasajeros y 8 tripulantes. Era un tramo corto, de un poco más de una hora, y nada hacía pensar que ese vuelo quedaría grabado en la memoria de la aviación como: el accidente de Kegworth. Algo comienza a fallar El avión era un Boeing 737-400, que había sido recientemente incorporado a la flota de la empresa. Aunque era familiar porque formaba parte de una línea de aviones ampliamente conocida, esta versión traía algunos cambios: motores nuevos y cambios técnicos con los que la mayoría de las tripulaciones no se habían familiarizado. En la cabina de mando estaban el capitán Kevin Hunt y el primer oficial David McClelland, ambos pilotos experimentados. Trece minutos después del despegue, mientras el avión ascendía por encima de los 28.000 pies algo comenzó a fallar. Dentro del motor izquierdo, parte de una de las palas del ventilador se rompió y ese daño generó un desequilibrio dentro del motor. No fue una explosión cinematográfica: fue algo más inquietante. Vibración, un ruido extraño, una sensación de maquinaria que de pronto deja de sonar bien. El avión seguía volando, sí, pero ya no era el mismo. En la cabina de pasajeros, apareció un poco de humo y algunos sintieron un fuerte olor a quemado, como a metal caliente. Quienes estaban junto al ala izquierda vieron lo que nadie quiere ver en pleno vuelo: chispas y por momentos una lengua de fuego que salía del motor. Otros describieron el sonido como el de un coche que falla, un petardeo seco y repetido. Los auxiliares caminaron por el pasillo tratando de transmitir calma a los pasajeros. Mientras tanto, en la cabina de mando, los pilotos intentaban traducir el caos en algo que pudiera leerse: números, agujas, indicaciones. Pero allí estaba el problema: no había una señal inequívoca, no apareció una alarma que dijera con claridad este motor. Es el izquierdo... No, el derecho En segundos, los pilotos tuvieron que tomar una decisión: Es el izquierdo... No, el derecho, se los escucha decir en la grabación de la caja negra. Creyeron que el fallo venía del motor derecho y decidieron reducir la potencia. Al hacerlo, la vibración disminuyó. Fue un alivio inmediato, lo intepretaron como la confirmación de que ese era el problema. Finalmente, apagaron ese motor y las sacudidas cesaron. El avión pareció recuperar el pulso. Por un momento, el vuelo volvió a parecer estable, como si la emergencia hubiera sido superada. Con esa certeza, el capitán pidió aterrizar en East Midlands, el aeropuerto más cercano. Todo parecía normal, recordaría después uno de los sobrevivientes. No fue hasta que el piloto nos pidió adoptar la posición de impacto que entendimos que estábamos en peligro real. Lo que nadie sabía ni en los asientos ni en la cabina de mando era que la calma era una ilusión. El motor que seguía funcionando, el único que ahora sostenía el vuelo, era el que había sufrido el daño inicial. Durante el descenso algunos pasajeros volvieron a ver llamas en el ala izquierda. Parte de esa información llegó a la tripulación de cabina, pero no fue leída con claridad por los pilotos. En la aproximación final, cuando el avión requería empuje para sostenerse, el motor izquierdo empezó a rendirse del todo. A menos de tres millas de la pista y a unos 900 pies de altura, la potencia cayó de golpe. Entonces sonó la alarma de incendio. Los pilotos intentaron reencender el motor derecho, el que habían apagado minutos antes. Pero a esa altura el tiempo no alcanzó. El avión perdió velocidad, descendió con brusquedad y golpeó un terraplén junto a la autopista M1, a pocos metros del aeropuerto. Murieron 47 personas. 79 sobrevivieron, muchos con heridas graves. El fuselaje se partió en tres y aunque el golpe fue muy fuerte, no fue letal para todos, lo que permitió un rescate rápido y evitó un número aún mayor de víctimas. La investigación oficial fue contundente: la causa principal fue la identificación errónea del motor averiado. Y alrededor de ese error se alinearon varios factores instrumentos poco claros, poca familiaridad con la versión del avión, la dificultad de interpretar vibraciones nuevas y fallas en la comunicación dentro de la cabina y entre cabina y tripulación, como si la tragedia hubiera necesitado una cadena de pequeñas grietas para hacerse inevitable. Años después, en 2015, ocurrió un accidente similar: un avión turbohélice ATR 72-600 de TransAsia Airways Vuelo 235 sufrió una falla pocos segundos después del despegue desde Taipéi. Uno de los motores dejó de funcionar, pero en medio de la confusión, el piloto apagó por error el otro motor, el que todavía estaba operando correctamente. El avión quedó sin empuje suficiente en una fase crítica del vuelo, perdió altura y terminó estrellándose en un río, con numerosas víctimas.
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