08/01/2026 09:48
08/01/2026 07:08
08/01/2026 07:08
08/01/2026 07:08
08/01/2026 02:22
08/01/2026 02:21
08/01/2026 02:11
08/01/2026 02:11
08/01/2026 02:11
08/01/2026 02:11
Concordia » Hora Digital
Fecha: 07/01/2026 11:05
Tres de cada cinco argentinos bajaron el consumo de productos con sellos de advertencia, según un relevamiento nacional. Pero estudios en otros países muestran dificultades en alcanzar mejoras significativas en la salud pública. Un relevamiento nacional realizado por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires reveló que el 61% de los argentinos redujo el consumo de alimentos y bebidas tras la implementación de los octógonos negros de advertencia. El dato surge de la primera Encuesta Nacional sobre Consumo Responsable que el Centro Nacional de Responsabilidad Social Empresarial y Capital Social (CENARSECS) llevó a cabo entre el 12 de noviembre y el 12 de diciembre en todo el país. La Ley de Promoción de la Alimentación Saludable y Etiquetado Frontal, que lleva cuatro años de implementación en Argentina, parece haber logrado un impacto significativo en la población. Según el estudio, un abrumador 97% de los consultados nota los sellos octogonales negros en los envases de alimentos y bebidas, mientras que el 94.5% comprende su significado. Del total de encuestados, el 79% manifestó haber realizado algún tipo de cambio en sus compras a partir del etiquetado frontal. Este mayor nivel de información tiene efectos concretos sobre los hábitos de consumo. Un consumidor mejor informado ajusta efectivamente sus decisiones: compara alternativas, reconsidera marcas habituales, prioriza determinados atributos y resigna otros, señaló Julián DAngelo, director del CENARSECS de la FCE-UBA y autor del informe. El relevamiento combinó un formulario online con trabajo territorial realizado por docentes y estudiantes que encuestaron en la vía pública en diferentes regiones del país, con apoyo de referentes académicos y universidades de distintos puntos de Argentina. Los resultados muestran que más del 52% de la población redujo o dejó de consumir un producto por contener sellos octogonales, y si se suman quienes reemplazaron productos ultraprocesados por opciones más saludables, el porcentaje llega al 61%. Un impacto que atraviesa generaciones y clases sociales Uno de los hallazgos más destacados del estudio es que el impacto de los octógonos resultó notablemente homogéneo entre diferentes grupos etarios. Contrario a la creencia de que las generaciones más jóvenes son las principales impulsoras del consumo consciente, los datos muestran que la respuesta a los sellos de advertencia no discrimina por edad. Al analizar por nivel de ingresos, el 64% de la clase media aparece como el segmento que más redujo o dejó de consumir alimentos con sellos. Los números son similares en otros estratos socioeconómicos, lo que según DAngelo indica que el sistema de etiquetado frontal ha conseguido lo que pocas políticas públicas de consumo logran: convertirse en una señal transversal, comprensible y relevante para personas de todas las edades. El estudio también indagó sobre los obstáculos que enfrentan los consumidores al momento de comprar productos sustentables por canales online. Contrario a lo que podría suponerse, el precio no aparece como la principal barrera: solo el 37.8% lo mencionó como dificultad. En cambio, el 38% señaló la falta de información clara sobre el origen o el impacto ambiental y social de los productos como el mayor obstáculo. La experiencia internacional plantea interrogantes Sin embargo, la evidencia científica acumulada en países que implementaron sistemas similares antes que Argentina plantea preguntas sobre la efectividad real de estas políticas para mejorar la salud pública. El caso más estudiado es el de un país sudamericano que lleva ocho años con el sistema de octógonos, donde múltiples investigaciones documentaron cambios significativos en el comportamiento de compra, pero sin lograr revertir la tendencia de aumento en las tasas de obesidad. Un estudio publicado en PLOS Medicine en 2020, realizado por investigadores de la Universidad de Carolina del Norte en conjunto con la Universidad de Chile, documentó una reducción del 27.5% en calorías provenientes de bebidas con sellos de advertencia entre 2015 y 2017, basándose en datos reales de compras de 2.383 hogares. Posteriormente, una investigación de tres años publicada en la misma revista en 2024 amplió estos hallazgos: los hogares estudiados compraron 37% menos azúcar, 22% menos sodio, 16% menos grasas saturadas y 23% menos calorías totales de productos con sellos. Los números son contundentes: la gente efectivamente modifica sus patrones de compra cuando recibe información clara y visible. Un estudio publicado en el American Journal of Public Health en 2024 reportó que el 94% de la industria cumplió con el etiquetado, y las investigaciones en ese país muestran reducciones de entre 20% y 54% en las compras de distintas categorías de productos con sellos. El eslabón perdido entre información y salud pública Pero existe una brecha significativa entre cambiar qué compramos y mejorar los indicadores de salud poblacional. El caso chileno muestra que si bien se documentaron esas reducciones en compras, la obesidad en adultos aumentó de 23.2% en 2003 a 34.4% en 2016, según datos oficiales. Para 2024, la OCDE reportó que alcanzaba al 30.7%. Desde la implementación del etiquetado frontal, la tendencia al alza no mostró un punto de inflexión. Chile se convirtió en el segundo país de América Latina en donde más aumentó la obesidad en la última década. La pregunta que emerge es si los octógonos son suficientes por sí solos. Los estudios internacionales sugieren que el etiquetado funciona para modificar compras individuales, pero que factores estructurales más amplios como el entorno alimentario, el acceso a alimentos frescos y las políticas de regulación publicitaria pueden tener un peso mayor en los resultados finales de salud pública. Un meta-análisis del University College de Londres comparó el sistema de octógonos con otros métodos de etiquetado y encontró que los primeros reducen significativamente la compra de alimentos con alto contenido en energía, sodio y azúcar, mientras que, por ejemplo, el llamado semáforo nutricional solo fue efectivo para reducir sodio. En cambio, el sistema Nutriscore no consiguió resultados significativos. En Argentina, el estudio del CENARSECS llega en un momento particular: en diciembre de 2024, el Gobierno nacional modificó la normativa de etiquetado frontal, flexibilizando ciertos criterios técnicos. Según DAngelo, estas modificaciones implican una implementación más laxa y menos restrictiva respecto del esquema original. El relevamiento también arrojó que el 75% de los argentinos considera el impacto social y ambiental al comprar alimentos, y casi el 70% manifestó estar dispuesto a pagar más por productos sustentables. Estos números, obtenidos cuando el 72% reconoció haber reducido gastos por motivos económicos, sugieren que la demanda de información persiste incluso en contextos de restricción. La experiencia internacional indica que los octógonos cumplen su función de informar y modificar decisiones de compra. La pregunta pendiente es si eso será suficiente para torcer la curva de obesidad en Argentina, o si el país seguirá el patrón observado en otras latitudes, donde la información clara no alcanzó para revertir tendencias estructurales más profundas.
Ver noticia original