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  • Paisaje humano hacia el conurbano Oeste

    » Clarin

    Fecha: 07/01/2026 07:26

    Vivo desde niña en Castelar, la ciudad donde descubrí el color verde de la luz. Mi lugar de residencia provoca habitualmente algún comentario entre muchas personas de mi medio relacional capitalino, asombradas por la distancia y el consiguiente esfuerzo de desplazamiento que hice casi toda mi vida para ir a (y volver de) Buenos Aires Capital. Sigo vinculada a la Ciudad Autónoma por motivos sociales, académicos y literarios. Viajo entre una y tres veces por semana; normalmente son actividades vespertinas, que se prolongan hasta la noche. A causa de mi miopía (y de mi fobia personal) nunca aprendí a manejar. Hay otros métodos: el ferrocarril Sarmiento, las combis, o los autos de cualquier aplicación al uso. La última opción es la más cómoda pero su costo la desaconseja como preferente. La segunda (combis) disminuyó mucho su frecuencia después de la pandemia. La primera (tren) es la menos confortable y la más lenta, también la más barata y con mayor oferta de salidas. El Sarmiento requiere paciencia y posibilidades para viajar fuera de los horarios pico (yo puedo, la mayoría no), y también tolerancia hacia la relativa suciedad, el ruido y el movimiento. Ninguno de los otros medios brinda un paisaje humano semejante. Si alguien quiere conocer el pueblo del conurbano Oeste, el tren transporta un buen muestrario. Los pasajeros son jóvenes en su mayoría, solos o con hijos chicos; vestidos de manera informal y sencilla, se adornan con tatuajes y a veces piercings. Entre los varones abundan los cortes en cresta. Las zapatillas son el calzado casi universal. Se escuchan menos conversaciones que en otros tiempos. Quien no duerme, suele ser una mónada absorbida en su celular, con o sin auriculares. A veces pesco alguna charla sobre compras de electrodomésticos a crédito, o de ladrillos y puertas para una vivienda en construcción. Algún hombre mayor habla de negocios frustrados; otro, por teléfono y a los gritos, de política internacional y de cómo reformar el mundo. Juglares contemporáneos para todos los gustos recorren los vagones: raperos, cantantes melódicos o de folklore; también nuevos recitadores urbanos que aspiran a influencers y usan ocasionalmente llamativos disfraces (el último que vi estaba vestido de pantera rosa). Pasan la gorra (o la mochila) y por lo general recaudan aplausos y retribuciones, por la calidad o siquiera por el esfuerzo de montar un espectáculo en cada vagón. También hay pedidos de auxilio a cambio de nada: mendicidad que invoca urgencias, verosímiles o inverosímiles. Hay quienes narran elaboradas historias, otros se limitan a entregar fotocopias borrosas con sus solicitudes. Algunos son niños. Cuando me bajo en Castelar, muchos siguen hasta Moreno, la terminal de la línea, unas estaciones más adelante. Desde allí todavía los esperan cuadras de caminata, o un colectivo. Ya se ha hecho de noche sobre el paisaje humano y las fatigas continúan. Es el lado oscuro del viaje pintoresco, que consume las horas de hogar y de descanso. Sobre la firma Newsletter Clarín

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